Mostrando entradas con la etiqueta Dueñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dueñas. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de octubre de 2011

CARTA A UNA APRENDIZ DE CUENTOS

CARTA A UNA APRENDIZ DE CUENTOS
Guadalupe Dueñas


Querida amiga:

Me pregunta usted qué es un cuento y tengo la mejor voluntad de contestarle; es más, creo que ha dado con el cuerno de la abundancia, con la fuente, con el Wall Street, de esa riqueza. Mucho se habla del cuento y todos identificamos el género. Mire usted, en el diccionario leemos “Relato de un suceso”. ¡Nada más hilarante!, y añade “Fábula o conseja” ¡qué despropósito! Bueno, ¡parece que la Real Academia no sabe qué es un cuento! Y, amiga, si no lo sabe la Academia… Pero veamos: un cuento… por ejemplo:

Había una vez en una ciudad (si usted prefiere algún epíteto jamás lo use, de seguro es inadecuado) de las llamadas cosmopolitas, casi en los suburbios (atienda usted al nivel social que connota la ubicación). Tache usted ahora había una vez y empiece en: En una ciudad…, vivía una viejecilla nerviosa, mínima, empolvada, seca y repugnante, que por defenderse del tiempo ofendía a Dios y al diablo.

La situación está planteada y el personaje ha empezado a rasgar su crisálida. Algo de debe ocurrir a esa vieja; nosotros, de lo que debe ocurrirle decidiremos qué ha de pasarle. Una vez que hemos escogido la anécdota, termina nuestra intimidad con la actora. Es bueno que ahora corra su propia suerte. Nuestra potestad termina en los obstáculos puestos para estimular, detener o impedir su acción. El camino que escoja no nos pertenece. Aclaremos:

Una vieja no pensará tan rápidamente como una muchacha; será, también, más obstinada y más rebelde.; tendrá manías e inconsecuencias abrumantes; pero sus motivaciones serán también más evidentes. Hemos escogido un personaje anclado en una edad y en una condición social francamente molesta. Además, todo lo que llevo dicho, sobra. No se sorprenda. Mi lección, más bien, la segunda parte de mi lección, tiene este enunciado: no existen situaciones generales; y nada que sea común entre las personas, conviene a los personajes.

Para que a la vieja le pase algo es necesario que desee algo. Que vaya a alguna parte, que trate a otras personas. Una vieja va por su leche, por su pan, saluda a los vecinos y, ya encerrada en su casa, teje, reza, aliña o maldice. Desde luego que no es indispensable que nuestra vieja haga esto. Bien podría, por ejemplo, y a cambio, estar dedicada a la música, a la mecánica o a la astronomía. Para el caso todo es inútil. Nuestra vieja no está dedicada a la astronomía, ni a la mecánica, ni a la música, y sí va por su pan y por su leche y saluda a los vecinos. Nada más que cuando está sola en sus cuatro paredes, murmura canciones y se mira y remira en el espejo fantaseando sobre composturas y afeites.

Comprenderá ahora al personaje. Lo llamaremos… Es muy importante el nombre… Al lector debe decirle algo, o nada. Atienda usted: si la llamamos Friné, denunciamos una aspiración a la extravagancia, por menos si la vieja es de Tabasco; por más si es de paciente tribu burocrática. ¿Lucrecia? No, despierta ideas de lascivia y nuestra vieja no abriga ni rescoldos. Si la nombramos Gumersinda, Domitila o Pancha, incurriremos en lesivo folklorismo más extravagante todavía, con lo cual no situaremos a la actora, sino a nosotros los autores como dados a la chacota y a la tontería.

