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jueves, 28 de julio de 2011

FILM

FILM
Ricardo Bernal


Los tres negros, lentes oscuros y dientes de oro, entran al restaurante chino cantando gospel. Cuando todos los comensales los miran, muestran sus revólveres y dicen las palabras mágicas: éste es un asalto, que nadie se mueva. Entonces, cuatro mafiosos rusos que comían tranquilamente sus sopas de cebolla, sacan las metralletas de sus estuches y encañonan a los negros. En la cocina, el chef busca la granada que tiene escondida en una de las alacenas. Afuera se oyen gritos, órdenes bruscas, el ejército alemán hace sus últimas maniobras: los toscos tanques entran como orugas por las principales arterias provocando el caos y el horror en las multitudes. De las tumbas de los cementerios cercanos y lejanos, comienzan a brotar zombis enloquecidos; huelen mal y no descansarán hasta comerse la última partícula de carne de la última vértebra del último esqueleto humano. De pronto los cielos se oscurecen: decenas de miles de platillos voladores han llegado a la Tierra; sus tripulantes, pegajosos y azules, mueven sus tentáculos y preparan sus sofisticadas armas de rayos láser para la guerra de conquista. En su hipogeo secreto, el lóbrego sacerdote lee en voz alta un libro de conjuros: Yog-Sothoth y Cthulhu despiertan de su letargo de eones y se filtran lentamente desde otro plano dimensional, lentos, obscenos, olisquéandolo todo… Arriba, en su sala de controles, Dios se pone un guante blanco, abre la puertita transparente y se dispone a apretar, de una vez por todas, el botón rojo que destruirá para siempre este mundo tan aburrido.

miércoles, 30 de marzo de 2011

LA ÚLTIMA CENA

LA ÚLTIMA CENA
Ricardo Bernal

Antes de salir de tu departamento revisas por milésima vez el boiler apagado, que el agua no se tire, ninguna luz encendida, el refri desconectado, todo bien. Alzas tu maleta y cuando llegas a la esquina y estás a punto de tomar un taxi, toc-toc-toc, el pajarraco de la paranoia repiquetea en tu cerebro, ¿estás seguro que pusiste el candado?, ¿apagaste la estufa?, ¿cerraste todas las ventanas? Y ahí vas de regreso, desandar lo andado con tu boleto de avión en la boca, ¿dónde guardé las llaves?, no voy a llegar a tiempo al aeropuerto, y esta pinche maleta cómo pesa. Abres la puerta y claro que todo está bien, no te preocupes, ningún ladrón entrará a tu casa, no habrá fugas de agua ni de gas, dentro de dos semanas abrirás otra vez esta misma puerta, hogar dulce hogar, qué bendición regresar de vacaciones y encontrar todo en orden. Cierras la puerta, doble llave, y ahora si córrele si no quieres perder el vuelo.

Dos semanas en la playa: ves a tus amigos los pescadores, te pones negro de sol, aprendes a bucear y te ligas a una francesita flaca flaca, pero eso sí, bien ninfómana. Tus noches terminan con ese dulce cansancio que dan los días plenos, paradisiacos, barcos de algodón donde todos somos ángeles, en el mar la vida es más sabrosa, de eso no te quepa la menor duda. Sin embargo algunas noches, poco antes de quedarte dormido, toc-toc-toc, el pajarraco asoma sus ojos saltones en tu silencio y luego abre su pico de pterodáctilo lleno de dientes cariados, ¿cómo estará tu casa?, ¿se habrán roto las tuberías y tus libros andarán navegando inservibles por las habitaciones?, y adiós sueño, vueltas y vueltas en la cama, ¡puta madre!, malditas vacaciones, que ya se acaben, ya quiero regresarme a la casa. Pero al día siguiente miras el mar, sientes la piel ardiendo como un camarón en aceite, qué atascón de mariscos, nada mejor que estar echadote en una hamaca dejando que la vida transcurra sin propósito, tal vez leyendo una novela del Silverberg o poniendo por séptima vez consecutiva el caset de Premiata forneria marconi en la grabadora.

Tres días más y se acaban las vacaciones, del otro lado del visor está el jardín del pulpo en toda su opulencia, yo pensaba que debajo del agua sólo había corales y peces, cuánta vida, las anémonas existen, existen las medusas y las estrellas de mar. Nunca había visto tantos colores juntos, toc-toc-toc, ¡hola!, dice el sonriente pajarraco, tú aquí buceando tan quitado de la pena pero fíjate que en tu casa hay ahorita una fiesta de ladrones, ya arrancaron el tapiz para prender una fogata, y para que no se apague ahí van también tus libros y tus documentos. Se van a cagar en los sillones, pero no te preocupes porque luego se los van a robar y ya no tendrás que limpiarlos. Glub-glub-glub, burbujas de angustia. Como buen monje zen te taparás con un periódico y dormirás en la alfombra, eso si no se la roban también. Bueno amigo, ahí la vemos, y el pajarraco se va nadando hacia la superficie.

