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martes, 23 de febrero de 2016

ÁCIDO

En el curso que estoy tomando sobre cuento corto escocés, salió a tema una minificción de James Kelman, uno de sus más importantes escritores. Busqué el texto y me gustó tanto que lo traduje:


ÁCIDO
James Kelman



El ácido era esencial en esta fábrica al norte de Inglaterra. Lo mantenían en grandes contenedores, con planchas para poder caminar sobre ellos. Antes de que estas planchas fueran totalmente seguras, un joven cayó al contenedor. Sus gritos de agonía se escucharon en toda la fábrica. Los trabajadores se quedaron inmóviles y horrorizados, excepto un viejo, el padre del joven, quien subió hasta la plancha cargando un palo. Perdóname, Hughie, dijo mientras hundía al joven bajo la superficie. Evidentemente, el viejo no tuvo otra opción, porque sólo la cabeza y los hombros, lo único que sobresalía del ácido, era lo que quedaba del joven.

James Kelman

AQUÍ para saber más sobre el autor.

lunes, 27 de julio de 2015

DJ CTHULHU


Para festejar el 4to aniversario de El Scary Witches, mítico lugar que se ha convertido en el refugio de Penumbria, me aventaré (literalmente) un set literario musical lovecraftiano, encarnado como DJ Cthulhu.



La parte musical estará cubierta con una selección minuciosa de la siguiente lista de música lovecraftiana que creé, con el valioso aporte de muchos amigos, para el festejo:




En la parte literaria leeré algunas microficciones de Trilogía Cthulhu:

 


Elegí para este festejo lo lovecraftiano porque, además de ser mi tema favorito, servirá para arrancar un mes de agosto que estará repleto de actividades para celebrar los 125 años de Lovecraft (estén al pendiente).

También para celebrar mi cumpleaños (4 de agosto).

Si tienen Facebook, AQUÍ pueden entrar al evento, para que no se les olvide.

Ojalá se puedan dar una vuelta, el programa está muy interesante:




Muchísimas gracias a Clauzzen y Mike por la invitación.

ÍÄ! ÍÄ! 

jueves, 14 de julio de 2011

EFÍMERA

Te invito a que visites mi nuevo sitio en Tumblr: EFÍMERA.



En EFÍMERA intentaré publicar una minificción diaria hasta que se me fría el cerebro.

Así que si te sobra un minuto al día, visita EFÍMERA.


Nota: MORTINATOS seguirá funcionando normalmente.

viernes, 14 de enero de 2011

CONFESIONES DE UN MINIFICCIONADICTO

CONFESIONES DE UN MINIFICCIONADICTO
Agustín Monsreal

A José de la Colina y a Marcial Fernández

Al principio me costaba darme cuenta y admitir que tenía problemas con mi manera de minifccionar, quizá porque vivía yo primitivamente minificcionadísimo, amargo y taciturno, turbio y torvo, pálido de tez, con el alma descubierta en canal, remedo de estampa de vampiro, en un inconmensurable grosero irresponsable e inconveniente estado minificcionizante, a cualquier hora y en cualquier lugar minificcionaba tal si quisiera empujarme de un solo trago toda la minificción del planeta, era yo el ángel inmaculado de todas las fiestas, y el lastimoso payaso, miraba mi obsesión desde los más diversos ángulos y en cualesquiera de ellos me hallaba minificcionísticamente fuera de foco, el ánimo abatido, la testa doblegada, como quien se enfrenta al rostro de un espejo mugriento con un cuchillo de afeitar mellado, un aspecto de callejón sin salida, desconsolador;

y para incrementar mi dosis de abuso, me pasaba los siete babilónicos días de la semana profanando dignidades, o sea, impartiendo lecciones de minificcionalidad para minificcionistas imberbes y minificcionólogos avezados, y más aún: inestable atropellado traidor y fugitivo, incapaz de discurrir acerca de mi circularidad enferma y de mis muchedumbrosos defectos de personalidad, desayunaba almorzaba comía merendaba cenaba y aun eructaba soñaba copulaba minificciones, y las correteaba liebremente, haciendo gallarda gala de descaro desacato y franco desvarío, ningún razonamiento servía para frenar mi tormentosa, leviatánica sed de minificcionizar, estaba convertido de pies a cabeza en un verdadero minificciópata;

