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viernes, 27 de mayo de 2011

ALTAZOR

Fragmentos de ALTAZOR, de Vicente Huidobro:


Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde cogí mi paracaídas y dije: "Entre una estrella y dos golondrinas". He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcos iris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte...

Cae
Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y todos los naufragios
Cae y quema al pasar los astros y los mares
Quema los ojos que te miran y los corazones que te aguardan
Quema el viento con tu voz
El viento que se enreda en tu voz
Y la noche que tiene frío en su gruta de huesos
Cae en infancia
Cae en vejez
Cae en lágrimas
Cae en risas
Cae en música sobre el universo
Cae de tu cabeza a tus pies
Cae de tus pies a tu cabeza
Cae del mar a la fuente
Cae al último abismo de silencio
Como el barco que se hunde apagando sus luces...

El cielo tiene miedo de la noche
Cuando el mar hace dormir los barcos
Cuando la muerte se nutre en los rincones
Y la voz del silencio se llena de vampiros
Entonces alumbramos un fuego bajo el oráculo
Para aplacar la suerte
Y alimentamos los milagros de la soledad
Con nuestra propia carne
Entonces en el cementerio sellado
Y hermoso como un eclipse
La rosa rompe sus lazos y florece al reverso de la muerte...

Soy todo montalas en la azulaya
Bailo en las volaguas con espurinas
Una corriente tras de la otra
Ondola en olañas mi rugazuleo
Las verdondilas bajo la luna del selviflujo
Van en montonda hasta el infidondo
Y cuando bramuran los hurafones
Y la ondaja lanza a las playas sus laziolas
Hay un naufundo que grita pidiendo auxilio
Yo me hago el sordo
Miro las butraceas lentas sobre mis tornadelas
La subaterna con sus brajidos
Las escalolas de la montasca
Las escalolas de la desonda
Que no descansan hasta que roen el borde de los altielos
Hasta que llegan al abifunda
En tanto en pirata canta
Y yo lo escucho vestido de verdiul
La lona en el mar riela
En la luna gime el viento
Y alza en blanco crujimiento
Alas de ola en mi azul...




Aquí pueden leerlo completo.

martes, 15 de marzo de 2011

DOS POEMAS

I

Sigue la línea de yodo
cortando suave la daga,
músculos, grasa, tendones
buscando con ansia tu alma.
Pero sólo encuentra limo
y unas cuantas alimañas.






II

Dejo en tu lecho de mármol
plantas bellas e innombrables:
altramuces de Satán,
polipodios inmortales.
¡Despierta, querida mía,
seamos por siempre amantes!

viernes, 25 de febrero de 2011

AMOTINADOS A LAS PUERTAS DEL CIELO

Así inicia Amotinados a las puertas del cielo de Arturo Córdova Just:


Qué triste la vida de ciertos muertos,

nadie los saca de su lugar,

deambulan perennes entre el alba y su duermevela,

los traiciona el arcángel que incrustó las monedas de oro en sus párpados.

En suspensión, les conmueve un hielo en sus meñiques,

el pétalo azul del demonio,

su casa de piedra (monumento al remolino intacto),

el gallo y su aviso,

los carpinteros ofreciendo astillas.

Los muertos se asustan de no latir,

de quedarse sin respiro.

Su dulce es el amable licor de la sangre,

el verbo transfigurado en meditaciones fustigadas,

el cráneo de azúcar.

Ciertos muertos vociferan sin verse,

los cosechan porque han sido tallos subterráneos.

Conviven en la incertidumbre,

muy por debajo de la tierra,

allí donde no hay aire y corren las potencias de congelación.

Ciertos muertos tienen una abeja en el paladar,

un piso enorme para atender al vacío,

una calle sin fin,

la libertad de tenebrarse por el encierro.