¿Pasillo o ventana?, pregunta la güerita que reparte los pases de abordar. Ventana. Pero para qué, no vas a ver nada, el smog cubre tu ciudad desde hace veinte años, nata gris, bienvenidos al infierno, favor de abrochar sus cinturones y enderezar el respaldo de sus asientos, y yo sin aguantar la espalda y hasta la madre de mar y de sol, y sol y sal y sal y mar. Tu último billete se lo queda el taxista que te trae de regreso a casa, tum-tum tum-tum, dice tu corazón mientras buscas las llaves, ojalá todo esté bien, cuando menos no se robaron la puerta. Abres: el olor de tu casa te recibe, snif-snif, no huele a quemado, prendes las luces de la sala, ahí están tus libros en orden, ahí están tus discos en orden, ahí está tu aparato de sonido y tus sillones. Hogar dulce hogar, y el pajarraco de la paranoia muerto de la risa. Pero no, no todo está tal como lo dejaste: en el tapete de la entrada hay dos cucarachas muertas. Otra cucaracha, otra cucaracha, otra cucaracha, sigues caminando, encontrando cucarachas muertas, ¿por qué las cucarachas mueren bocarriba? Otras dos en el pasillo, una bastante grande en el comedor, seis en la cocina, tres en la recámara, todas muertas, todas bocarriba. Vas al baño: media cucaracha. ¿Media cucaracha? Qué raro, esto está como para Sherlock Holmes, ¿dónde quedaría la otra mitad? Mientras estás orinando llegas a la conclusión de que seguramente fumigaron el edificio, y como tú vives en la planta baja tu departamento se convirtió en el cementerio de las cucarachas, está bien el título para una novela del Stephen King: "Cementerio de cucarachas''. Conectas el refri, llevas la maleta a tu recámara, prendes el aparato de sonido, se me antoja algo de Bach, ¿qué tal los conciertos de Brandemburgo? Ves las cucarachas en el suelo, inmóviles, sordas a la música, muertas, completamente muertas. ¡Qué asco me dan las cucarachas!, piensas, y luego lo dices en voz alta, pero el hecho de que estén muertas reduce tu asco en un cincuenta, en un sesenta por ciento: las cucarachas vivas brillan en la oscuridad, acuérdete, y mueven sus horribles antenas como queriendo decirte algo, y corren como si fueran roedores, o cualquier otro tipo de animales pero no cucarachas. A lo mejor las cucarachas vienen de otro planeta, piensas, y te imaginas sus huevecillos, y te acuerdas de Alien y te da más asco todavía, y sales al patio a buscar la escoba y el recogedor. ¡Qué asco me dan las cucarachas!

Una, dos, tres, cuatro, siete, doce, diecinueve cucarachas y media en el recogedor, te dan ganas de sacarles una foto, ¡no mames! ¿estás loco o qué te pasa? ¿cómo que una foto?, échalas a la basura inmediatamente. Pero no las echas a la basura, dejas el recogedor en el suelo y de tu recámara traes un pliego de cartulina blanca que extiendes en la mesa, en la misma mesa donde diariamente desayunas cereal y yogurt, en la misma mesa donde el otro día hiciste el amor con Laura, como locos, y ¡crash! los platos se hicieron añicos en el suelo, y al final ella no encontraba sus calzones, tú los escondiste, decía Laura muerta de la risa, ¡eres un fetichista! te gusta coleccionar calzones de vieja y olisquearlos cuando nadie te ve, y tú: no es cierto, no es cierto, ¿dónde están tus calzones? ¿de veras traías?, claro que sí idiota, si tú mismo me los quitaste, y los calzones nunca aparecieron, pero si aparecieron casi veinte cucarachas mientras tú te asoleabas tan campante en las playas de Nayarit. Con cuatro tachuelas clavas la cartulina en la mesa, luego levantas el recogedor y viertes ahí su asqueroso contenido, ¡guácala! ¿para qué haces eso?, pero tú no lo sabes, te sientas en una silla y te quedas mirando a las cucarachas muertas encima de la cartulina inmaculada, requiescat in pace cucarachas, no te atreves a tocarlas todavía, así que tomas una cuchara para empujarlas y las distribuyes geométricamente, cuatro filas de cuatro cucarachas y una última fila con tres cucarachas y media, ¡vaya batallón! Luego sonríes y te preguntas cómo habrán muerto, ¿una por una?, ¿todas a la vez?, ¿habrá acaso un mapa de mi departamento donde estén marcados los lugares donde murieron las cucarachas, líneas punteadas que tracen las trayectorias de su agonía?, y si ese mapa existe ¿quién lo tiene? ¡Pinches ideas!, me cae que estás reloco, diría Laura si no se hubieran peleado, y tú insistes ¿cómo morirían? Cierras los ojos y ves una cucaracha bañada en insecticida, así mueren, claro: atarantadas, moviendo las patas en cámara rápida como si fueran Chaplin o el Gordo y el Flaco o Harold Loyd, y luego se quedan quietas para siempre, con las antenas mojadas por el insecticida y con esos ojos como puntitos negros que te miran desde los primeros escalones de la escala evolutiva. Vas al baño y te ves en el espejo, estoy bien negro, se me está pelando la nariz, luego te hincas frente al excusado y vomitas, y el vómito te sale por la boca y por las fosas nasales, y si no tuvieras ojos también te saldría por las cuencas de esa calavera que se han de comer las cucarachas, porque algún día estaré muerto, algún día todos los hombres del mundo estarán muertos, pero no las cucarachas que llevan millones y millones de años sobre la Tierra y seguirán sobre la Tierra para siempre, explorando con sus antenitas las ruinas de la civilización. Después de vomitar vas a tu recámara y te quedas dormido con la ropa puesta, y sueñas que todavía estás en la playa comiéndote una langosta o un pulpo a la mexicana, pasé unas excelentes vacaciones pero mañana tengo que regresar al trabajo, ¡ni pedo!, así es la vida.