y armadurado de minificcionismo molestaba sermoneaba sobornaba alardeaba seducía acusaba rebatía perseguía conversacionaba infelizaba atrapaba desplegaba juegos de poder, juegos de culpa y venganza, hacía berrinches minificcionantemente, ventilaba rabietas, palidecía padecía complacía controlaba manipulaba maniobraba bajezas y obras sucias, extraviaba a sabiendas mi cordura, me vejaba con vejatorios reclamos, las regateaba en cada minificcionaduría, no fuera a sobrantear alguna, no fuese a faltar depredadoramente la única insustituible, dictaba y supervisaba alucinatoriamente la sintaximetría y los titulamientos, parte del arte legendario, abecedario y arbitrario de minificcionizar, pedía milagros, instigaba espiaba predecía pasados y rememoraba porvenires con tal de salvarme del minificcionarismo tiranicosaurio y dominante que me tenía de plano convertido en aporreado sobreviviente de las glaciaciones, en helecho antediluviano;

y una noche, asqueado ya de cuzquerías imaginerías e invenciones sintéticas insólitas acróbatas esperpénticas, de grafías y fonéticas y signaciones gramaticales y locuciones vírgenes o anacrónicas, cómicas o catastróficas, biológicas o simbólicas, me prometí virar de rumbo, no minificcionarme nunca más, y en virtud de que ya no quería ser un minificcionista, intentaba ardidísamente desinfectarme, apocoparme, dejarme reducido a un simple y deshorizontado mini, cosa que me espeluznó, y me horripilantizó, y echó por tierra mi propósito, por lo que intenté cambiar de apellido genérico, es decir, rebautizarme y a partir de ahora ser minipoetizador mininovelero miniaforístico y/o etceterita, pero me sentí más clandestino ilegal e inauténtico que un eunuco falso usurpando funciones fornicatorias de sultán, así que me refugié en los bracitos de la enana de mi sueño, que es mi paridad, mi completación, y es una trapecista harto prodigiosa que montada en una iguana verdiazul amaestrada aparece crisálidamente delante de mí, frívola y voluble, resplandeciente y mágica, salvaje e incansable, y de inmediato entro en ansiedades de catar su vagina florecida de olores desquiciantes entontecedores y experimentar el hondo gozamiento cadencioso de sus caderas, domeñar sus breves piernas ingeniosas;

y me expulsa del escenario de mi ensueño la ruin urgencia minificcionadora y despierto desvencijado semejante a un tragador de cristales, temerario, confundido, a ver: qué edad tenía el mundo cuando Eva y Adán se ayuntaron por primera vez, qué edad tenía Eva cuando parió con ardor a su primer hijo, qué edad tenía Adán cuando soltó el último suspiro, necesitaba una minificción a como diera lugar, mi presencia de ánimo andaba a gatas por los suelos de los cielos, debajo de las mesas, con riesgo real de que le dieran un apachurrón en los dedos de las manos, y yo renacuajamente imposibilitado para pergeñar aunque fuese una mínima minificcioncita, deserguido desgarbado escuálido equívoco desamorado, ella no me quiere porque minificciono, y yo minificciono porque ella no me quiere: esto que veo, cuando me planto frente a la luna del ropero, es lo que queda de mí;

y en la oficina era capaz de dejar un quehacer importante para irme al baño a zamparme una minificción, y en la calle, en cualquier esquina o zaguán, a la vista de cualquiera extraía mi libretita del bolsillo y órale, me apuraba una minificción, y de igual modo si iba en el coche en el metro en un autobús, lo que menos me importaba era que la gente me observase apuntando desviaciones alteraciones corrupciones qué sabían ellos lo que imponía esa obsesión, yo mismo no podía comprender que la minificcionalizadura es un inescrutable designio, una pasión irreductible, un destino insobornable, y que hay quienes minificcionan y siguen tan quitados de la pena, no pasa nada, pero hay quienes no podemos probar una minificción impunemente, una mísera gota de minificción y estamos perdidos, adiós responsabilidades familia honor y fortuna, todo resuena en todo y todo al drenaje profundo por una sencillita, insignificante minificcionalización;