Ghandi Satélite cuenta con un par de ejemplares

jueves, 3 de febrero de 2011

CUARTO CANTO DE ABANDONO

CUARTO CANTO DE ABANDONO
Efraín Huerta

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy con las heridas claras del abandono
y el repetido canto burlón de la ceniza.
Estoy bañado en tristes, crueles desesperanzas,
cual brillo desmayado de virtud en derrota.
Estoy con una mano señalando la aurora
y el corazón cansado de su tímida sangre.
Estoy como gritando por el frío y la pena,
siendo nomás un leve pétalo de violeta.
Estoy nadando en brumas, crucificado en la
deshecha adolescencia que viví sin saberlo.
Estoy en lo que dicen las ventanas abiertas:
palabras, desconsuelo, doméstica lujuria.

Estoy cargado de odio y bien encarcelado
por aniquilamientos, abandonos y noches.
Estoy, secos los labios, interrogando a nadie
por mi destino idéntico a bandera raída.
Estoy sólidamente pegado a la tristeza
y en trance melancólico de no poder llorar
por tu ausencia de estrella, maravillosa mía,
por tu voz infinita como sudor que brota
cuando somos campanas en desorden y besos,
por tu fina traición a las lluviosas tardes
en que comíamos uvas y redondos granizos.

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy chorreando lenta, penosísima angustia,
como ahogado que mide el espesor del mar.

Estoy en el confuso día sin equilibrio
y caen las mariposas como perfume seco.
Estoy con ese húmedo destello de la muerte
con fuerza que es latido de párpados calientes.

Estoy sin juventud, dolido, inexplicable
como fiebre en el mármol o rosa desteñida,
con las manos abiertas a la dicha del mundo
y una quietud mortal en el alma quemada.


Aquí se consigue el libro y acá para saber más del autor.

lunes, 24 de enero de 2011

LOS DEMONIOS Y LOS DÍAS

RUBÉN BONIFAZ NUÑO

4

Qué tranquilamente callan, se pudren
los hermosos versos de amor, la sangre;
no es que yo lo quiera.

Cada segundo
sé que estoy más cerca, me llaman;
estoy en la tripa de una serpiente
cada vez más cerca de mi esqueleto.

Y es completamente inútil que llore,
que cante pidiendo socorro;
pues todos estamos pobres: vivimos
viendo que tendemos la mano
y la retiramos siempre vacía.



24

Para los que llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
-pues uno no sabe bailar, y es triste-;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;

para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados
una vez; aquellos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta,
ya mucho después de entrados todos,
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
o vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;

para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia
porque no serán consolados,
los que no tendrán, los que pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.


25

Por si no lo he dicho lo digo ahora.
Tengo una certeza: la de la muerte
que llega vaciándonos con furia;
y tengo un recuerdo: el de la escondida
muerte; y una indócil esperanza:
la de revivir en la carne.

Porque amo mis huesos y mis nervios;
mis brazos que cierran, mi boca
que deja salir; la mansedumbre
sepultada y tibia de mis entrañas,
y el sabor ilustre de las cosas
que viven, y el aire que lo lleva.

Y sudo al pensar que he de morirme
para siempre, y sueño ser yo mismo
otra vez: juntarme, escogerme
yo mismo entre todo,
y recuperarme y entregarme.


29

Me asomé otra vez a la ventana
a ver si tocabas en mi puerta.
No era nadie. Todos los vecinos
saben que te estoy esperando.

Me divierten cosas que me cansan:
oír el silbato del cartero
que se acerca, espiarlo, contar las cartas
que reciben todos los que conozco,
y saber que nadie en este día
se acordó de mí para escribirme.

O llegar después del trabajo,
cuando tengo ganas de no estar solo,
y hacer la pregunta diaria:
"¿Me llegaron cartas?"
Y sé que nunca
habrá de escribirme nadie,
porque tú no sabes en donde vivo.

También pienso a veces que estás de viaje,
que regresarás cualquier día.
Pero no estaré cuando vuelvas.

A mí me ha tocado no estar contigo;
no tengo miradas para encontrarte
ni hay cosa en que pueda reconocerte.


Aquí para saber de Rubén Bonifaz Nuño y acá para conseguir el libro.