Al día siguiente te levantas tarde, no sonó el despertador, y cómo quieres que suene si ni cuerda le diste, las diez de la mañana pero te vale madres, no vas a trabajar, no te bañas, vas al comedor y ves tus cucarachas: no se han movido, están tal cual las dejé anoche. Abres el refri y no hay nada, claro que no hay nada si ayer llegaste de tus vacaciones y en vez de ir a la tienda de Don Lupe a comprar leche, huevos y fruta, te pusiste a jugar con las cucarachas. No me importa, si las cucarachas no comen, yo tampoco. Entonces vas a tu escritorio y sacas del cajón la lupa que te heredó el abuelo, y regresas al comedor y aunque las cucarachas te dan mucho asco tomas una, cuidadosamente para que no se rompa, las cucarachas muertas son como de celuloide y tienen alas de mica, y son oscuras y brillantes, parece que están barnizadas. Acercas la cucaracha a la lupa y ves las antenas tan perfectas, las patas resecas como ramitas, carne de insecto porque las cucarachas son insectos y tienen alas aunque nunca las has visto volar, ha de ser bien impresionante ver una cucaracha volando, tu amigo Efraín dice que en Palenque las cucarachas vuelan, no mames cómo van a volar, te lo juro, yo las vi volando. Dejas la cucaracha en la mesa y coges otra, así, con cuidado, que no se le vaya a romper una pata, que no se le vayan a desdoblar las alas, mira esos picos que tiene en el abdomen, han de ser bien duros y con tu dedo meñique tocas uno de los picos ¡ouch!, la gotita de sangre embarra a tu cucaracha, tomas otra, la más grande de todas, y la miras la miras la miras: la espalda es lisa, resbalosa, las alas delgadas, las larguísimas antenas miden más que el resto del cuerpo y encima de la cabeza triangular tiene una especie de casco igual a los que usaban los soldados alemanes de la primera guerra mundial. Entonces te imaginas otra guerra, la última, millones y millones de soldados cucaracha comiéndose a los niños, a los ancianos y a las mujeres embarazadas, soldados cucaracha como en el cuento de Paul Anderson, pero estas cucarachas están bien muertas y son tuyas de nadie más, mías mías mías, estas cucarachas son mías y yo hago con ellas lo que se me da la gana. Suena el teléfono y te quedas inmóvil, aguantando la respiración, no voy a contestar, a lo mejor es tu jefe, encabronadísimo, bien te advirtió que okey, te doy tus vacaciones, pero cuidadito y llegues un solo día tarde a la oficina como es tu costumbre, no jefe cómo cree, y el teléfono suena seis, siete, diez veces, y al rato vuelve a sonar otras seis veces para después quedarse en silencio: quien quiera que haya llamado ya se convenció de que no hay nadie. Vas hacia el teléfono, estás a punto de arrancarle el cable pero no te atreves, así que sólo lo dejas descolgado y regresas con tus cucarachas, hola chiquitas, ¿cómo están además de muertas?, ¿qué soñaron anoche?, contéstenme cucarachitas, princesitas, amores de mi vida, y te rascas la espalda arrancándote tiritas de piel, luego te hueles la axila ¡fúchila!, pero si las cucarachas no se bañan, yo tampoco. Tomas la media cucaracha y con la lupa te asomas al agujero del abdomen, nada de tripas, las cucarachas no tienen tripas sino una carnosidad que te recuerda la pulpa de un dátil. Guardas la lupa, te sientas en uno de los sillones de la sala y te quedas ahí varias horas, inmóvil como las cucarachas muertas, viendo un puntito imaginario en la pared. Luego te levantas, abres un cajón del escritorio y sacas un billete de a mil, te pones los zapatos y los lentes oscuros, y sales de tu departamento no sin antes despedirte, ahorita vengo cucarachitas preciosas, no me tardo.

Regresas dos horas después, cierras el departamento con llave y luego arrastras los muebles para bloquear la entrada como en las caricaturas de Porky, tres sillones y el escritorio, ni siquiera los bomberos podrán meterse a mi casa. Pones la bolsa de papel en la mesa del comedor y sacas las cosas que compraste: madera, esmalte, pegamento, pinturas y pinceles, voy a hacer una obra de arte con ustedes cucarachitas, ya lo verán, no van a quedarse ahí tristes y tiesas para siempre, serán famosas, recorrerán todas las galerías de arte de este mundo, se los juro. Y toda la noche recortas, pintas, pegas, sostienes a las cucarachas con esas pinzas para depilar que se le olvidaron a Laura en la repisa del baño, mueves el pincel muy despacio, cuidando que las alas no se resquebrajen, que las antenas no se rompan Así pasan las horas, los días, tú no comes ni duermes, sólo trabajas trabajas trabajas, te arden los ojos pero qué me importa, el Arte lo justifica todo, y detrás de tu lupa van desfilando las cucarachas, para que por fin entiendas el significado de sus ojos milenarios, para que descubras los mecanismos secretos de sus articulaciones. El silencio zumba en tus oídos aunque a veces crees oír las minúsculas voces de las cucarachas en el interior de tu cabeza, y allá afuera la gente atiende sus asuntos, los planetas giran, el universo se desgasta, pero yo tengo una misión, mi vida tiene un sentido, y las cucarachas se ven muy bien con sus antenas rosas, verdes, azules, los vientres anaranjados, las alas rojas o moradas o con rayas de dos colores diferentes, cebras cucarachas, cucarachas tigres.

Toc-toc-toc, ¡despierta! Te quedaste dormido y parece que las cucarachas están enojadas, perdónenme chiquitas, tengo que seguir trabajando, y piensas en Miguel Angel pintando la capilla sixtina, piensas en Balzac escribiendo como un robot bajo la luz amarilla de la desesperación, el Arte lo justifica todo, claro que sí, y una cucaracha verde es una hermosísima joya entre tus dedos, y el pajarraco de la paranoia se quita el disfraz y es en realidad una enorme cucaracha invisible que te dice pinta, corrige, pega, sus antenas tocan tus sienes y tus manos se mueven como dos infatigables herramientas, no vuelvo a quedarme dormido, palabra de honor cucarachitas, y así sigues trabajando hasta que un buen día después de mucho, mucho tiempo por fin terminas tu labor.

Suspiras. Estás flaco, cansadísimo, casi muerto. Ves tu rostro reflejado en el espejo de la vitrina y no lo reconoces pero en tu mirada hay luz, mucha luz. Con manos temblorosas sostienes el resultado de tu trabajo y claro que es una obra de arte, un trozo de cielo, un arco iris en miniatura, definitivamente lo más hermoso que has visto en tu vida: alrededor de una pequeña mesa perfectamente labrada, las cucarachas multicolores descansan su muerte sentadas en sillitas diminutas, y todas ellas brillan, brillan como si fueran diamantes. Cuelgas tu obra en la pared y con lágrimas en los ojos admiras su belleza como seguramente hizo Leonardo cuando terminó su cuadro, aunque aquí no son doce apóstoles sino dieciocho, y en medio de ellos Cristo con las antenas verde esmeralda, las alas bermellón, el vientre dorado y los ojos azul turquesa, y en sus patitas delanteras sostiene la hostia, y Jesús tomó el pan, lo bendijo y lo repartió a sus discípulos diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y Andrés y Pedro y Santiago y Simón y Bartolomé y Mateo y Felipe y todos los demás apóstoles miraron al Maestro quien se llevó la media cucaracha a la boca y comenzó a masticar, y contemplaste a tus discípulos, eran muy hermosos y no se comunicaban con palabras sino moviendo las antenas, moviendo las patas y las alas, y se les hacia agua la boca, y ellos también comieron de mi carne porque ésta es mi última cena, y allá abajo un hombre desnudo se retuerce como si estuviera endemoniado, pronto vendrán los romanos a crucificarlo, y esa noche continuamos cenando y alabando a Dios hasta que no quedo en la mesa ni un solo fragmento de la media cucaracha.