y vienen junto con pegado el desorden emocional, la quiebra moral y la estafa espiritual, troncha uno la estabilidad hogareña con su destreza minificcionera digna de lucir una mejor causa, con su hipopotámica, elefantiásica minificciopiscencia, los belicosos, agraviantes e infernales hechos de expansión y contracción sentimental a que sometemos sin escrúpulos con nuestros desvaríos de poseso, nuestro priapismo minificcionante, nuestro engolosinamiento irrefrenable, al esmeradísimo personal de nuestro círculo afectivo más cercano, provocando irritación vociferaciones insultos, el timbre áspero de la blasfemia y la incertidumbre, y un triste, resentido fenómeno de desfallecimiento en las relaciones laborales académicas domésticas apareativas;

y entonces nos atamos, vanos y engreídos, a la falacia de las negaciones, a la felación de los escamoteos, y nos interesa idéntico que una piel de perro esquinero la ojeriza que te agarran tus parientes tus amigos y tus vecinos a los que no te importa fastidiar cuando te traes un minificcionamiento de aquéllos, de maldita la cosa sirven las suplicancias los griteríos y lamentaciones que enfrenta la anarquía cataclísmica de tu comportamiento, los ultimátums y penultimátums de nuestros seres queridos que claman dónde quedó aquel hombre justo y comprensivo, noble y gentil, bueno y generoso, amenazaban tres noches en lecho duro al granuja, ruegan tienes que dejar de minificcionar, tú puedes hacerlo, haz tu mejor esfuerzo, jerimiquean lo que pasa es que no quieres, no tienes cariño ni voluntad, no te importamos ni tus hijos ni yo, como si se tratase de blandura de carácter, como si fuese cosa nada más de querer y ya, y los amigos igual, ya déjate de andar con tus minificcionerías, carajo, ya no eres un pinche adolescente, y hasta nuestros minificciorreligionarios benefactores de la humanidad nos invitan, con piedad equivocada, al estado seco de minificciones, que me ponga en manos del Bien Más Alto, modelo guía fuente de amor y de apoyo;

y yo, hirsuto convulso deslavado, con ojillos estrábicos y respuesta tardía, me vuelvo por entero una vez más hacia la hermosura minúscula y soberbia de la mujer dueña de mi sueño, diosa entre las mujeres, hechicera portentosa, rival en belleza de Helena la de Troya y en astucia de Cleopatra la impredecible, y admiro su elegante vanidad liliputiense, la queriente voluptuosidad de su exacto glamour histriónico, y ella, atlética elástica certera obra maestra, con ademanes suculentos, mirada experta y sonrisa magistral, me articula entre sus muslos con sensual bravura, ufana gozosa multiplicadora de deleites, feliz inclinación a reír encubrir descorchar a escondidas ávidas fortuitas minificciones amorfas o polimorfas, polifacéticas y polifuncionales, pornográficas y pontificas, empapadas y esparcidas, minificcionalidades genuinas o adulteradas, lo mismo da, el grave peligro y el oculto deseo se han convertido en lo mismo, la cabeza se ha separado del tronco, la razón se pierde en minificcionadurías vulgares y nauseabundas, hemos trasgredido ya todos los límites de las debilidades y perversidumbres minificcionativas;

y metido ya en una licuadora de tirrias enfrentamientos chismes y rencores, en una de tantas te corren del trabajo poco menos que a patadas pero tampoco eso nos impacta, el fatal impulso minificcionarrante se ha insertado en la sangre y nos ha plagiado el sano juicio, nos acomete chapucera, suicidantemente, ya no tenemos el menor remedio, ninguna escapatoria, somos como naves cretenses a la deriva en el torrencial marcito de la minificcionología;

y es que las caprichudas exorbitantes corpulentas ampulosas minificciones me hacían añicos y compartía mis insanias con dragones y unicornios que no hallaban el camino de regreso a su casa, y con un colibrí delgadito que trazaba en su vuelo el teorema de Pitágoras, y con la diminuta mujer de mi sueño que, opulenta y lujuriosa, hecha de misericordia y miel, me dice que es preferible hacer con miedo que dejar de hacer por miedo, y con arrogancia y desprecio me enfrento al miedo de tenerle miedo al miedo, pero tiemblo de miedo al advertir el miedo cavernícola que tengo de no saber hacer con miedo: un auténtico torturadero;

y avergonzado aburrido afligido, en sus escasos periodos de lucidez, astuta y delirante, lacónica y lunáticamente piensa uno en ya no volver a minificcionizarse jamás, y se arrepiente, llora a cántaros y cantimploras, jura por lo más sagrado de lo sagrado, y poniendo expresión beatífica, esto es de mosquita muerta, pide perdón, se arrastra mansitamente sollozante, se humillosea para que lo perdonen;

