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miércoles, 17 de abril de 2013

RESURRECCIÓN

En una charla de café, mientras decidíamos cómo conquistar el mundo (de la literatura fantástica, por supuesto), Manuel y yo intercambiamos nombres de autores "raros" que nos gustaría rescatar. Marco, cómplice a larga distancia en nuestra conquista del mundo, nos compartió un nombre a través de un mensaje de texto: Gabriela Rábago Palafox. La googleamos y nos dimos cuenta que nuestra queridísima amiga Gabriela Damián la había incluido en este maravilloso artículo sobre escritoras mexicanas fantásticas.


"Gabriela Rábago Palafox fue una de las pocas mujeres que han ganado el Premio Puebla (Premio de cuento fantástico y Ciencia Ficción), con Pandemia, relato acerca de un mortífero virus, la homosexualidad y el Apocalipsis. Ganó también el premio de literatura infantil Juan de la Cabada, y es que Rábago Palafox se caracterizó por mezclar sin problemas su habilidad con los haikús, la novela negra y la imaginación científica en su obra. Escribió también dos novelas: Todo ángel es terrible (1981) y La muerte alquila un cuarto. Federico Schaffler la incluyó en la célebre antología de ciencia ficción mexicana Más allá de lo imaginado (Tierra Adentro, 1991), junto con otras que merecen ser leídas. Gabriela murió rodeada de morbosas especulaciones en torno a su salud, a los 46 años".

Recordé que yo tenía esa antología de Schaffler, así que me di a la tarea de leer y transcribir el cuento.
Disfrútenlo:

RESURRECCIÓN
Gabriela Rábago Palafox



I
El paquete llegó en el correo de la mañana. Cuando Antonio regresó a casa después de clases, su madre lo recibió con la más radiante sonrisa. “¿Ya?”, preguntó el niño sintiendo que el corazón se le salía del pecho. “Está sobre tu cama”, le indicó ella y Antonio subió la escalera tan velozmente como le fue posible.
            Se detuvo en el umbral de la puerta -con la perilla en la mano- para admirar desde allí el bulto de papel color crema, con brillantes estampillas tachonadas por los sellos de correos. Había valido la pena esperar.
            Por fin se sentó al borde de la cama y deshizo el envoltorio que fuera hecho con gran cuidado. Puso en sus rodillas la flamante caja protegida con papel celofán: leyó la propaganda impresa en la superficie:
            Be a sculptor! The genuine ancient Christian art from XVII and XVIII centuries. Made by yourself. Even a child can do it!
            Y leyó la especificación escrita dentro de un recuadro, un poco más abajo de la leyenda principal:
            Contains one piece: Saint Sebastian sculpture.
            Impaciente, el muchacho rasgó el celofán y abrió la caja. De acuerdo a lo que prometía el folleto de donde había tomado el cupón para hacer el pedido, el paquete incluía una reproducción deshidratada de alguna talla famosa hecha en el barroco para evocar a un miembro del santoral cristiano. En este caso, San Sebastián. Por el momento, la imagen era una masa informe que iría creciendo y se iría delineando a medida que el “escultor” la sumergiera en el agua de la bañera o la rociara abundantemente en el jardín. El material empleado para la realización de la imagen permitía que, una vez tomadas sus proporciones definitivas (las de la escala humana, de acuerdo con la regla áurea), la escultura endureciera al contacto del aire, para tomar a la postre la apariencia de un estucado barroco. Tocaba al “artista” aplicar los afeites necesarios para redondear el aspecto de la imagen. El paquete llevaba de todo: carmín para las mejillas, peluca y pestañas de color castaño, toques luminosos o veladuras para la mirada y, lo más importante, sangre artificial con que intensificar el trazo de las heridas. Cualquier santo cristiano las tiene, sean físicas o espirituales y, de una manera u otra, el imaginero se encarga de plasmarlas en su obra.
            Antonio había trabajado, así, un San Juan Bautista decapitado y una Dolorosa que le habían quedado bastante bien; la Magdalena de Pedro de Mena, que resultó deliciosa, y la cabeza del Cristo yacente de Gregorio Hernández, que era verdaderamente impresionante. Pero la pieza estelar de la colección era el San Sebastián que ahora se proponía realizar.
            La caja enviada desde Estados Unidos de América (con extensión en varios puntos de la Tierra y la Luna), incluía un arco y media docena de flechas para que el “escultor”, al dispararlas contra la imagen del santo, le imprimiera el dramatismo necesario. Como información indispensable, el paquete ofrecía un cuadernillo redactado en los tres idiomas principales del mundo. Antonio leyó en silencio.