lunes, 31 de mayo de 2010

BERNAL 04

Tres cuentos donde aparece Dios de Ricardo Bernal:


NAUFRAGIO

Hasta donde alcanza la vista, el océano está cubierto de cajas oblongas, baúles, cofres herrumbrosos; todos cerrados con llave o con cadenas y candados de bronce. Las olas los mueven en una alucinante danza, y la luna, amarilla y menguante, vierte una líquida telaraña de luz sobre la escena. Nosotros permanecemos en la isla, hablamos poco, nunca nos miramos: sabemos que ningún barco vendrá a recogernos. La única salida: caminar de baúl en baúl, brincar de caja en caja con el miedo revoloteando alrededor de nuestras cabezas y el hambre como un cangrejo destrozándonos las tripas. Entonces la mano de Dios, brutal, incandescente, surge de entre las nubes y nos arroja un racimo de llaves.



RELOJERÍA

En la parte superior del reloj de arena: ciudades milenarias rodeadas por desiertos de lumbre sólida, soles agudos que calcinan huesos de estegosaurios, caravanas de camellos sedientos y esclavas vendidas mil veces. En el centro: un hoyo de arenas movedizas que arrastra hacia el infierno a todo aquel que osa acercarse demasiado…

En medio del reloj de arena: granos que caen, cada grano una vida, un planeta, una galaxia que muere para reencarnar en otro plano.

En la parte inferior del reloj de arena: océanos sin islas ni continentes, monstruos marinos devorando monstruos marinos, un esquizoide barco fantasma bailando al compás de mareas abstractas. Dentro del barco: un camarote, dentro del camarote: una mesa, encima de la mesa: un mapa carcomido y la única foto de Dios: sonriente, barbado, sudoroso y enrojecido, mirando de frente a la cámara y saludando desde la entrada de la relojería.



CUERDAS

Todos los gurús, hierofantes y monjes están de acuerdo, para alcanzar el Reino de los Cielos hay que trepar por las cuerdas que cuelgan desde lo alto: millones de cuerdas plateadas, eternas, resplandecientes como chorros de luz. Sin embargo, desde hace varias semanas numerosos monstruos bajan por las cuerdas e invaden los bosques, las islas, las ciudades. Se alimentan de carne humana, beben sangre fresca directamente de las venas, nunca duermen. En la desesperación, hombres temerarios encuentran algunas cuerdas libres, pero al trepar pronto descubren, a veces a varios kilómetros del suelo, que un nuevo monstruo baja, hambriento, vertiginoso, apocalíptico. Nadie hubiera imaginado este final… la luz del sol es más tenue cada día; la enorme luna madre pare nuevas lunas cada noche: por cada ser humano hay ahora veinte monstruos.

Arriba, en las praderas del Cielo, Dios también corre de un lado a otro buscando una cuerda libre.


Imagen: The ancient of days; William Blake

martes, 27 de abril de 2010

SEMANA DEL NIÑO 02

Continuando con la Semana del Niño, un artículo y dos cuentos de RICARDO BERNAL:

LOS NIÑOS Y LA LITERATURA DE HORROR


Sólo los niños conocen el horror
Nunca olvidan que debajo de su piel
está escondido un esqueleto

NESTOR ZENER


Pregúntale a cualquier niño acerca de los Olmecas o la Revolución Mexicana y seguramente habrá olvidado la lección; pregúntale acerca de Drácula, Frankenstein o el hombre lobo y te hablará, emocionado y sin titubear, de estos y otros monstruos. Y no es que una cosa sea mejor que otra, sino que lo no obligatorio, lo que estimula la imaginación de una manera interesante y entretenida es más fácil de guardar en la memoria. Nada como el horror para estimular la imaginación.

A los ojos de los adultos es más práctico simplificar el mundo, las cosas son como son y en honor a la paz mental resulta preferible no cuestionarse acerca de la muerte, el dolor o el más allá. Para un niño esto no tiene por qué ser así forzosamente: el cristo malherido que cuelga en la recámara de mamá es terrible y monstruoso, al igual que la sonrosada cabezota de cerdo que descansa en la vitrina del carnicero o la puerta entreabierta del desván. Entre más sensible sea un niño, más miedo le causará la oscuridad y más afilados serán los colmillos del monstruo que vive en el clóset. Sin embargo, es sabido que detrás del miedo está la curiosidad y el obsesionante empeño en dar una explicación razonable a lo desconocido. La niñez viene a ser el equivalente psíquico a ese tiempo primordial en que la humanidad trataba de explicarse el origen del universo a través del mito. Si revisamos estos mitos, veremos que están repletos de escenas monstruosas y terribles. Según la psicología junguiana, esto explicaría la fascinación que tiene el hombre por lo grotesco: hay una búsqueda de trascendencia y control sobre la naturaleza a través de exorcizar los demonios que conforman nuestra sombra, es decir, la parte irracional de la psique humana. Cuando un niño disfruta del horror en una película o en un libro, está enfrentándose a los propios miedos que le acechan al apagar la luz y de alguna manera comprende que el temor es parte incuestionable de su naturaleza, es una forma de aprender que no se trata de no sentir miedo sino de controlar los efectos que le produce. Sin embargo, uno de los grandes prejuicios acerca de permitir a un niño leer ese género literario consiste en creer que se convertirá en un ser violento o despiadado como resultado de la influencia de la lectura, sin ver que lo que crea personalidades antisociales no son los libros sino las experiencias de violencia dentro de la vida cotidiana.

