miércoles, 1 de abril de 2015

BALLARD Y EL CINE DE CF

…En muchas de estas películas exitosas de ciencia ficción que se hacen en Hollywood -tipo Star Wars-, lo que queda afuera es la imaginación. Las mejores películas de ciencia ficción (incluidas aquellas de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta) son impresionantes, porque el futuro agarraba a tu imaginación por el cuello, por decirlo así, desde que empezaban los títulos. The day the Earth stood still, Them, la original The Thing. Hay una -The incredible shrinking man- que es una obra maestra, está entre las mejores de todos los tiempos. Incluso Forbidden Planet, aunque la pusieron un poco por las nubes. Y la original Invasion of the body snatchers.

Eran obras maestras porque concretizaban la idea del futuro; el tiempo comenzaba a acelerarse en el momento en que estas películas se estrenaban. Por el contrario, lo que pasa con Star Wars y otras películas de ese estilo es que uno siente que el tiempo se detiene. En estos filmes existe una suerte de continuo atemporal que no tiene nada que ver con el futuro; podrían perfectamente transcurrir en el pasado más remoto. Del mismo modo, carecen del sentido de la continuidad; no te da la sensación de que eso va ser la vida mañana, o para mis hijos, el día después de mañana.

Una película de ciencia ficción que me impactó mucho es The Road Warrior (previamente titulada Mad Max II). Realmente me encantó, pienso que es una película fascinante. Representa un futuro verosímil, en el que puedo creer. Técnicamente, y en el plano de la imaginación, es una película deslumbrante…



Fragmento de J. G. Ballard: para una autopsia de la vida cotidiana / conversaciones (pág 52)

lunes, 2 de marzo de 2015

NIÑOS TERRIBLES

Texto que la muy querida y admirada Beatriz Álvarez Klein leyó en la presentación de Los niños de Arkham y otros cuentos extraños:


Niños terribles pueblan el México de nuestros días.

No me refiero, claro está, a los niños que figuran, aquí y allá, en las páginas de los diarios. Los niños de los que hablo –de los que habla Miguel Antonio Lupián en el libro que hoy tengo el honor de presentar– aparecen en nuestro mundo cotidiano con la fuerza del destino inexorable, como avatares que señalan los rumbos de un futuro cada día más cercano.

Si he de proponerme encuadrar este libro –aunque lo del cuadrado no le va, pues responde más bien a una geometría no euclidiana– tras de haberlo leído y releído, reflexiono sobre el concepto de movimiento literario. Si por éste entendemos una tendencia que reúne a escritores que comparten un estilo o un objetivo común y que se circunscribe a una época específica y, a veces también (pero no siempre) a un lugar determinado, tendríamos que inventarnos el concepto de “metamovimiento” para designar un gran movimiento que se manifiesta en forma de espiral en diversos momentos de la historia, a través de los cuales se va fortaleciendo ese objetivo común. Así, por ejemplo, podemos decir que un metamovimiento surge, por primera vez de manera reconocible, en las etapas tardías de la cultura egipcia, en la época helenística, en la época de plata de Roma, en el Renacimiento, en el Barroco, en el Romanticismo, en el Decadentismo y el Simbolismo hacia finales del siglo XIX y principios del XX, en las vanguardias del siglo XX, en los años 1960 y la primera mitad de los 1970, y ahora mismo lo vemos revolver el fondo de las ciénagas, de los océanos, de los pozos profundos,  para dejar por instantes que asomen sobre la superficie algún tentáculo.

Estos momentos se alternan con otros en que la atemorizada humanidad busca refugio en un ideal de la norma, la austeridad espartana, la línea recta. Pero esos no son los que nos interesan: dirigimos nuestra mirada hacia aquel metamovimiento de lo insólito, de las profundidades del inconsciente, de las líneas curvas, pues es ése el que resguarda la sabiduría antigua, el que explora los vasos comunicantes entre ésta última y las profundidades de nuestra mente y de nuestra alma. Podemos decir, entonces, que el cultivo de este metamovimiento es un sacerdocio en el sentido más panteísta del término, reconocible en la presencia de una serie de motivos, así como en alusiones a los predecesores.

A este linaje pertenece Miguel Antonio Lupián. Están en esta obra no sólo las francas alusiones a la obra de Howard Phillips Lovecraft y sus seguidores, como en el relato que da título al libro, sino también a otros sacerdotes de la palabra como Arthur Symons, Ambrose Bierce, Algernon Blackwood, Jorge Luis Borges y Emiliano González. Por cierto que también hallamos una alusión llena de irónico humor lovecraftiano a la austera obra de Juan Rulfo.

Y más allá de las alusiones mencionadas, decimos que Miguel Antonio se inserta por derecho propio y pleno en el movimiento de vanguardia derivado del simbolismo, y no lo hace desde la nostalgia sino, justamente, desde la postura de quien mantiene la llama viva agregando leños nuevos.

