lunes, 25 de abril de 2011

DANZA NOCTURNA

DANZA NOCTURNA
Miguel Antonio Lupián Soto


Sacó de la bolsa un trozo de tiza azul y marcó en la tumba círculos dentro de círculos. El dibujo era tosco pero serviría. Sacudió los pies hasta deshacerse de las sandalias. Sintió la humedad del musgo trepar hasta sus corvas. Se dejó envolver por la oscuridad y por la sinfonía de cigarras y luciérnagas. Levantó la cabeza y vio que las estrellas estaban alineadas: era el día. Desperdigó a su alrededor los altramuces y polipodios chinos que consiguió en Penumbria, la ciudad del eterno crepúsculo, y subió a la tumba cuidando de no borrar la tiza. Alisó con las manos el vestido blanco que portaba mirando inquieta para todos lados. El corazón se le salía por la boca, el sudor le recorría el rostro dejando su huella de baba de caracol. Cerró los ojos y se quedó en silencio, blanca e inmóvil como una escultura de Bernini. Después de unos minutos, aun con los ojos cerrados, comenzó a dar de palmadas y a cantar en un dialecto que memorizó del libro verde. Movió tímidamente un pie, el otro, la cadera. Una vez que se acostumbró al ritmo, bailó con una gracia inusitada llamando la atención de mochuelos y lechuzas. El canto se convirtió en una serie de gemidos. Rasgó su vestido blanco dejando al descubierto sus senos turgentes y su pubis inmaculado. La noche retumbó excitada, los árboles se estremecieron, los mochuelos y lechuzas agitaron las alas y ulularon imitando la voz del diablo. La doncella se puso en cuclillas apretándose el vientre y mordiéndose los labios. Un hilo de orina acompañado de sangre salpicó sus tobillos y se perdió entre las grietas de la tumba. Se levantó, abrió los ojos y abandonó los círculos azules. Se quedó esperando una señal mientras la lluvia que empezaba a caer la reconfortaba. Arriba, entre las nubes, se libraba una batalla de luces níveas. Una de ellas surcó en silencio la noche hasta impactarse contra la tumba. Entre pedazos de roca se irguió el cuerpo de un hombre que vestía frac, gazné y guantes. En la mano izquierda llevaba un bastón con cabeza de lobo en el puño. El hombre recogió un altramuz y atravesó la cortina de agua. Colocó la planta lupina en el cabello de la doncella y enterró su bastón en el musgo. La cogió por la cintura y bailaron un nocturno que sólo ellos podían escuchar.

4 comentarios:

  1. Me gustó mucho. Las descripciones son muy buenas y en serio meten al lector entre la lluvia para presenciar el baile.
    :)

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  2. Visualmente exquisito, la imagen incentiva bastante la imaginación! Muy bueno en verdad, macabro, Felicidades!

    Cordiales saludos!

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