Otro prejuicio al respecto, es creer que la inocencia es traducible como ignorancia total. Mucha de la que se considera literatura apta para el público infantil parece destinada a fomentar la pereza mental y la simpleza de pensamiento. Incontables escritores de cuento para niños se dedican a inventar anécdotas facilonas en total insulto a la inteligencia de sus lectores, como si ser niño significara por ende, ser estúpido. En gran medida esta actitud es parte de un triste legado que parece llegar directo desde la época victoriana, en que los editores se aplicaron a retraducir los cuentos de hadas, descendientes de una riquísima tradición de narrativa oral y que en un principio fueron concebidos más bien como fábulas aleccionadoras que buscaban elogiar valores como la honestidad, la generosidad y la compasión. Los victorianos, en su feroz cruzada por la moral y las buenas maneras, mutilaron estas exuberantes historias purgándolas de cuanta escena violenta o ajena al buen gusto había en ellas de acuerdo a su criterio. Al parecer olvidaron que no puede ensalzarse el bien sin tener a la vista al mal como contrapunto necesario. Es curioso observar que, como fenómeno paralelo, en la misma época victoriana, dentro del rubro de literatura adulta se crean muchas de las grandes obras de horror como Drácula, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Otra vuelta de tuerca, El retrato de Dorian Gray, y todos los cuentos de fantasmas que instituyen la manera clásica de hablar de aparecidos. Casi como fenómeno social, estos autores realizan la tarea que su época se negaba a cumplir, alguien tenía que seguir exorcizando a los demonios. Más tarde, el género horrorífico se convertiría en un buen negocio en las revistas, el cine y la televisión, y sus destinatarios serían generalmente el público infantil o adolescente.

A lo largo de los años que llevo enseñando literatura fantástica y de horror, he constatado que muchos de los lectores adultos comenzaron leyendo, de niños, obras no consideradas infantiles: los libros de H. P. Lovecraft, Ray Bradbury, Stephen King, los cuentos de Edgar Allan Poe y Horacio Quiroga, etc. Todas ellas, obras que no suelen formar parte de programas escolares y que más que retratar la realidad se ocupan de crear mundos extraños, siniestros e inquietantes. De alguna manera, el proceso de lectura se convierte así en una forma de satisfacer la imaginación y, al mismo tiempo, de aprender a dirigirla. Entrar voluntariamente al miedo y salir de él a través de la lectura, resulta una manera constructiva y eficaz de controlarlo.

En conclusión, un niño sensible a la lectura debe ser considerado lector a secas, independientemente de su edad. Como cualquier lector, se guiará por sus gustos y responderá a lo que le atrae, le interesa o le estimula la fantasía. Y es un hecho que pocos géneros estimulan tanto la fantasía como la literatura de horror. Alguien que responde al llamado de la lectura y se ve fascinado por ella continuará estándolo de manera permanente; y alguien que se acerca a los libros corre un solo riesgo: alejarse, tal vez para siempre, de la ignorancia y la insensibilidad.



LUCY Y EL MONSTRUO

Querido Monstruo:

Ya no te tengo miedo. Mi papi dice que no existes y que no puedes llamar a tus amigos porque ellos tampoco existen. Cuando sea de noche voy a cerrar los ojos antes de apagar la luz del buró y voy a abrazar bien fuerte a mi osito Bonzo para que él tampoco tenga miedo. Si te oigo gruñir en el clóset pensaré que estoy dormida. No quiero que mi papi se despierte y me regañe.

Ya sé que me quieres comer, pero como no existes nunca podrás hacerlo; aunque yo me pase los días pensando que a lo mejor esta noche sí sales del clóset, morado y horrible como en mis pesadillas…

Mañana, cuando juegue con Hugo, le voy a decir que te maté y que te dejé enterrado en el jardín y que nunca más vas a salir de ahí. Él se va a poner tan contento que me va a regalar su yoyo verde y me va a decir dónde escondió mis lagartijas (siempre ha dicho que tú te las comiste, pero eso no puede ser porque mi papi me dijo que no existes y mi papi nunca dice mentiras).

Voy a dejarte esta carta cerca del clóset para que la veas. Voy a pensar en cosas bonitas como en ir al mar, o que es Navidad, o que me saqué un diez en aritmética. ¡Adiós, monstruo!, que bueno que no existas.



firma: LUCY

PD: No tengo miedo. No tengo miedo. No tengo miedo.



———–



Mi pequeña Lucy:

¿Cómo que no existo? Tu papi no sabe lo que dice. ¿Acaso no me inventaste tú misma el día de tu cumpleaños número siete? ¿Acaso no platicabas conmigo todas las noches y te asustabas con los extraños ruidos de mis tripas? Todas las noches te observé desde el clóset y tú lo sabías…

Aunque nunca me viste conocías de memoria mis ojos, mi lengua y mis colmillos; pues todas, todas las noches me soñabas. Por eso cuando leí tu carta sentí tanta desesperación. Por eso destrocé tus juguetes y me comí de un solo bocado a tu delicioso osito Bonzo.

Lo juro, Lucy, tú ya estabas muerta.

Tenías los ojos abiertos y cuando toqué tu barriguita estaba más fría que mi mano. Seguramente te mató el miedo y yo no pude comerte pues no me gusta el sabor de los niños muertos. Lo único que hice fue regresar al clóset y llorar de tristeza hasta quedarme dormido…

¡Pobre Lucy! ¡Pobre Lucy y pobre monstruo solitario!

Ahora tendré que salir de aquí, alejarme de los adultos que cuidan tu pequeño ataúd y dejar esta carta donde puedas encontrarla… Necesito la risa de un niño y necesito el miedo de un niño para seguir vivo.

Por cierto, Lucy, ¿dónde dices que vive tu amigo Hugo?