En Los niños de Arkham hay puertas que comunican dimensiones diversas, realidades paralelas, tiempos que se cruzan; pozos cuyo fondo –si lo tienen– se encuentra mucho más allá de los mantos freáticos. Hay también encuentros con el doble que nos indica la ubicación de alguna de esas puertas, con el doble nos tienta a salir de nuestro mundo, que usurpa nuestra vida, que es a la vez otro y el mismo, en ambientes de ciencia ficción o en escenas que nos recuerdan el mundo del sueño de Giorgio de Chirico o de René Magritte. Hay deseos que se cumplen para horror nuestro. Hay realidades ambiguas que dejan entrever otras monstruosas y absolutas, realidades que están al filo entre la locura y lo sobrenatural; pero también hay paraísos detrás de una cortina en una casa de pueblo o visibles desde una ventana abierta.

Y sobre todo, hay niños y hay niñez. Los niños se tornan herederos, a veces ilegítimos, del porvenir, juegan a ocultarse como criaturas de Innsmouth para tomar posesión de ese mundo que ha dejado de ser de nosotros para volverse suyo. Y también hay la mirada de la infancia, con su canal abierto a ese punto en el que las profundidades del inconsciente son también las profundidades del ultramundo; esa mirada a un tiempo inocente y propia del perverso polimorfo, para quien toda experiencia es fresca y por lo mismo, sorprendente.  

Resultado de un evidente dominio de la narrativa, los relatos que integran este libro nos llevan así de sorpresa en sorpresa. Nada es lo que parece. Los personajes que vemos en las calles en el día a día desempeñan en realidad una misión críptica en un orden universal del todo ajeno a nuestra comprensión: el librero de viejo, el taxista, la persona que sufre un accidente en la vía por la que vamos transitando. Miguel Antonio nos muestra las señales de otros mundos que están presentes en el nuestro, visibles sólo al ojo adiestrado en el arte de reconocerlas. De este modo, actos sumamente cotidianos, casi nimios, como bajarse de un auto varado en el tráfico para orinar cerca del borde de la carretera, o comprar un libro viejo por una suma irrisoria, adoptan dimensiones cósmicas, bíblicas o, las más de las veces, necronómicas.

Como nos lo muestra aquí Miguel Antonio, el acto de escribir y el acto de leer son la chispa que mantiene vivo el fuego sagrado en el ara de la literatura fantástica y transmite inexorable un linaje de vida. La palabra escrita llama, busca y encuentra a su destinatario; los libros, objetos alquímicos, mágicos, cobran vida “como cangrejos en una cubeta” y marcan nuevos eones, alterando el sino planetario.

Ante el nacimiento de este nuevo libro de Miguel Antonio Lupián, no puedo menos que dirigir a ustedes esta tarde una advertencia que es a la vez un reto, una invitación a la audacia: ten cuidado de lo que lees, porque puedes despertar realidades que duermen desde el inicio mismo de los tiempos.

Muchas gracias.

Beatriz Álvarez Klein



Aquí pueden leer el texto de la maravillosa Iliana Vargas.

Y aquí pueden conseguir el libro.




jueves, 19 de febrero de 2015

FIL DE MINERÍA

El viernes 20 de febrero, a las 7pm en el auditorio cuatro de la XXXVI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, platicaré sobre mis cómics favoritos de terror…



Y recuerden que en el stand del Estado de Morelos (1006 y 1007) pueden conseguir Los niños de Arkham:




lunes, 9 de febrero de 2015

LOS NIÑOS DE ARKHAM

Más de dos meses en silencio, pero la espera valió la pena.

El sábado 7 de febrero se presentó en Grotesco Los niños de Arkham y otros cuentos extraños, mi más reciente libro.



Tanto La maniobra de Heimlich (Cuadrivio, 2014) como Los niños de Arkham... fueron pensados y concebidos originalmente como uno solo, pero al separarlos me di cuenta que eran totalmente diferentes. Los dos abordan lo fantástico, pero desde diferentes ángulos. 

Quince cuentos, quince escuincles traviesos.

Lo de "cuentos extraños" es un homenaje a la literatura weird y a Robert Aickman; y "Arkham", a Lovecraft, por supuesto.


Efraím Blanco y su Lengua de Diablo hicieron un magnífico trabajo.

La portada es de la talentosísima Brenda Hinojosa, con quien estaré eternamente agradecido porque logró capturar la esencia del libro y la llevó más allá, donde habitan los Primordiales. 



Y lo que opinaron Beatriz Álvarez Klein, Iliana Vargas y Davo Valdés me estremeció.



Aquí la cuarta de forros, por Davo:


Este libro es un recorrido por la ciudad. Primero por la ciudad de México, a través de calles que esconden terribles secretos, criaturas ancestrales y grotescas; y luego por los rincones oscuros de la mente humana donde el horror encuentra su morada idónea y desconcertante. Poco a poco el espacio donde transcurren estos cuentos extraños se va oscureciendo y abstrayendo hasta que de pronto es difícil reconocer lo que antes era conocido. Ya no sabemos si lo que leemos ocurre en la imaginación de algún personaje, o si en realidad estamos contemplando el borde de la locura o leyendo las páginas de un libro perdido con historias que no debieron pronunciarse nunca. Donceles se convierte en el epicentro del fin del mundo y las trajineras de Xochimilco, en el único refugio disponible para sobrevivir un diluvio violento. Al final sólo nos queda observar las sombras (espejos verdaderos del alma) desde las ventanas de Arkham, asilo para los dementes y preguntarnos: ¿Quién es el verdadero loco? ¿No somos nosotros los que buscamos eso prohibido en los libros y en las películas? ¿No somos nosotros persiguiendo a Yoshimi en lugar de aceptar el tedio de la existencia cotidiana? 