y asentado en la vieja utopía del minificcionista, comedido y racional, puede ser que se pase uno algunos días sin minificcionar, sintiéndose peor que si lo hubiese picado la incisiva abeja prieta, muerto de ansiedad angustia y desesperación extrema a causa del apetito insaciable de minificcionamiento, por mano propia se deslastró de cuanto cuaderno y cuanta pluma había en casa, se arrejunta prestidigitadoramente a talismanes y amuletos, a trucos de farmacia de feria para procurarse la repugnancia el asqueamiento las arcadas el vómito desértico en el instante que mamíferamente pruebe una probadita de minificcionerismo;

y para retrucar la persuasión y el convencimiento, la mente es bien infame y traicionadora y pese a todas mis resistencias barricadas y defensas soy subjugué par la magie del minificcionogismo y descoyuntadamente marionetista por enésima vez desfalca uno la confianza de madres esposas concubinas hijas entrenadas ahijadas, y de nueva cuenta ahí anda uno con los sesos rebosados rebasados embalsamados por el hacinamiento minificcional, porque no se trata de fuerza de voluntad ni de buenas intenciones ni de misterios ni secretos ni esoterismos, sólo se trata de que para uno las extravagancias y despropósitos de la minificcionáutica resultan veneno mortal, por eso cuando alguna rinoceronta romántica y febril nos reclama si mi quisieras no minificcionarías, no sabe lo que dice, no comprende lo que pasa, y es que al cabo de una semana de abstinencia ya anda uno loquito por minificcionar, por encumbrarse en la pequeñísima giganta de mi sueño, mi Tierrita Prometida, mi Cabito de Buena Esperanza, mi Finisterre, y entonces ilusionistamente, en un acto de alto escapismo proverbial respondo al imperativo categórico de sus maneras danzarinas, acróbatas, a la suculenta suntuosidad subversiva y lasciva de sus piernas de mujer madura, a la condescendencia de su primorosa grupa de tinaja, porque hay que anotar que como uno está al margen, en la acera de enfrente, en el extremo opuesto del orbe, del five o´clock tea, de la saludable vida como debe de ser, y actúa la mayoría de las veces con importapoquismo ruin y desplantes viscerales a lo Nerón o a lo Calígula, se la ha pasado minificcionerando mentalísticamente todo el tiempo, súbditamente buscando por los cajones un trocito de papel y un cachito de lápiz para jubilear aunque sea una minificcioncita, tan grande y poderosa es la sinrazón que nos consume, y a la luz de esta realidad tan tenebrosa, cual parvulito azorado se plantea uno la pregunta ¿de qué me escapo con la minificcionografía, cuál es el phantasma minificcionizante que me persigue?, mi demencial modo de minificcionarme no tiene saciadero, esa forma tan alcahuetada por estratagemas mil, tallermente burdas o refinadas, con y sin retoque, poda o redondez, pero estratagemas a final de cuentas y al cabús del cuento de nunca acabar de minificcionalizar, y nos repetimos por centésima o vilésima vez que ahora sí vamos a dejar de minificcionar para siempre, no, para siempre no, mejor sólo por hoy no voy a paladear palpar u olfatear siquiera la más nimia, la más cucarachera o dinosáurica minificción, o me prometo no minificcionar más de tres veces al día, una después de cada comida, o nada más para acompañar el café expreso, o enseguida de hacer el amor, hay cosas que no saben igual si no las minificcionas, o me boicoteo ya no minificcionaré sino los fines de semana, cambiaré la minificción mastodónica monumental catedralicia diluviana y dilapidadora, por la minificción descuerpada escualidosa rascuachera melindrosilla, minificcionaré hebrita, hilitamente, un sorbito de minificción de vez en cuando no le repercute en daño a nadie, pero sucede que a mí sí, a mí sí me ensimisma catatónicamente, y no se vanagloria uno de ello, por eso es que pese a encontrarme flaco y quebradizo, débil anémico vulnerable, estampa de perchero en desuso, o precisamente a causa de tan desastroso estado y de que la fiera en celo múltiple de la minificción siempre está al acecho, me propuse escriturar un Manual del minificcionografista dirigido a ayudar a los hombres y las mujeres de este mundo para que aprendan a erradicar los demonios minificcioneros, obtengan opciones para decidir entre la desolación y la esperanza, vuelvan a relacionarse sana y amorosamente con las demás criaturas del planeta, encuentren una nueva forma de vivir y juntos evitemos que el próximo minificcionista caído en desgracia seas tú.