Atentamente

EL MONSTRUO



LUCY EN EL PAÍS DE LOS MONSTRUOS

Lucy amaba el horror. A sus diez años ya había visto muchas veces El exorcista, El silencio de los corderos y todas las películas de Freddy Krueger; aunque a Papá y a Mamá siempre les decía que iba a sacar del videocentro Krull, Laberinto o Escape al futuro III. Hoy es miércoles, qué suerte, dos películas por el precio de una. Papá y Mamá se irían a jugar póker a casa de los papás de Hugo, y Lucy vería El regreso de los muertos vivientes por onceava vez, quizá Alien, Posesión satánica o Viernes trece, qué maravilla. Lucy era hija única. Muy delgada, grandes ojos grises y piel fosforescente; varios niños de su salón la amaban en secreto. Lucy dice: ya nadie recuerda sus sueños por las mañanas, y yo tengo que ser la guardiana de los sueños de todos, qué pesadilla. A las nueve de la noche Lucy se sirvió un vaso de pepsi, oyó arrancar el auto de sus padres, vio la luna llena como un buda meditando encima de las nubes. A las nueve y cuarto comenzó el ritual: colocar en la video Pesadilla en la calle del infierno IV, decir NO a la piratería, pasar en cámara rápida los aburridos cortos de las otras películas, New Line Cinema presents... un fuerte rock invade la sala; en la pantalla, la niña vestida de blanco dibuja con grises la casa de Elm Street donde vive Freddy Krueger. Comienza el espectáculo: todo sucede en el sueño de Alice, la protagonista, única sobreviviente de la película anterior. Lucy aguanta la respiración y se muerde los labios. Lucy dice: me sé esta película de memoria. Durante la siguiente hora Freddy mata a Kincaid en el cementerio de autos, ahoga a Joey en su cama de agua y Kristen baja al infierno por un siniestro laberinto de tuberías oxidadas y cadenas colgantes. Así es pequeña Lucy, Freddy ha vuelto para clavar amorosamente las navajas de sus dedos en tu corazón. El incendio de la pantalla se refleja en las pupilas de Lucy, la siempre solitaria y pensativa Lucy. ¿Cómo pasar al otro lado? Lovecraft lo sabía, Edgar Allan Poe lo sabía y en las historias de Blackwood la naturaleza invisible es una constante amenaza a la razón de Lucy quien se aburre terriblemente en esa escuela donde le enseñan pura idiotez. Lucy dice: mejor aquí, en casa, con mis libros y mis cómics. Lucy se sabe sola, y más que sola desde que Doris, su única amiga, se fue a cazar fantasmas a Inglaterra. Lucy dice: Papá, Mamá, no se preocupen; soy feliz. Y la momia retuerce las manos desde la portada del cuaderno de matemáticas. ¿Por qué esta niña no forrará sus libros con estampas de Ziggy, Snoopy o Rosita Fresita, como todas las niñas de su edad?, se pregunta Papá sin saber que el más grande sueño de su hija es recorrer la escala del horror hasta sus máximas consecuencias. Desde muy pequeña, Lucy leía a escondidas las obras completas del Conde de Lautreamont, dibujaba a Jack el Destripador en una cartulina verde o enterraba gorriones en las soledades del jardín. Qué bueno que colgaste una foto de Paul McCartney en tu recámara, decía Mamá. No Mamá, es Clive Barker, uno de los mejores escritores de terror que han existido. ¿Mejor que Stephen King? ¡Ay Mamá, no sabes nada!, y Lucy salía de la casa dando un portazo mientras Mamá tomaba las agujas y regresaba a su eterno tejido con una sonrisa coja retorciéndole la cara; pobrecita hija mía, qué falta le hace un hermano o algo así. Y Mamá nunca imaginaría que una vez Hugo se hirió el dedo al jugar con un vidrio, y Lucy bebió su sangre como si de chamoy rojo se tratara. ¡Estás loca! Nada de eso amigo, los vampiros existen si crees en ellos. En la pantalla Alice se escapa de casa y entra a un cine de tercera, y Lucy sabe que en la escena siguiente la aterrada protagonista pasará del otro lado, hacia los eternos dominios oníricos de Freddy Krueger. El universo explota, y nada hay de extraño en una pantalla que te chupa como si fuera una aspiradora gigante, y tu diminuto cuerpo un calcetín sucio debajo de la cama. Lucy se ve las manos, y aunque no está asustada, las turbias granulaciones que forman esta nueva realidad la hacen pensar que está soñando, y más allá de la pantalla, se ve a sí misma dormida frente a la tele. Lucy dice: nada como una buena pesadilla, ojalá los sueños pudieran grabarse, le prestaría mis sueños a Hugo para asustarlo un poco. Pero esto no es un sueño. La calle es un enredo de casas parecido al del cuento que abre el libro rojo de Jean Ray. Lucy recorre asombrada el lugar; encuentra un enorme letrero donde dice, en todos los idiomas posibles, BIENVENIDO AL PAIS DE LOS MONSTRUOS. Pero aquí no hay monstruos; es una película, o tal vez las páginas de algún libro, y las comas de todos los libros, ahora Lucy lo sabe, son conscientes de sí mismas y ríen, ríen porque te detienen un poco, te matan un poco, micromuertes. Lucy camina. No hay flores de carne humana bajo el eterno balanceo de los ahorcados; no hay cielos gore, ni moluscos de repulsión invadiendo la garganta. Ni siquiera hay dolor. ¿Dónde están Frankenstein y el Hombre Lobo? ¿A quién le pregunto cómo llegar al castillo de Drácula? ¿Por qué el Wendigo no recorre los cielos con sus pasos de viento alucinante? Por las grietas de las casas no se asoma ningún rostro y un inesperado silencio se diluye en las notas de los Legendary Pink Dots que como pies gigantescos aplastan la memoria. Y Lucy recorre una línea interminable, cruza colores inexistentes, sensaciones abstractas y ráfagas de nada deslumbrando lo lleno del vacío. Lucy está aterrada. Los monstruos han huido: algunos se metieron en los libros, otros en las películas; otros más en los ojos del hombre que hundió un martillo en la cabeza de su esposa, o en el odio feroz que mantuvo despiertos en sus tumbas a todos nuestros muertos. Ahora Lucy es un monstruo entre los monstruos y nadie se ha quedado aquí para salvarnos. Pide un deseo, Hugo. Y Hugo dice: que se cure Lucy, sus papás van a llevarla al doctor pues no ha dormido en varios días; encontraron carne putrefacta enfrascada en el botiquín; encontraron una espeluznante mandrágora azul entre las páginas de su libro de español, y a lo mejor es mentira que el gato se escapó la noche de brujas cuando Lucy cumplió nueve. Feliz cumpleaños, Hugo, dicen ellos; ahora sopla las velas. Después de mucho andar, Lucy llega a un cine en ruinas. Un Freddy Krueger de cartón la espera en la taquilla. Lucy paga su boleto y entra al recinto, ¿cómo será el cine de horror en el País de los Monstruos? Adentro no hay nadie: una butaca solitaria como un trono o silla eléctrica descansa frente a la pantalla gigante que se extiende entre estalactitas y sepulcros. Lucy aguanta la respiración y se muerde los labios. Se apagan las luces, zumba un motor prehistórico y comienza el espectáculo. En la pantalla aparece una sala igual a la de la casa de Lucy. Sentados en un sillón, dos viejos lloran por la hija que nunca tuvieron, y arman rompecabezas, y se miran tiernamente detrás de las lágrimas. Aunque los años han deformado sus cuerpos y sus rostros, Lucy logra reconocerlos: son Papá y Mamá, y están del otro lado, en aquel lejano universo donde no existen Lucy ni sus monstruos. ¡Papá! ¡Mamá! ¡mírenme! ¡estoy aquí!, grita Lucy antes de que mil diminutas manos le tapen la boca y los ojos para siempre. Afuera del cine, la sonrisa de Freddy Krueger se derrite en cámara lenta.