Miguel Antonio Lupián Soto es un escritor que navega con firmeza en los mares de la literatura fantástica y de horror. Sus cuentos están habitados por seres intertextuales, horribles, entrañables, cuyos guiños han construido poco a poco en su obra una mitología nueva, una que logra conjuntar a seres Primordiales con monos tití y con oficinistas aburridos. Adelante, hijos de Arkham, remen con fuerza. Bienvenidos a casa. 


Davo Valdés de la Campa


Si les interesa y les queda cerca metro Etiopía, pueden escribirme a miguel.lupian@gmail.com

Si les queda lejos o viven en otra ciudad, lo pueden conseguir aquí.




martes, 2 de diciembre de 2014

AUSTIN OSMAN SPARE

Cada que salgo de casa elijo un libro para ir leyendo en el camino. Generalmente me decanto por uno pequeño o ligero. Hace unos días tomé Almas visionarias de Emiliano González (FCE, 1987) y, abriéndolo  al azar, leí el ensayo “El sistema de Austin Osman Spare”.



Al regresar a casa busqué imágenes de la obra de Osman Spare y, al ver lo que arrojó el buscador, me sorprendí. Ya había visto esas imágenes... ¿Dónde? Después de un rápido escaneo mental, me dirigí al cajón donde tengo todas las revistas y periódicos que Emiliano González me ha regalado. Sí, ahí estaba ese malvado ser en la portada de la Revista de la Universidad de México (Volumen XXXVIII, Nueva Época, número 16, agosto de 1982).



Número que incluye El discípulo: una novela de horror sobrenatural. Esta novelita maravillosa se incluyó después en Casa de horror y de magia (Joaquín Mortiz, 1989) y en el número 84 de Material de Lectura (UNAM, 1991).

Lo especial de esta versión es que sólo en la revista se puede leer  la novela íntegra, sin censura (tengo pendiente esta publicación, lo sé).

Regresando a Osman Spare, tanto la portada de la revista como las ilustraciones utilizadas para complementar la novela son dibujos de él, casi todos obtenidos de A book of Satyrs (1907).


Las imágenes grotescas pero bellas le van como anillo al dedo al texto de Emiliano González:








Así inicia “El sistema de Austin Osman Spare”:

Desde los siete años, Austin Osman Spare (1886-1956) estableció contacto con el otro mundo a través de Mrs. Paterson, una vieja adivinadora repulsiva que podía convertirse, a voluntad, en una jovencita bellísima. Fue esa descendiente de las brujas de Salem quien incitó al niño en las prácticas eróticas y en las teorías herméticas. “Precocidad” es la palabra más adecuada para calificar a este demonio que a los quince años vivía con otra vieja, a la que preñó (problema solucionado gracias a un nacimiento fatalmente prematuro) y que a los dieciocho exhibía sus dibujos en la Royal Academy, considerados “geniales” por el experto John Singer Sargent. Un año más tarde publicó su primer libro: El infierno terrestre, colección de aforismos curiosamente facturados y de dibujos hórridamente bellos. Le siguieron, en exquisitas ediciones limitadas, El libro de los sátiros (1907), El libro del placer (1913), Los murmullos de Aaos (1921) y El sermón a los hipócritas (1927).

Concluiré rescatando una frase que a su vez Emiliano González rescató del ocultista:


Quien logra hacer de lo feo una nueva estética tiene verdadero arrojo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

EL DIABLO Y EL RELOJERO

En Historia mágica de la literatura I (Azteca, 2007), Emiliano González apunta lo siguiente sobre Daniel Defoe (1660-1731):

Daniel Defoe se muestra como precursor del romanticismo en sus asombrosos cuentos de fantasmas. La fascinación por las ruinas, la presencia del Demonio, los espectros y los bandidos, el papel de los sueños en los cuentos, convierten a Defoe en un antecesor de los góticos, así como Shakespeare se vuelve antecesor de Goethe.

Y más adelante, González confiesa que los personajes de "El diablo y el relojero" aparecen en "Rudisbroeck o los autómatas", pero en distinta situación.


EL DIABLO Y EL RELOJERO
Daniel Defoe


Vivía en la parroquia de San Bennet Funk, cerca del mercado Real, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.

En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.

Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:

-¡Sube y ayuda al hombre!

Suponía que algo impedía su acción.

Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: “Lo haré inmediatamente”.

Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera gritó:

-¿Qué pasa? ¿Por qué no bajas al pobre hombre?

Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:

-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré –y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.

Pero cuando llegó allí, ¡cielos!, el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquillo, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista u oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.

El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.

Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convencerlos de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el Diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien a la naturaleza del Demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al Diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el Diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.