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martes, 18 de agosto de 2015

125 AÑOS DE LOVECRAFT

Continúan los festejos por los 125 años de Lovecraft:

Esta miércoles 19, en Palíndromo (Guadalajara), ofrecerá la siguiente ponencia:

La herencia de Cthulhu: lo lovecraftiano en la obra de Emiliano González


"Esta ponencia esclarecerá la estrecha conexión que existe entre la obra de H. P Lovecraft (1890 - 1937) y Emiliano González (1955), escritor mexicano ganador del premio Xavier Villaurrutia en 1978 por su libro Los sueños de la bella durmiente. Mediante el análisis de algunos fragmentos de sus cuentos, poemas, ensayos y biografía, propondrá que González es el escritor mexicano que mejor ha asimilado los conceptos del terror cósmico (tanto los propuestos por Lovecraft como los de los autores que lo influyeron: Machen, Blackwood, Dunsany, Bierce, O´Brien, Chambers, Hodgson, entre otros), llevando lo lovecraftiano a niveles jamás alcanzados en la literatura fantástica mexicana".





Y el sábado 22, en el Centro Cultural Elena Garro, Penumbria organizó un festival lovecraftiano, donde daré algunos datos biográficos del demiurgo de Providence.


AQUÍ más información.


Ojalá me puedas acompañar y me ayudes a difundir estas actividades.

Abrazos cósmicos.

miércoles, 24 de junio de 2015

ELLOS

En la segunda entrega del ensayo “Orlando furioso y sus descendientes”, Emiliano González señala la relación entre Orlando furioso, Maupassant, Nervo y Lovecraft:

Los vampiros invisibles de Maupassant (El Horla) se vuelven los devoradores invisibles de Nervo...

Ellos de Amado Nervo y los dioses de los mitos de Cthulhu de Lovecraft son creaciones lúcidas basadas en la creación loca de Maupassant...

El vampirismo del Horla de Maupassant proviene del personaje Merganor el Felón, de Ariosto (Orlando furioso), señor que se alimenta de sangre humana en un castillo: es un gigante peor que un lobo...

Sin más, les comparto el cuento (transcripción propia de la versión publicada en Ediciones Literarias: Paris, 1909, que aquí pueden descargar).

Al final agrego una relación que encontré con la obra de Thomas Ligotti.



ELLOS

Amado Nervo
A Don Justo Sierra


Todos los días pasan frente a mi ventana dos terneras.
Van al matadero, llevados por sendos rapaces.
Tiene aún ese gracioso aturdimiento de las bestias jóvenes; se repegan la una a la otra, saltan, miran a todas partes con sus grandes y apacibles ojos glaucos y curiosos.
Llegarán a su destino; les ligarán las piernas, y con una gran maza, les darán un certero y terrible golpe en el testuz.
Luego... la nada.
Pero ellas no lo saben, y un minuto, un segundo antes de recibir ese golpe definitivo, su embrionario espíritu tranquilo se asomará a sus ojos para bañarse en luz, ajeno a toda inquietud.
¡Van a morir, pero no lo saben!
No lo saben, he aquí el celeste y misericordioso secreto.
No lo saben, en tanto que nosotros vivimos acosados sin piedad por el fantasma de la muerte.
Todas las noches, al acostarnos, nos preguntamos:
—¿Será hoy? ¿Me levantaré aún de este lecho?
Y por la mañana, al despertar, exclamamos con un suspiro:
—¡Un día más!
En cuanto la enfermedad ase con su garra acerada nuestras entrañas y nos enciende en fiebre, murmuramos con inquietud:
—¿Será esta dolencia la última?
Y en la convalecencia, al invadirnos la suave y tibia oleada de vida nueva, pensamos:
—Todavía...
¡Oh terrible, oh espantoso privilegio de la vida consciente!
¿Qué hemos hecho para merecerlo?