jueves, 25 de febrero de 2010

BERNAL 02

Para recordar al Laboratorio de Cuento Fantástico, algo de Prof. Bernal mientras leía el cuento de un servidor:

jueves, 11 de febrero de 2010

BERNAL 01

Nueva sección dedicada a los textos del profesor que más influencia (positiva) ha ejercido sobre éste, su inseguro servidor.

Estoy hablando de el Tío, el Máster, el Fu Manchú... Ricardo Bernal:
"Imparte cursos de literatura fantástica, horror y ciencia ficción desde 1992. Ha sido becario del FONCA de la SOGEM. Ha ganado varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, y el Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos. Es coordinador editorial de la revista La Mandrágora. Entre sus publicaciones se encuentran Lucas muere, Ciudad de telarañas, Lady Clic y Torniquete de avestruces; además de dos antologías de cuentos de ciencia ficción para la editorial Alfaguara"

LUCAS MUERE
Ricardo Bernal


PRIMERA PARTE (las brujas)

Había una vez dos brujas que vivían dentro de un cráneo. Lucas, el dueño del cráneo, cada mañana se miraba en el espejo sin sospechar que esos ojos de perro amarillo eran en realidad dos ventanas desde donde las brujas contemplaban el exterior. No sabía que dos viejas brujas pensaban sus pensamientos y soñaban sus sueños. No sabía que dos viejas y terribles brujas lo habitaban.

Algunas veces, mientras Lucas trataba de dormir, las brujas invitaban a sus amigas y organizaban una fiestas: sacrificaban gallinas, encendían cigarros enormes y preparaban todo tipo de brebajes. Luego, ponían en el fonógrafo los viejos discos de Gardel y bailaban tango toda la noche entre pisotones y alaridos. Lucas, desesperado, daba vueltas y vueltas en su cama; maldiciendo las cuatro tasas de café que seguramente le habían espantado el sueño.

Otras veces, las brujas entraban de puntitas a la cocina del cráneo y abrían las desvencijadas puertas de la alacena. Con dedos largos y malignas intenciones, mezclaban las sustancias de los frascos donde Lucas guardaba sus recuerdos. Imágenes desordenadas aparecían entonces en la pantalla de su memoria: recordaba a su padre con la cara enjabonada y una navaja de afeitar en la mano, mirando sorprendido la orden de arresto que le mostraban los gendarmes; recordaba la madrugada de lluvia y hojarasca cuando él y su amigo Mateo encontraron el tesoro oculto en la cueva de los dinosaurios; recordaba los gestos y las manos heladas de sus hermanita María, muerta de leucemia a los siete años; recordaba el sabor de la sangre, y recordaba también a Berenice, la misteriosa mujer de verdes ojos y medias negras que hizo de su corazón un tololoche, arruinándolo para siempre.

Las brujas comían palomitas de maíz y se morían de risa al mirar los recuerdos de Lucas. De pronto, dos horribles dentaduras postizas se desencajaban de sus bocas abiertas y volaban por todo el cráneo castañeteando los dientes. Las brujas, asombradas, sacaban sus redes de cazar mariposas y trataban de atraparlas, estrellando a su paso algunos de los frascos. Cuando las dentaduras volvían a sus respectivos lugares, los recuerdos encharcaban los tapetes de la sala; y afuera, los ojos de Lucas se inundaban.

Fue un martes trece de abril cuando Lucas sufrió el delirium tremens. Eran las cuatro de la tarde y las brujas se aburrían. Ya habían zurcido sus calcetas y lavado los platos; ya habían leído todas las revistas y resuelto los crucigramas; durante horas habían jugado al ajedrez y al final se habían comido el tablero con todo y piezas. Buscando en qué entretenerse fueron a dar a la biblioteca del cráneo. Entre tratados de alquimia y libros de ocultismo encontraron el pequeño Larousse; lo desempolvaron, lo abrieron al azar y de sus páginas arrancaron a la palabra ESDRÚJULA, que se retorció asustada entre sus dedos. Las brujas se miraron, divertidas y siguieron arrancando palabras esdrújulas del diccionario: las palabras ESPANTAPÁJAROS, MURCIÉLAGO, CÁNTARO, BOLÍGRAFO, MATEMÁTICAS, ETCÉTERA. Cuando habían juntado las suficientes, las clavaron entre sí y construyeron una escalera; luego enrollaron el tapete y con un serrucho oxidado cortaron las tablas del piso; se asomaron por el oscuro agujero y decidieron bajar a conocer el corazón de Lucas. Con su larga escalera de palabras esdrújulas y sus cascos anaranjados de explorar minas, comenzaron a descender poco a poco. Lucas revolvía el cajón de su buró buscando las pastillas para el dolor de garganta; de pronto sintió un fuerte golpe en el pecho y perdió el conocimiento; en esos instantes, las brujas acababan de abrir las puertas metálicas de su corazón...



