
LO QUE ESCONDE EL ARBOLITO
Miguel Antonio Lupián Soto
¿Por qué nunca ponemos arbolito en navidad? La pregunta despertó al abuelo. La niña, sentada en el piso, lo miraba fijamente ansiosa de la respuesta. El abuelo se acomodó la dentadura postiza con la lengua y miró nervioso sobre su hombro, como si fuera a dar las coordenadas de algún tesoro.
Era la primera navidad que pasábamos juntos tu abuela, en paz descanse, y yo. Contagiados del espíritu navideño, adornamos con esmero nuestro hogar: foquitos, esferas y un pino que yo mismo talé de una granja de árboles de navidad en las afueras de la ciudad. Además, rescatamos a un pequeño gato de la calle. No pudimos resistirnos a sus ojos azules que transmitían una profunda tristeza. Lo bañamos, lo alimentamos, y a los pocos días nos volvimos inseparables. Pero había un problema: el gato odiaba el árbol de navidad.
Por las mañanas encontrábamos las ramas del árbol mordidas y vencidas. Al principio no le dimos importancia. Estábamos más preocupados haciendo cuentas: los intereses nos estaban devorando y me habían despedido de la fábrica. Tu abuela tuvo que lavar y planchar ajeno, a pesar de su embarazo, y yo, arreglar lavadoras. Como imaginarás, el espíritu navideño se fue evaporando. Los maullidos y ronroneos del gato, que antes nos parecían tiernos, ahora nos resultaban irritantes. Además, tu abuela, que siempre fue supersticiosa, aseguraba que el responsable de nuestra mala racha era el gato o el árbol.
Nos decantamos por el gato cuando, en Nochebuena, el ingrato tiró el árbol sobre la televisión. Lo cogí del cuello y lo arrojé por la ventana. No pongas esa cara, tú hubieras hecho lo mismo. En la noche escuchamos sus maullidos, pero decidimos ignorarlo. Después de una semana, no volvimos a saber de él.
Llegó el año nuevo y con él la fastidiosa labor de guardar los adornos. Bolsas y cajas que se fueron al fondo del ropero. Saqué el árbol a la calle, pues comenzaba a secarse y había perdido por completo su olor a bosque. Mientras esperaba que pasara el camión de la basura, noté que las ramas del árbol se movían. Me acerqué lentamente, pero retrocedí al instante. Un bicho enorme salía de entre ellas. No supe si era un insecto o un arácnido (no tuve tiempo de contarle las patas), pero lo que más llamó mi atención, y que nunca olvidaré, fue su color: para empezar, su piel era transparente, como la de esos peces que venden en el acuario, y unas luces, como los foquitos del árbol, se proyectaban desde su interior. Sí, sí, intenté pisarlo, pero cuando reaccioné ya se había escabullido por una coladera.
Tu abuela y yo nos pasamos las siguientes semanas buscando al gato que, ahora lo sabíamos, sólo trataba de protegernos. Nunca lo encontramos. Pero nos prometimos jamás poner un árbol de navidad.
La niña, arqueando las cejas y con la mano en la barbilla, preguntó: ¿Eso es todo? El abuelo tomó aire y miró hacia la ventana.
A los pocos meses nació tu mamá y, como ya te habrá contado tu papá, tu abuela murió en el parto. Estuve a punto de enloquecer, sobre todo, cuando vi, entre las ramas del árbol de navidad del hospital, al mismo bicho luminoso. Si no lo hice, fue por la tierna cara de tu mamá, idéntica a la tuya, que me dio la fuerza para seguir adelante.
Tu mamá creció y se convirtió en una hermosa mujer. Conoció a tu papá: un buen hombre, aunque necio. Se casaron y se fueron a vivir a su propia casa. Tu papá escuchó con atención mi historia, pero no aceptó mi consejo y, en navidad, compraron un árbol. Intenté regalarles un gato, pero tu papá es alérgico a su pelo.
¡Yo también!, interrumpió la niña. Sí, lamentablemente.
Para no aburrirte más, tu papá decidió… alojarme aquí cuando, meses antes de tu nacimiento, vi al bicho luminoso entre las ramas del árbol de navidad de tu casa. Le imploré que se deshiciera de él, y al no obtener respuesta, le prendí fuego.
La niña abrió los ojos y dejó escapar un ligero ¡oh! entre sus pequeños labios.
No pude asistir a tu nacimiento, pero fue mejor: tu mamá también murió en el parto. No sé si tu papá por fin se creyó mi historia, pero desde entonces no pone arbolito en navidad.
El abuelo se levantó de la silla, cogió de los brazos a la niña y, agitándola con fuerza, le gritó: ¡Prométeme que cuando crezcas jamás pondrás arbolito! ¡Promételo! ¡Promételo!
La niña se zafó de los dedos huesudos del abuelo y salió de la habitación. El abuelo se asomó por la ventana y vio cómo la niña llegaba corriendo y le decía algo a su papá. El papá, que platicaba con un doctor en el jardín, levantó la cabeza y vio al abuelo con coraje.
El abuelo suspiró y salió de la habitación. Arrastraba los pies y farfullaba con la mirada ausente. Se detuvo en la isla de enfermeras, donde se erigía un frondoso árbol de navidad. El bicho luminoso salió de entre las ramas. El abuelo asintió con la cabeza y siguió caminando por el pasillo mientras el bicho lo seguía.
¡Muchas gracias a todos los que visitaron este blog durante el 2011!