“San Sebastián. Según la Enciclopedia de la ONU (entidad que, durante la Época Antigua pretendió, con lamentable ineficiencia, mantener el orden entre los países del planeta): fue un oficial de la guardia pretoriana, nacido en Narbona (¿250?) y muerto en Roma (288). Convertido al cristianismo, llevó el nuevo credo a personajes importantes, por lo que Diocleciano lo hizo asaetear. Su fiesta es celebrada el 20 de enero.

Cristianismo. De acuerdo con la opinión vertida por el profesor Carl M. Schwein, de la Universidad de Alemania Unida: nombre que se da a una serie de prácticas religiosas, eminentemente rituales que, aseguraban sus adeptos del siglo XX, guardaban cierto vínculo con la doctrina de Jesús El Cristo, profeta con cuyo nacimiento se marca el principio de la Época Antigua. Minado por su propia decadencia el llamado cristianismo se extinguió hacia los albores del siglo XXI. Su historia, sin embargo, se asocia a los grandes eventos de la humanidad. Los dirigentes de esa Iglesia fueron, a menudo, quienes gobernaban el destino de los pueblos; esto lo consiguieron gracias a su peculiar habilidad para ejercer control sobre la conciencia de los fieles a través de complejos métodos de persuasión y de extorsión, que involucraban la vida personal de los individuos y de manera destacada, la vida sexual. Un movimiento de reestructuración privó al cristianismo de sus sofisticaciones para acercarlo, no sin ingentes esfuerzos, a la doctrina del profeta Jesús: no se sabe qué fue de estos nuevos cristianos, quienes, con base en el dato proporcionado por José S. Aleksei, se autonombran Auténticos. Uno de los principales grupos cristianos de la Época Antigua, la Iglesia Católica Romana, dio en representar imágenes en tercera dimensión de sus santos predilectos. Merced al archivo de la F.P.I.S.T. (Federación de Países Independientes Sobre la Tierra), cuyo más remoto antecedente fue la ONU hemos podido recobrar, para nuestra colección Be a sculptor!, una buena parte de aquella imaginería. Trozos de piezas genuinas se conservan en el Museo Lincoln que usted puede llevarse a casa si llena el cupón adjunto y envía a la dirección indicada cuarenta dólares terrestres. El servicio Lincoln´s Museum at Home contiene quince diapositivas de proyección voluminosa y una casete audio-olfativa. Escríbanos para obtener informes detallados”.   

La madre de Antonio lo vio pasar de largo rumbo al jardín trasero: llevaba en la mano la bolsa de polietileno transparente con la masa que se convertiría en San Sebastián. A través de la vidriera de la sala, la mujer observó cómo su hijo, mareado de felicidad, arrojaba la masa a la alberca. En cuestión de minutos, la pasta empezó a hincharse: Antonio la hundía en el agua con la vara que comúnmente se emplea para sacar de la piscina ramas y hojas secas. Lo que al principio parecía un embrión humano, al cabo de media hora semejaba un hombre flotando con placidez sobre el suave vaivén del agua.
            Ayudándose con la misma vara, Antonio retiró el modelo de la alberca, lo tendió sobre el césped y emprendió de lleno la tarea de colocarlo en posición lógica del martirio: le ató las muñecas a la espalda, le flexionó una rodilla, levantó la cabeza que, una vez finalizada la escultura aparentaría pedir clemencia al cielo. Todo, según las fotografías que previsoramente aportaba el paquete. Cuando el muchacho creyó que su modelo tenía la postura correcta, lo dejó endurecer en el jardín.

II
Te aseguro que lo he conseguido decía Ernesto el científico mirando la pantalla del videoteléfono, donde la cara de Antonio revelaba cierto escepticismo. No fue fácil. Pero lo logré. Primero experimenté con arácnidos y caracoles. Luego con liebres. Y finalmente con los muñecos de la estación lunar Dio resultado.
            Antonio hizo un gesto que podría significar “quizá”, y Ernesto continuó con mayor énfasis:
            Lo que desconozco todavía es hasta qué punto son duraderos los efectos: estoy por determinarlo. Creo que, si empleo la dosis correcta, el lapso no pasará de una hora. Después, todo vuelve al estado anterior. ¿Me entiendes?
            El muchacho de la pantalla inclinó la cabeza para responder que sí.
            Estoy emocionado prosiguió el otro. Cuando haya afinado la fórmula, pienso llevarla a la Universidad (después de pasar por la Oficina de Patentes, claro), con lo que espero merecer, ahora sí, la admisión a la Academia de Ciencias.
            Ernesto sonrió igual que si fuera a soplar las velas de su pastel de cumpleaños. Antonio le devolvió la sonrisa y dijo:
            Me gustaría poder presenciarlo... pero no con caracoles ni arácnidos, sino con mi colección. ¿Crees que podrías...?
            No hay razón para suponer lo contrario contestó Ernesto alzando una ceja. La clave estaría en aumentar el líquido de la inyección.
            ¿Lo harías? preguntó Antonio con creciente entusiasmo.
            Por supuesto.
         Te voy a enseñar cómo va el último. No se lo he mostrado a nadie todavía. Es para que te imagines lo que conseguiríamos si quieres aplicarle la fórmula.
            Antonio desapareció un momento de la pantalla. Regresó tirando el cordel de una plataforma sobre la cual se erigía el San Sebastián casi terminado. Ernesto lazó una exclamación de asombro:
            ¡Es perfecto, perfecto! dijo ajustando los controles del videoteléfono para obtener un acercamiento del rostro atormentado. ¿Llora?
            No, pero es igual. A veces pienso que gemirá cuando yo menos lo espere: mira la contracción de los labios. Ahora, si hacemos el trato, te invito a que dispares conmigo las saetas y a que apliquemos la “sangre”. Luego, ¿la fórmula?
            De acuerdo aceptó el científico sin dejar de mirar los ojos del mártir.