**

Todos: ese que canta, aquel que baila, el otro que atesora, el de más allá que ama, el de más acá que se envanece, todos estamos condenados a muerte... ¡Y lo sabemos!
Pero he ahí a las dos terneras que pasan: sus padres no las han engendrado sino para el matadero. Su vida ha sido breve como una mañana.
La especie a que pertenecen, al obedecer al poderoso instinto de perpetuarse, que es el más grande instinto de su alma colectiva, no hace sino dar al hombre individuos para que se los coma.
Todo su esfuerzo de siglos viene a parar en chuletas, solomillos y puchero.
La especie no vence, no ha vencido en los milenarios los obstáculos que se han opuesto a su vida, sino para que nos la engullamos.

**

Y quién te dice, exclama Alguien dentro de mí, cierto Alguien que gusta mucho de discutir conmigo, ¿quién te dice que a la humanidad no se la comen también como a los bueyes, a las vacas y a las terneras?... Vamos a ver: ¡quién te asegura a ti que no se la comen!
—¡¡¡ . . . . . !!!
—Sólo que tampoco ella lo sabe.
—¡¡¡ . . . . . !!!
—¡Sí! Ya adivino lo que vas a preguntarme: ¿quiénes se la comen: no es eso?
—¡¡¡ . . . . . !!!
—Pues se la comen unos seres diáfanos, y, por lo tanto, invisibles para nosotros los hombres; unos seres translúcidos que viven en el aire, que han nacido en el aire, cuyo mundo es la vasta capa atmosférica que recubre el globo. Unos seres más viejos que vosotros, más perfectos, más sabios, más duraderos; que realizarán un día, que empiezan a realizar ya, el tipo definitivo de la humanidad. ¿Has leído el Horla de Maupassant? Pues algo por el estilo.
—Bueno, ¿pero y la muerte?
—La muerte es una apariencia, tal como vosotros la concebís. No hay enfermedades; cuando creéis que enfermáis, es que Ellos empiezan a comeros, o bien que os preparan, que os adoban, que os maceran para el diario festín. Hecho esto, os matan, a menos que no estéis aún a punto, en cuyo caso os dejarán para más tarde: ¡entonces sanaréis!

**

Una vez muertos, Ellos van convirtiendo vuestro cuerpo en sustancias asimilables para sus organismos casi inmateriales. Lo disgregan sabiamente, hasta que os aspiran, como si dijéramos, en forma de emanaciones. Vosotros, estúpidos, pensáis que os pudrís en vuestro ataúd, hasta quedaros en huesos, hasta desvaneceros en polvo... ¡Mentira!
¡Es que Ellos os van comiendo poco a poco!
No son los gusanos lo que os devoran. La carne que no es profanada por las moscas que en ella depositan sus gérmenes no cría gusanos. Y, sin embargo, ¡se descompone, se pudre, se acaba!
¿A dónde ha ido?
“Ha restituido todos y cada uno de sus elementos al gran laboratorio de la naturaleza”, dicen los sabios pedantes.
¡Mentira!, ha ido a nutrir los organismos esos, misteriosos, del aire, en la forma idónea para que ellos se la asimilen.
—¡¡¡ . . . . . !!!
—¡La vejez no existe! Es otra engañifa, otra apariencia. Son Ellos quienes os van poniendo así.
Se trata de una simple preparación culinaria... de un civet; a algunos de los seres les gustáis frescos; otros, más gourmets, os prefieren añejos... ¡como el queso!
—¡¡¡ . . . . . !!!
—¡Claro! ¡No me lo crees! ¡Cómo habías de creérmelo! Necesitarías un esfuerzo mental superior a tus aptitudes. Tu pobre y ridículo sentido común se subleva...
¡Tampoco la ternera cree que nos la comemos! Si pudiéramos decírselo, movería burlona la cabeza. El golpe de maza, en su obscuro cerebro, de asumir alguna forma, sería la de una enfermedad fulminante, de una especie de ataque apoplético; no de otra suerte que vosotros llamáis muerte repentina, proveniente de la aorta, del aneurisma, de la congestión, a lo que no es, en suma, sino el golpe de maza que os asestan Ellos en este matadero de la vida.
—¡¡¡ . . . . . !!!
—Sí, repito que ya sé que no puedes creerme. Ni falta que me hace. Un día de estos te comerán a ti como a los otros, y en paz...