Agustín Monsreal: Confesiones de un minificcionadicto; Revista de la Universidad de México, Núm. 83, Enero 2011; Pags. 51-54

miércoles, 27 de octubre de 2010

LOS HIJOS DEL SMOG

El trabajo de otro Escritor Mexicano Secreto:

LOS HIJOS DE TLÁLOC
¡Quién sabe por qué será! Lo cierto es que siempre está lloviendo dentro de la casa. En la mañana, de tarde, por la noche. Desde que nací, desde antes que naciera, desde una eternidad.
A veces cae la lluvia tan finamente que parece que pronto cesará. Pura ilusión. El infalible viento trae nubes preñadas e invisibles que revientan desde los techos, cayendo sobre los muebles que mamá ha cubierto con forros impermeables.
Por eso nadie nos visita. Por eso vivimos tan solos. Algunos reconocemos que desearíamos cambiarnos a otra parte. Papá nos mira con tristeza y nos explica que sería ingratitud abandonar el lluvioso pero seguro hogar. En él hemos nacido todos. Aquí, entre lluviosos muros, vivieron y murieron nuestros antepasados.
Hasta para comer y dormir necesitamos andar con gabardinas y paraguas.
Aburridos de agua tan insistente, junto con los muchachos, nos salimos corriendo hacia la calle. A que nos dé la luz del sol o de la luna.
Lo malo es al llegar la época de lluvias. Ni para dónde ir. Entonces todo es agua que cae, humedad y tristeza. La vida suelta su llanto dentro de la casa y por las calles infinitas donde se pierde la esperanza.

EL OLVIDO
Se había sentido mucho calor aquel verano y su habitación se vio invadida por grandes y zumbantes moscas. Fue, pues, a la farmacia y adquirió un insecticida que le recomendaron como muy eficaz. Cuando minuciosamente lo esparció por todo el cuarto, las moscas aceleraron el roncar de sus motores y empezaron a caer, golpeándose moribundas contra suelos, paredes y muebles. Él, notoriamente complacido, salió a dar un paseo al jardín público. Minutos después de las cinco de la tarde regresó. Sólo para morir en medio de crueles estertores. Los efectos del poderoso insecticida aún perduraban. Y él, en forma imperdonable, había olvidado que era jueves, día en que de cinco a seis de la tarde le tocaba transformarse en cucaracha.

EL HUÉSPED
Fue cuando mi falta de trabajo y la urgencia de ayudarnos con algún dinero, nos hicieron alquilar la recámara chica, la del fondo de la casa.
-Procuremos encontrar un inquilino apacible –dictaminó mi mujer.
Por eso nos pareció bien la presencia de aquel joven enlutado y correcto, que llevaba un cajón conteniendo el cadáver de su tío.
-Sólo será por seis meses, mientras le construimos un sepulcro decoroso. Además, pagaré por adelantado –explicó el muchacho.
Aceptamos de inmediato. Y aquella fue la primera noche que no dormimos, a causa del velorio que tuvo lugar en la habitación recién alquilada. Los días siguientes desfilaron deudos y amigos con interminables ofrendas florales, que mi candorosa mujer agradecía como si fueran para ella.
Por una semana hubo tranquilidad. Después, el cadáver comenzó a crujir y tronar en forma escandalosa. También olía desagradablemente y daba mal aspecto, por lo que debíamos bañarlo y cortarle las uñas y barbas que le crecían en exceso.
Lo peor fue cuando dio por presentarse diariamente la turbulenta mujer que decía amar al difunto, y permanecía llorando a gritos junto a él, acabando por emborracharse.
Vimos el cielo abierto cuando, puntualmente a los seis meses, se presentó el joven de negro, a llevarse el cadáver de su tío.
Por lo demás, no hemos logrado terminar la plaga de manchas amarillentas y nauseabundas que aparecen por todas partes.