Es de gran malicia comprometer a personas vivas dejando sólo una inicial sustitutiva. Lo mismo pasa con los nombres de lugar, pues cuando están escondidos en cábalas, denotan malignidad y falta de temperamento. Bien, la vieja Friné (¡fuera complicaciones!) vive sola. Ella hace sus servicios. Nadie la ampara. (Aquí se atraviesa un inconveniente, que el tumefacto crítico nos reprochará inclemente: ¿De qué vive Friné?) Para pisar a la española le contestaremos que no nos interesa y, para salir del paso, advertiremos que un sobrino de la señora le envía una pensión desde ciudad extranjera ¿le parece Jalisco? Pues allí… Le recomiendo, primeriza, que tenga mucho tacto con estos incidentales, porque deben caer, según dicen, como guante. Reanudemos:

Friné vive sola (aquí debe usted empezar). Interviene ahora un segundo personaje que suele ser persona, animal, fantasma o emoción. En nuestro cuento entra como un leve rasguño en la ventana, como una humedad en el vidrio. Friné vuelve la cabeza y, en la noche, una decoración medieval apronta las apariciones (¡demasiado solemne!). Suavicemos: Friné vive sola (mejor). Friné recargada en la mecedora, sueña… (también) Friné sueña y un temblor de vidrios la despierta… Allí está el maligno en vela, sus fanales inmóviles y potentes, sus orejas tensas: sabe que ha hecho ruido y espera… Friné suda y siente las ataduras del miedo movilizándole las piernas; se sobrepone y lanza un zapato, quedo, para no romper los cristales. El otro, ya no está ahí, lo oye maldecir aunque ya no está ahí. Esto la tranquiliza y trata con la postura de meterse en el sueño. Al cabo duerme y, el otro, con su cara triste, con sus ojos verdes como velitas de pastel de pobres, la contempla, y su respiración nos deja creer que llora.

Comenzó esta desgracia porque, comedida, una tarde le tiró una galleta. El gato arqueó el lomo y vino a saludarla. Ella lo dejó hacer y no recuerda si correspondió con una caricia. El gato supuso que había encontrado pensión y ama y trató de instalarse. Es decir, empujaba suavemente su cuerpo contra Friné, sin que ésta maliciara otras intenciones que las de caricias. Cuando las atenciones fueron estimadas suficientes, Friné quiso cerrar la ventana; pero el gato se aferraba a la parte de adentro con mañas y ejercicio de virtuoso. Si conseguía cerrar un batiente, la garra quedaba prisionera en el otro; si no, brincaba a la cortina o se le subía al cuello, o se atravesaba en la ventana para que, únicamente a costa de su vida, pudiera cerrarla. Arañó la mano que lo expulsaba y luego lamió la herida con ostentosa alma de perro. Nada conmovió a Friné, que pudo, merced al artilugio de una escoba, echar fuera al bicho. El gato se sentó en la ventana y sintió a la involuntaria Genoveva. Hacía tres días que rasgaba la puerta, que cantaba, que estremecía la vidriera con saltos y empujos, que maullaba con ferocidad dialéctica. El acoso verbal cedía cuando en servicio de patrullas, probaba los agujeros, huecos y rendijas.

Perdóneme, me había olvidado de usted, señorita. Es que la inspiración nos pone frente a paisajes repentinos. La menor distracción puede aniquilar la mejor imagen y, consiguientemente, su enunciación precisa. Una vez que enfrentamos a los actores ocurre el precipitado (el fracaso, por supuesto) que relampagueante va iluminando los lados de un poliedro infinito. Piense usted, intríguese por este gato y esta vieja. ¿Qué motivo tiene el gato para que, como un tirador, sólo apunten sus ojos verticales al entrecejo de Friné? ¿Qué motivos tendrá Friné para no aceptar al gato? Una mujer vieja, no tanto como para ausentarse del espejo, tiene algunas manías, ya lo dijimos, el arreglo excesivo, la preferencia por modas juveniles, etc. Pues de nada de esto haga usted caso: nuestro personaje, aunque repita lo de otros, es singular y su conducta intransferible. ¿Me comprende? No se trata de un esquema de psicología, sino de una persona viva, y usted sabe, una persona viva jamás se porta conforme a las reglas; si prefiere, no haga mérito del canon; si más le place y si puede invente sus propios preceptos. Yo tengo uno muy bueno: un hombre es la criatura que muerde hasta la mano que le da el perro. Basta de divagaciones; quedamos en que hemos trabado relación con un incidente susceptible de variados intereses.