La relación con El Horla es más que evidente, así como con la premisa del terror cósmico.

Al principio, donde el protagonista discurre sobre la muerte, me fue inevitable pensar en Thomas Ligotti... específicamente en el siguiente fragmento de La conspiración contra la especie humana (Valdemar, 2015): 


Para el resto de los organismos terrestres, la existencia es relativamente simple. Sus vidas giran en torno a tres cosas: sobrevivir, reproducirse, morir... y nada más. Pero nosotros sabemos demasiado para contentarnos con sobrevivir, reproducirnos, morir... y nada más. Sabemos que estamos vivos y sabemos que un día moriremos. También sabemos que sufriremos durante nuestra vida antes de sufrir -lenta o rápidamente- cuando nos acerquemos a la muerte. Este es el conocimiento  que “disfrutamos” como el organismo más inteligente que ha brotado del útero de la naturaleza. Y siendo así, nos sentimos defraudados si no nos queda nada más que sobrevivir, reproducirnos y morir. Queremos que haya algo más que eso, o pensar que lo hay. Esa es la tragedia: la consciencia nos ha obligado a adoptar la postura de procurar no ser conscientes de lo que somos: pedazos de carne que se estropea sobre huesos que se desintegran.

Aunque esta preocupación/obsesión ha estado presente en toda su obra (forjada a partir de elementos filosóficos), me gusta pensar que Ligotti leyó el cuento de Nervo y elaboró el anterior pedazo de carne estropeada.





viernes, 29 de mayo de 2015

EL APARATO DEL DOCTOR TOLIMÁN

En Autobiografía*, Emiliano González apunta:

Le encargué a mi padre, que iba a viajar a España, el libro Penumbra de Emiliano Ramírez Ángel (autor modernista español, cuyo título me llamó la atención por mi propia Penumbria, ciudad imaginaria). 



Mi padre no encontró el libro, pero encontró otro, con el mismo título, Penumbra, una antología de cuentos fantásticos que incluía “Horacio Kalibang o los autómatas” de Holmberg, un cuento que es precursor de mi cuento “Rudisbroeck o los autómatas”, igual que “El aparato del doctor Tolimán” de Alejandro Cuevas (1910).   



Alejandro Cuevas, según la ficha de la Enciclopedia de la Literatura en México, nació en 1870 y murió en 1940, en la ciudad de México. Estudió en el Conservatorio de la ciudad de México. Escribió música y puso en escena algunas de sus obras en el Teatro Arbeu. Después se dedicó a escribir en calidad de dramaturgo. Abogado.

“El aparato del doctor Tolimán” se publicó en Cuentos macabros (J. R. Garrido y Hermano, 1911)...



...y en la revista Emoción



En "El año de la ciencia ficción mexicana", Miguel Ángel Fernández apunta:

8 a 27 de noviembre
Las revistas pulp en México:

La primer revista mexicana de papel de pulpa de madera en publicar periódicamente historias de ciencia ficción, fue la semanal (quincenal en sus primeros números) Emoción, que inició como una revista de literatura policiaca. Quizá para probar el gusto de los lectores, introdujo, a partir del número 2, una o dos historias traducidas de originales de Amazing Stories, Wonder Stories Scientific Detective Monthly. Los autores más importantes que aparecieron aquí, fueron John W. Campbell (como Don A. Stuart) y Stanley G. Weinbaum. En los números 19 y 20 (abril, 1935) le dieron la oportunidad por primera vez a un autor mexicano ya reconocido, Alejandro Cuevas con “El aparato del Dr. Tolimán” (original de sus Cuentos macabros, 1911). Más adelante, en agosto-septiembre del mismo año, se publicó quizás al único mexicano que escribiera específicamente para la revista, G. Loreto con “Los últimos días de la Tierra”, una inquietante historia sobre la pérdida gradual del campo gravitacional terrestre y los intentos desesperados de los sobrevivientes por escapar a la catástrofe.