EL CAUTIVO
A Pedro Ferriz
En aquel planeta situado en un confín de la galaxia, hubo preocupación, por haberse detectado rudimentarias explosiones atómicas, originadas más allá de Marte.
Se decidió, por tanto, enviar una nave con la misión de capturar un ser tipificado de aquella probable y peligrosa civilización.
Después de larga travesía la nave arribó, sigilosamente, a una gran ciudad. Y tras cuidadosa observación fue capturado, al amparo de la noche, uno de aquellos seres tan parecidos a los mismos expedicionarios y que pululaban por la urbe.
El regreso tuvo lugar.
Hasta la fecha, los sabios de aquel planeta ubicado en un lindero de la galaxia, no han podido determinar el coeficiente mental, ni la verdadera naturaleza e intenciones del Volkswagen rojo que fue secuestrado de un estacionamiento de la tierra, cierta vez, como a las dos de la mañana.

Jorge Mejía Prieto: LOS HIJOS DEL SMOG; Novaro; México, 1974.

martes, 11 de mayo de 2010

EL LIBRO DE LA IMAGINACIÓN 02

Otros tres textos incluidos en el LIBRO DE LA IMAGINACIÓN de Edmundo Valades:

EL RETRATO

Con el fin de tomar una posición natural me siento en la forma que acostumbro, alargo la pierna derecha, dejo la izquierda doblada, extiendo una mano y cierro la otra sobre mis muslos, me mantengo derecho y de medio perfil, fijo la vista en un punto y sonrío.
-¿Por qué sonríe usted? –dice el fotógrafo.
-¿Es que sonrío demasiado pronto?
-¿Quién le ha pedido a usted que sonría?
-Le ahorra a usted el decírmelo. Sé las costumbres. No es la primera vez que me retrato. No soy un niño a quien se dice: “Mira el pajarito.” Sonrío solo, anticipadamente, y puedo sonreír así durante mucho tiempo. No me fatiga.
-Señor mío –dice el fotógrafo-, lo que usted desea ¿es un verdadero retrato o una imagen impersonal y vaga de la cual los aduladores no podrán más que decir cortésmente: “Sí, hay algo”?
-Quiero una fotografía –dije- en la que haya de todo, que sea parecida, viva, expresiva, que esté casi hablando, gritando, saliéndose del marco, etcétera, etc.
-Quienquiera que sea usted –me dijo entonces el fotógrafo-, cese de sonreír. El más feliz de los hombres prefiere hacer una mueca. Hace muecas cuando sufre, cuando se aburre y cuando trabaja. Hace muecas de amor, de odio y de alegría. Sin duda usted sonríe a veces a los extraños y otras al espejo cuando está usted seguro que nadie le ve. Pero sus parientes y sus amigos no conocen de usted más que un rostro malhumorado y si tiene usted interés en ofrecerles un retrato que yo pueda garantizar, créame usted, haga usted una mueca.
Jules Renard: La linterna sorda.


LAS LÍNEAS DE LA MANO

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúe por el piso del parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.
Julio Cortázar.


EL BUITRE

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso –le dije-, vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar –dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? –pregunté-, ¿quiere encargarse usted del asunto?
-Encantado –dijo el señor-; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿puede usted esperar media hora más?
-No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí-: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno –dijo el señor-, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco lejos, retrocedió para logar el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.
Franz Kafka: La metamorfosis.

martes, 30 de marzo de 2010

EL LIBRO DE LA IMAGINACIÓN 01

ADVERTENCIA

Esta antología propone al lector un viaje a portentos y prodigios imaginativos. Se han espigado más de cuatrocientos textos breves, en los que sus autores, de todos los tiempos, concretaron, con precisión y brevedad admirables, agudezas, ficciones, epigramas que hacen un todo fascinante y en los que se derrama, pródigamente, un arte conciso extraordinario, se redondean gracias, se levantan inverosimilitudes formidables, se animan colisiones entre realidad y fantasía, y por los cuales transcurren mujeres, amor, enigmas, sueños, espejos, milagros, fantasmas, utopías, magias, el cielo, el infierno, y lo que el ingenio de quienes los escribieron trata de explicar o fundar sobre lo que está más allá de lo visible o comprobable. Es, al fin, un libro que se explica a sí mismo. No necesita más advertencias o informaciones.

Edmundo Valadés fue el encargado de esta ardua y mágica labor.

CORDELIA
Sintió pasos en la noche y se incorporó con sobresalto.
-¿Eres tú, Cordelia?- dijo.
Y luego:
-¿Eres tú? Responde.
-Si, soy yo- le replicó ella desde el fondo del pasillo.
Entonces se durmió. Pero a la mañana siguiente habló con su mujer que se llamaba Clara -y con su sirvienta que se llamaba Eustolia.
Francisco Tario: Tapioca Inn.