Si usted es comunista, pues muestre la lucha de clases, es decir las uñas de la vieja contra las del gato: claro que tiene que ganar el gato. Si es católica, pues a darle a la misericordia, y después de múltiples trabajos que casi rindan la resistencia del animal, éste debe entrar en la casa. Ahora, que si usted es liberal, pues que la vieja acondicione un rinconcito a cambio de algunas ratas diarias. Amiga, yo sólo soy una convicción romántica y prefiero que el gato se enamore de Friné (observo que el nombre de Friné convendría más al gato); comprenda, un gato hambriento, que va de techo en techo escurriendo vergüenza y rasgando su mejor traje de feroz, en chimeneas, pretiles y desagües, siempre en su cápsula de llanto, siempre con el sabor de vanas ilusiones raspándole la lengua, siempre sobre ascuas y sin que nadie saque con su mano la consabida castaña; es decir, que debe imaginarlo cayendo en el abismo del desempleo y del desamparo. Pero conmuévase, mírelo rascando una puerta y otra y otra y véale la sangre en las patas y el desaliento en el hociquillo rosa. Mírelo en una mancha del sol, lustrar la sucia y pegajosa zalea; y, véalo asustado huir cuando un perro o un gato fuerte lo echan nada más con su presencia. Contémplelo recargado contra la luna sin tener a quién maullarle, y, luego, sígalo a los basureros y busque con él incómodas piltrafas, y cómalas, y sienta la picazón de la roña y lama una y otra vez sus apremiantes heridas.

¿Se acostumbra? ¿Está usted ya en cuatro patas trepando por la escalera de servicio rumbo a la azotea? El ambiente de tendederos y tinacos es ahora la selva o el desierto. ¿A dónde va a saltar usted?; ¿en persecución de quién o de qué?, ¡que palpite, sí, que no deje de latir su acongojado corazón de gato! Sienta un consolador pts, pts, que le hace volver la cara a todas partes y, al fin, en una ventana, una mano como si fuera la del mismísimo arcángel, que tiende un mendrugo y frota el pulgar en el índice. Se acerca usted con recelo, tiende la pata hacia los ojos que lo recorren con piadoso asco y, como desprendidas de una rama caen las migajas en leche hasta la humillación más estridente. Oye usted: “Un panecillo para el gato” y desea usted acercarse y agradecer; pero la mano se retira con sobresalto y cierra la ventana… y nunca más… Usted se aproxima y mira adentro y ve a Friné y al espejo donde está Friné y a los ojos donde está el espejo y Friné mirándose en el espejo.

Señorita escritora, le ruego que abrace el tema como abrazaría a su novio. Fíjese en los accidentes y en las repeticiones; juegan papel importante en la mecánica de la creación literaria. Pero no se entusiasme con los adjetivos, no los utilice sin necesidad. Si tiene la suerte de encontrar el adecuado, éste tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo. Adelante pues.

También están ahí la cama y el sueño y el ronrón y el agradecimiento y el despertar en amoroso regazo. Y después de todo el destino cumplido: ser el guía, el caballero de una vieja soltera, de una vieja a la que sólo miel le corre por los huesos. (Ahora entramos en calor. Se siente la ternura ¿no?) Un vidrio la separa del mundo de la gracia, un vidrio acorazado, un vidrio más duro que la muralla entre dos que viven juntos y, en ese vidrio, en el vaho que lo empaña, hay que dejar morir la ambición, el interés, la duda, el cuerpo. (Sospecho que hay demasiado vidrio; el arte es una cima inaccesible, no cabe duda.) En un cuento bien logrado estos tropiezos son inevitables. Cuando uno es dueño de las palabras, no necesita vigilar si son consonantes o asonantes. Pero ahora llegamos al momento en que hay que tomar a los personajes de la mano, y llevarlos firmemente hasta el final. No se distraiga, no abuse del lector, y sobre todo, no escriba bajo el imperio de la emoción; déjela enfriar y evóquela después. Si es capaz de revivirla, ha llegado a la mitad del camino.