En The Emergence of Latin American Science Fiction (Wesleyan University Press, 2011), Rachel Haywood Ferreira apunta en el capítulo “El doble: de la ciencia a la tecnología”:



La figura de la artificialidad generada por el doble humano ha permeado al género desde la época de la proto-ciencia ficción hasta nuestros días. Los métodos empleados para la creación (o recreación) y la forma de los dobles reflejan la tecnología de su tiempo. También sirven para evaluar la reacción de la sociedad ante tal tecnología y como vehículo para seguir explorando aquella vieja pregunta de lo que nos hace humanos.  La actual fascinación por los clones, por ejemplo, años atrás fue encarnada por los cíborgs, androides y robots. Como el término “robot” no fue acuñado hasta 1920 (por Karel Capek en R.U.R.: Rossum´s Universal Robots), es necesario mirar más atrás -hacia figuras como los autómatas, gólems y homúnculos, y hacia obras como El hombre de la arena (Hoffmann, 1816) y Frankenstein (Shelley, 1818)- para señalar las influencias literarias de los textos que discutiremos en este capítulo: “Horacio Kalibang o los autómatas” (Holmberg, 1879), “El aparato del Doctor Tolimán (Cuevas, 1911) y los cuentos de Quiroga “El hombre artificial” (1910),  “El retrato” (1910) y “El vampiro” (1927)...

Y ya refiriéndose específicamente al cuento de Cuevas, continúa:

LA SANGRE HABLARÁ
“El aparato del doctor Tolimán” de Alejandro Cuevas

Alejandro Cuevas (1870-1940) fue un abogado, que llegó a litigar incluso en la Suprema Corte de Justicia, y un reconocido compositor. Publicó Cuentos macabros en 1911. Algunas de esas historias ya habían aparecido en el Suplemento ilustrado de El Diario en 1908. Se desconoce si “El aparato del doctor Tolimán” se publicó ahí, pero es seguro que se escribió antes del 27 de agosto de 1909, fecha en la que Juan de Dios Peza firmó el prólogo de Cuentos macabros. En éste, Peza destacó la gran influencia de la literatura francesa en la obra de Cuevas (Dumas y Zola), así como los vasos comunicantes con los cuentos góticos de Hoffmann. Además, comparó su estilo, que combinaba lo fantástico con lo real, con la obra de otros escritores mexicanos (Altamirano y Castera).

Algunos lo llamaron el “Maestro del terror mexicano”.

De su libro, el cuento con más elementos de ciencia ficción es, precisamente, “El aparato del doctor Tolimán”. Éste no es el típico cuento donde se construye a otro ser, pues la duplicidad es más mental que física. La historia expone la fina línea entre la vida y la muerte, y analiza la paternidad y la herencia. Por otro lado, el “aparato” que utiliza Tolimán para revivir a los muertos no está basado únicamente en elementos científicos, sino que incorpora tecnología cotidiana...

Comparando al Doctor Tolimán con otros científicos/inventores, como Frankenstein y los que veremos en este capítulo, se evidencia que Tolimán lidia con su propia destrucción, aunque más por el deseo de venganza que por un orgullo desmedido.

Un punto clave en la historia es que únicamente Tolimán (así como el narrador y el lector) sabe de su doble existencia. Aunque no tiene presencia física, rige su vida y controla su futuro, tal como la criatura dominó a Frankenstein. En contraste con ésta, la regeneración eléctrica empleada por Tolimán no puede ser vista como progenitora de nuevas especies. Como Frankenstein, Tolimán sufre por un amor perdido y por la incapacidad de procrear, pero -a diferencia de los científicos/inventores de Shelley, Holmberg y Quiroga- también es incapaz de generar vida a través de la ciencia. Tolimán no puede, literal y metafóricamente, concebir otro ser para que continúe su obra, pues no puede escapar de la relación destructiva que sostiene con su propio padre.

Además, la trama les recordará a “Herbert West: reanimador” de Lovecraft (1922).

AQUÍ pueden leer “El aparato del doctor Tolimán”.


*Texto en busca de editorial.