SEÑALES
Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído.
Julio Cortázar: Historias de cronopios y de famas.

DEL "I´OSSERVATORE"
A principios de nuestra Era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio Romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al Papa reinante, ya que hace más de quince siglos las puertas del Reino de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.
Juan José Arreola: Prosodia.


Este grandioso libro se consigue fácilmente y a un precio bastante accesible, aquí.

jueves, 6 de agosto de 2009

LA MANO DE LA HORMIGA 03

EL REGRESIVO

Dios concedió a aquel ser una infinita gracia: permitió que el tiempo retrocediera en su cuerpo, en sus pensamientos y en sus acciones. A los setenta años, la edad en que debía morir, nació. Después de tener un carácter insoportable, pasó a una edad de sosiego que antecedía a aquella. El Creador lo decidiría así, me imagino, para demostrar que la vida no sólo puede realizarse en forma progresiva, sino alterándola, naciendo en la muerte y pereciendo en lo que nosotros llamamos origen sin dejar de ser en suma la misma existencia. A los cuarenta años el gozo de aquel ser no tuvo límites y se sintió en poder de todas sus facultades físicas y mentales. Las canas volviéronsele oscuras y sus pasos se hicieron más seguros. Después de esta edad, la sonrisa de aquel afortunado fue aclarándose a pesar de que se acercaba más a su inevitable desaparición, proceso que él parecía ignorar. Llegó a tener treinta años y se sintió apasionado, seguro de sí mismo y lleno de astucia. Luego veinte y se convirtió en un muchacho feroz e irresponsable. Transcurrieron otros cinco años, y las lecturas y los juegos ocuparon sus horas, mientras las golosinas lo tentaban desde los escaparates. Durante ese lapso lo llegaba a ruborizar más la inocente sonrisa de una colegiala, que la caída aparatosa en un parque público, un día domingo. De los diez a los cinco, la vida se le hizo cada vez más rápida y ya era un niño a quien vencía el sueño.
Aunque ese ser hubiera pensado escribir esta historia, no hubiera podido: letras y símbolos se le fueron borrando de la mente. Si hubiera querido contarla, para que el mundo se enterara de tan extraña disposición de Nuestro Señor, las palabras hubieran acudido entonces a sus labios en la forma de un balbuceo.
Osear Acosta, El Arca (cuentos breves).

martes, 28 de julio de 2009

LA MANO DE LA HORMIGA 02

Otra minificción:

EL VENGADOR

El cacique Huantepeque asesinó a su hermano en la selva, lo quemó y guardó sus cenizas calientes en una vasija. Los dioses mayas le presagiaron que su hermano saldría de la tumba a vengarse, y el fratricida, temeroso, abrió dos años después el recipiente para asegurarse que los restos estaban allí. Un fuerte viento levantó las cenizas, cegándolo para siempre.
OSEAR ACOSTA, El Arca (cuentos breves).

jueves, 23 de julio de 2009

LA MANO DE LA HORMIGA 01

Antología de minificciones recopilada por Antonio Fernández Ferrer.

EL ENVIADO

Corrió hacia la boca del pozo como un desesperado. De las profundas aguas de su interior, a más de un centenar de pies de la superficie, los quejidos se hacían más prolongados y estremecedores. Moisés se inclinó sobre el brocal de piedras y asomó la sudorosa cabeza por el oscuro círculo. Abajo, alguien se ahogaba. Con sólo echar una soga el infeliz podría salvarse. Moisés tenía en sus manos la vida de aquel hombre. Afirmándose con cuidado en las piedras, Moisés gritó con decisión: "¡Hermaño, no te angusties más, que tu agonía ha terminado!". Al escuchar este mensaje redentor el desdichado inmerso columbró un luminoso rayo de esperanza. Y con la voz ronca y entrecortada sollozó con inmensa gratitud: "¡Gracias, Dios mío, por oír mis plegarias!". Entonces Moisés, instrumento del Altísimo, cumplió la promesa que había hecho y tomando entre sus recios brazos una pesada rueda de hierro que había cerca, la dejó caer dentro del pozo. Como no volviera a escuchar ningún otro lamento, Moisés se retiró discretamente para continuar sus labores.

Jesús Abascal, en
Cuentos cubanos de lo fantástico y extraordinario.