Friné no quiere un gato, su edad es pregatal, aún joven para cocer sus filtros en las chispas de un gato. Por esta vez, nada… En verdad, Friné pensó que las imprudencias del gato venían de las impiedades del motor pro-soviético, y para extirparlas olvidó un pan o un plato con leche afuera de la ventana. Cuando se convenció de que al animal no le interesaban sus limosnas, aunque a veces las aceptase, cayó en la cuenta, de súbito, que un galán emergía. Al principio le pareció soportable; pero cuando los lamentos crecieron hasta no dejarla dormir y cuando por las mañanas recogía los alimentos intactos, comenzó a alarmarse y a extrañar la guardia del gato en la ventana. (No piense en sus amigos al escribir el final, no le importe la impresión que hará su historia. Cuente, como si en su relato sólo importaran los personajes, pues solamente así conseguirá que tengan vida.)

Friné lloró cuando de un cable tuvieron que descolgar al minino, ahorcado por imprudencia o por deliberado deseo de morir.

Amiga, si se han humedecido sus ojos, si hay arritmia en su pulso… créame, hemos capturado la liebre, y es hora ya de empezar el trabajo. Si no, olvídese del cuento y de la literatura. Afuera hay demasiado sol y puede ser que alguien, que ni usted sabe quién es, la esté esperando.

miércoles, 31 de agosto de 2011

YO VENDÍ MI NOMBRE

YO VENDÍ MI NOMBRE
Guadalupe Dueñas

Como algunos venden su alma y otros venden su cuerpo y otros más su sombra y hay quienes venden pájaros, yo vendí mi nombre. Consta de cinco letras. Es un nombre pequeño y un apellido muy largo, que en tiempo no remoto alcanzó fama y pudo cotizarse como alta moneda. Apareció junto a plumas reconocidas y estuvo precedido por títulos de sabios y prohombres. El misterio de su ampulosidad no viene a cuento. Baste saber que conservo en oro sus iniciales y que existen aulas y bibliotecas señaladas con mi nombre. Grabado estuve en universidades y no faltaron editores que lo adoptaron por bandera izándola en las cúpulas. Otros muchos lo esculpieron en muros y portadas. Entretejían las mayúsculas con hilos de plata y sombreaban las vocales con acerinas y esmalte. Convirtióse en símbolo, en aleluya, en buen agüero, en triunfo y en sonido glorioso. Periódicos y revistas nacionales y extranjeros lucharon por consignarlo, por encabezar sus columnas con los augustos rasgos bautismales. Los lectores saltaban de emoción al hallarlo en enciclopedias, en semblanzas, en biografías y volúmenes antológicos destinados a la posteridad y hasta en reseñas de modas. El mundo lo alquilaba sin reparar en el precio. Avanzó en popularidad como los mitos que la credulidad agranda. Adorno fue de la palabra. Labios encumbrados lo envidiaban; hasta que un día, un desdichado día, empezó a apagarse con prisa de luciérnaga y dejó sin sombra el paraje de la noche más oscura.

Restos de su gloria quedaron atrapados en artículos de segunda. Revistas no informadas retuvieron los jirones alfabéticos, los caracteres degradados, las letras que al envejecer perdían equilibrio como epitafios de tumbas olvidadas por los deudos. Las vocales disparáronse a manera de luces pirotécnicas.

Fue el comienzo de tortura mortal. La mengua reducía el nombre cada vez más y más. Aparecía distorsionado con letrilla microscópica del todo indistinguible. Nadie exigía las bélicas mayúsculas de trazo gótico; nadie extrañaba las alas de cuervo que rubricaron el nombre caído en desgracia, sucio de polvo como corcel abatido y sin dueño.