III
Con las manos pringadas de líquido rojo oscuro, Antonio trató de pensar lo que habrían sido los templos cristianos en donde, durante la Época Antigua, se habían congregado los originales de aquellas esculturas. Reinventó la humedad, la luz difusa que se abría paso en la vasta atmósfera de los edificios; ideó flores de cera o de plástico, ahumadas por las veladoras que ardían bajo las figuras temidas, reverenciadas por milagrosas. Los investigadores del Lincoln´s Museum hablaban de polvo siempre presente: polvo que agrisaba el oro de los retablos y penetraba inexorable el terciopelo de cortinas y reclinatorios. Barruntó que debió ser sobrecogedor entrar a esos templos y encontrase con cuerpos ensangrentados, miradas dolientes, bocas torcidas por el sufrimiento, hacia dondequiera que se volviese la vista. Extendió sobre su escritorio de madera oscura la serie de postales adquiridas en la promoción Be a sculptor! Y las contempló con arrobamiento. A poco, Ernesto se acercó para disfrutarlas también, por encima del hombro de su amigo:
            Inyecté al San Sebastián y al Bautista. Esperaremos a que se enfríen los químicos que acabo de mezclar, para inyectar a los demás. Ojalá tengamos suerte.
            Antonio se dejó cautivar por los brillos del retablo: mar dorado en el que esporádicamente surgían cuerpos de color de rosa tocados con alas o aureolas. Santas calvas y barbas. Santísimas virginidades. Gloriosos martirios. Infancias benditas. Muertes bienaventuradas. “Así era”, comentó en un susurro, y Ernesto emitió un largo silbido.

IV
Los números luminosos del reloj aparecieron unos segundos en el silencio de la noche que se adueñaba de la habitación de Antonio. “Las tres de la madrugada”, informó la voz impersonal del reloj. Y el muchacho, insomne, se apoyó en un codo y encendió la lamparita: súbitamente se hizo visible la postal de la madona con rostro oriental y cabellera negrísima, que había dejado en la mesita de noche. Supuso que estaría abrumada por el peso del manto rebordado de estrellas con diez puntas, por el peso de la corona erizada de puñales y lenguas de fuego. Encontró que las manos, pequeñas y pálidas, se crispaban en actitud desesperada. Leyó el pie de la ilustración: Virgin of Expectancy. From the National Vice regal Museum at tle old Jesuit Seminary in Tepotzotlán, México. Destroyed during the Third World War of the Ancient Age. Suspiró. Cerró los ojos y recobró la imagen de su San Sebastián admirablemente animado por la fórmula de Ernesto. Revivió el momento en que la escultura, ardorosos de sufrimiento los ojos vítreos, se retorció como para librarse de las flechas que se encarnaban a lo largo de todo su cuerpo. El corazón de Antonio le golpeó con fuerza el pecho, las sienes. Pero la magia había durado sólo unos minutos. A fin de cuentas, Ernesto tenía lo fórmula en periodo experimental y, si en muñecos y animales pequeños la animación se prolongaba hasta una hora, en las esculturas de gran talla no se podía esperar otro tanto. Estaba un poco decepcionado. Ernesto, en cambio, como todo científico que recoge el fruto de sus desvelos (no importa que el fruto parezca insignificante) se había marchado a casa con una amplia sonrisa de suficiencia.
            Lo más conmovedor fue la manera en que parpadeaba el Bautista decapitado: se reprodujo en instante en que la cabeza, todavía con vida, rueda desprendida del cuello murmuró el niño. Creí que Ernesto se iba a desmayar de feli...
            Lo interrumpió el timbre del videoteléfono: Ernesto, con piyama y las gafas puestas, alargaba la mano en cuya palma tenía un caracol que se movía trabajosamente.
            ¡Mira! Es uno de los que daba por perdidos exclamó el científico con voz gozosa. Ni siquiera consideré la posibilidad de que, tras un aparente regreso a la inacción, hubiera una especie de renacimiento, quizá con mayor ímpetu que el primero. Voy a abrir una hoja de evolución para anotar los pormenores del caso. Las arañas también comienzan a despertar.
            Antonio no pudo responderle. El sonido de la puerta al abrirse lo obligó a volver la cabeza; en el umbral de su cuarto, gimiente en la tortura, estaba San Sebastián. Quiso decir algo y un chorro de sangre escapó de su boca. “Así era”, se repitió aún el muchacho mientras el asaeteado, seguido de la Dolorosa y el Bautista (lo que restaba del Bautista), avanzaba hacia él.