SEGUNDA PARTE (una visita al corazón)

Es difícil comprender los motivos del corazón. Es difícil caminar a ciegas.

Las brujas entraron a la oscuridad alumbrando con sus linternas los rincones: esqueletos de lagartija, crisoles empolvados, máscaras, muñecas muertas. En ese lugar de pesadilla el tiempo se había detenido para siempre. En el piso había un pentágono de sal y en medio del pentágono un retrato desgastado: era Berenice, la última habitante en el prodigioso universo de Lucas. Al mirar esos ojos verdes y esa sonrisa sin boca, las brujas comprendieron que ella había sido la culpable de tanta desolación. Furiosas, hicieron añicos el retrato y juntaron montones de basura para incendiar de una vez por todas las entelarañadas paredes del tenebroso corazón de Lucas. La demoníaca bestia del fuego hizo su aparición con las fauces abiertas y el odio en la mirada; Lucas volvió en sí al sentir sus colmillos clavándosele por dentro mientras las brujas gritaban. Enloquecido, salió corriendo de su casa para buscar una cantina y apagar el fuego y los gritos con largos, largos tragas de ajenjo. Recorrió callejuelas y puentes hasta llegar al embarcadero; ahí, entre construcciones góticas y luces de artificio, encontró el famoso bar de sus amigo Edipo y entró en él con la misma devoción con que un monje zen entraría a su sagrado templo interno. Las brujas habían quemado amuletos, sustancias, pergaminos; cuando el incendio fue total, sonrieron satisfechas y decidieron echarse una merecida siesta sin preocuparse por el fuego: no podía dañarlas, habían sido discípulas de Freja, la poderosa Dueña de los elementos; y por lo visto, habían aprendido muy bien sus enseñanzas.

Es difícil comprender los motivos del corazón. Es difícil comprender la terrible sed de un corazón incendiado... En el bar de Edipo, Lucas se dedicó a beber toda la noche.



TERCERA PARTE (las botellas que Lucas bebió)

Botella # 1.- Lucas habla solo mientras dos brujas duermen; el dolor es un gusano enamorado de su columna vertebral.
Botella # 2.- El descompuesto reloj de la barra da la una doce veces. Los últimos marineros abandonan el bar, apoyando sus borracheras en los hombros adolescentes de frágiles prostitutas. Una lagrimita recién nacida se asoma por el ojo izquierdo de Lucas y decide bajar a su enmarañada barba pelirroja.


Botella # 3.- Edipo cierra por fuera la puerta del bar, guarda las llaves, prende su pipa y busca un taxi que lo lleve rumbo a casa; en el camino va pensando en su pobre, pobrecito amigo Lucas. Arriba bailan siete lunas.

Botella # 4.- La neblina del embarcadero entra al bar por la cerradura y forma una figura femenina. La figura se detiene frente a Lucas, toca su rostro y antes de desaparecer le da una flor negra que saca de sus ropajes. Las sillas crujen. A lo lejos aúlla un hombre lobo.

Botella # 5.- Lucas Balbucea; en sus ojos, los oscuros pájaros de llanto construyen nidos de cristal; en su corazón incendiado, dos pequeñas brujas se despiertan. En silencio, el silencio sonríe.

Botella # 6.- En medio de una tempestad de carcajadas y vidrios rotos el corazón de Lucas explota, dejando escapar a dos brujas montadas en una escoba. Las brujas se despiden de Lucas mondándole besitos, salen por la ventana y se van volando más allá de las constelaciones para aterrizar, tal vez, en las páginas de otra historia. Lucas cierra los ojos y aprieta los dientes.

Botella # 7.- Lucas se borra: el barco de su subconsciente navega por lagunas mentales y océanos de olvido. Al abrir los ojos, Lucas se descubre en un lugar desconocido...

(Cuenta la leyenda que Lucas recorrió durante horas los alrededores tratando de reconocer el lugar. La confusión pintaba de gris todas las cosas y en cada rincón se desarrollaba una escena diferente: viscosos cerdos rosas celebraban misas negras; enormes monstruos oceánicos salían de un mar de ploma y devoraban niños; extraños demonios sin rostro extendían sus deformes alas y lo señalaban, diciendo oscuras frases cabalísticas: “abracadabra honorable Lucas, bienvenido seas al maravilloso país del Delirium Tremens. Haz el favor de acompañarnos. Son las cinco de la tarde y su majestad, la reina, te está esperando en sus aposentos para tomar el té”.

Cuenta la leyenda que Lucas fue llevado por bosques laberínticos hasta las amuralladas fronteras de un castillo nebuloso. Blancos eran el foso y los jardines; blancos los árboles, blancas las flores y las mariposas; blancas eran las torres, blancos los peldaños y blancas las galerías; también era blanco el trono de la reina... Berenice, quien recibió a Lucas con una sonrisa misteriosa.

Cuenta la leyenda que el nombre sagrado de su amada se derritió lento como una hostia en los labios de Lucas).

Botella # 8.- Lucas muere.



EPILOGO

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Lucas se aburre en la casa de la Muerte; cada mañana se mira en el espejo y sólo encuentra reflejado el rostro invisible de la inexistencia. Por las noches el repartidor de sueños pasa frente a su puerta pero nunca se detiene... Ahora Lucas conoce la verdadera, la triste, la infinita soledad.

Sin embargo, algún día Lucas se asomará por la ventana y verá las luces rojas, las luces verdes y las luces azules de la ambulancia. Algún día, Lucas escuchará las voces de los camilleros gritando su nombre. Algún día, Lucas será llevado respetuosamente a la confortable habitación sin puertas ni ventanas que dos pequeñas brujas le tiene reservada en el último rincón de los infiernos.


Si después de leer este cuento no les dan ganas de inscribirse al Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción que coordina Ricardo, están mal de la cabeza.
Para mayor información del Diplomado, lean el post de abajo.
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