La adversidad propició el desacato de escribir las iniciales como cuando se habla de la ONU. Sí, los letreros fueron empalideciendo. Las publicaciones que ostentaron escandalosos ribetes con gualdas, suprimieron las gárgolas y los arabescos hasta que las consonantes danzaron derrengadas y sonámbulas. Con frecuencia fallaban letras o aparecían tan borrosas como si un designio infernal se anticipara a su cancelación.

El calvario se agrava. Ahora, antes de que amanezca, me dirijo anhelante al primer puesto, al vendedor más cercano; al gacetillero, al pepenador, para revisar meticulosamente cada publicación y comprobar si aún figura mi nombre, aunque sea en el directorio. Con mano temblorosa y ávida, abro las páginas; los dedos se me hacen huéspedes. Con esfuerzo olvido el llanto que me cause ver en algún rincón mi nombre de pila o la inicial perdida del apelativo que ya nadie reconoce.

Confidencias afanosas o malignas me hacen saber que las Directivas tratan el conflicto de suprimir el nombre que se les ha quedado fijo como una alcayata. Sé que quienes votan por el aniquilamiento, encuentran tibia resistencia en románticos añorantes de la firma que no tiene valor para desterrarla de su paginario.

Un sudor no exento de amargura me hace cavilar en la manera de liberarlos a todos de la pesantez de mi nombre, cuyas letras cadavéricas encenizan sus revistas. He llegado a sentir agradecimiento cuando alguien lo suprime sin ceremonias. Insoportable es irse muriendo a pedazos, mejor dicho a letras; un puntillo hoy y un acento mañana; ahora el rasgo de la T no aparece; más adelante la diéresis y luego la r y la m y aún la Y, que es tan poco socorrida en nuestro idioma. ¡Lo capto todo! La fisura de mis tímpanos recoge las murmuraciones y a pesar de núbiles cataratas que entresolan mis pupilas, adivino el desdén y las muecas de repudio. Con las yemas de mis dedos palpo negativas y razones. En la rajadura de mis labios y en mi lengua reseca, sopla el aire salado que dispersa mi nombre. Padezco comentarios y juicios sin poder darme a la fuga: “Dicen que está ciega”. “Bueno…. estar ciega es estar muerto”.

A veces rampo, me agazapo, ruego hasta redacciones donde otrora pidieron de rodillas mi colaboración eterna y, disimulan mi presencia.

Un terror supersticioso me invade, un terror ajeno a vanidades y esperanzas: la certidumbre de que en cuanto la última letra se esfume y el punto final se diluya sobre el papel como una lágrima, mi vida, mi frágil e inútil vida, será un renglón en blanco.

lunes, 29 de noviembre de 2010

HISTORIA DE MARIQUITA

HISTORIA DE MARIQUITA
Guadalupe Dueñas

Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre; y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí, dormíamos siete.

Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquél sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama.

Como explico, lo importante era descubrir el lugar para Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero.

Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban.

Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa.

Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia.

Su pasado es corto, y muy triste: Llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquél cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del helitropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir.

Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba.

Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo.

Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece.

•••

Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita.

Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz de añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo un problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés.

Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo de mármol al desahuciado cemento de la pila, que no se quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial.

La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes, o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando, y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso.

Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corrió la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que siquiera no levantaron calumnias.

Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje.

Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario.

Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde Limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas.

Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía.



Guadalupe Dueñas (Guadalajara, México, 1920-2002) fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1961-1962). Fue analista de guiones cinematográficos y realizó obras diversas para televisión. Gran parte de su obra ha aparecido en antologías, revistas y suplementos culturales. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, alemán, francés e italiano. Entre sus libros destacan: Las ratas y otros cuentos (1954), Tiene la noche un árbol (1958) y Máscara para un ídolo (1987). Su narrativa materializa mundos que se antojan imposibles en lo ordinario y en los espacios de lo cotidiano. De los más nimio y familiar construye territorios fantásticos, umbrales oníricos o el rostro del horror más silente.

HISTORIA DE MARIQUITA pertenece a Tiene la noche un árbol.

Acá más información y cuentos de Guadalupe Dueñas.