jueves, 16 de febrero de 2012

EL CENTINELA

El centinela (1963), de Arthur C. Clarke, es el cuento en el que se basó una de las películas clave de la ciencia ficción: 2001, una odisea al espacio (1968), de Stanley Kubrick.

Kubrick tomó la anécdota principal del cuento: un monolito encontrado en la luna, y la convirtió en una épica, escrita por el propio Clarke para la película.

¿Qué es el monolito? ¿Una especie de centinela colocado por una inteligencia superior que nos contactará cuando lo descifremos? ¿Un catalizador de nuestra evolución? ¿Una metáfora de la religión?...

El cuento parece resolver estas dudas, pero la película las amplía.

Como siempre, nosotros tenemos que imaginarlo.

Disfruten:


EL CENTINELA
Arthur C. Clarke

La próxima vez que veáis la Luna llena allá en lo alto, por el Sur, mirad cuidadosamente al borde derecho, y dejad que vuestra mirada se deslice a lo largo y hacia arriba de la curva del disco. Alrededor de las 2 del reloj, notaréis un óvalo pequeño y oscuro; cualquiera que tenga una vista normal puede encontrarlo fácilmente. Es la gran llanura circundada de murallas, una de las más hermosas de la Luna, llamada Mare Crisium, Mar de las Crisis. De unos quinientos kilómetros de diámetro, y casi completamente rodeada de un anillo de espléndidas montañas, no había sido nunca explorada hasta que entramos en ella a finales del verano de 1966.

Nuestra expedición era importante. Teníamos dos cargueros pesados que habían llevado volando nuestros suministros y equipo desde la principal base lunar de Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros de distancia. Había también tres pequeños cohetes destinados al transporte a corta distancia por regiones que no podían ser cruzadas por nuestros vehículos de superficie. Afortunadamente la mayor parte del Mare Crisium es muy llana. No hay ninguna de las grandes grietas tan corrientes y tan peligrosas en otras partes, y muy pocos cráteres o montañas de tamaño apreciable. Por lo que podíamos juzgar, nuestros poderosos tractores oruga no tendrían dificultad en llevarnos a donde quisiésemos.

Yo era geólogo - o selenólogo, si queremos ser pedantes - al mando de un grupo que exploraba la región meridional del Mare. En una semana habíamos cruzado cien de sus millas, bordeando las faldas de las montañas de lo que había antes sido el antiguo mar, hace unos mil millones de años. Cuando la vida comenzaba sobre la Tierra, estaba ya muriendo aquí. Las aguas se iban retirando a lo largo de aquellos fantásticos acantilados, retirándose hacia el vacío corazón de la Luna.

Sobre la tierra que estábamos cruzando, el océano sin mareas había tenido en otros tiempos casi un kilómetro de profundidad, pero ahora el único vestigio de humedad era la escarcha que a veces se podía encontrar en cuevas donde la ardiente luz del sol no penetraba nunca.

Habíamos comenzado nuestro viaje temprano en la lenta aurora lunar, y nos quedaba aún una semana de tiempo terrestre antes del anochecer. Dejábamos nuestro vehículo media docena de veces al día, y salíamos al exterior en los trajes espaciales para buscar minerales interesantes, o colocar indicaciones para gula de futuros viajeros. Era una rutina sin incidentes. No hay nada peligroso, ni siquiera especialmente emocionante en la exploración lunar Podíamos vivir cómodamente durante un mes en nuestros tractores a presión, y si nos encontrábamos con dificultades siempre podíamos pedir auxilio por radio y esperar a que una de nuestras naves espaciales viniese a buscarnos. Cuando eso ocurría se armaba siempre un gran jaleo sobre el malgasto de combustible para el cohete, de modo que un tractor solamente enviaba un SOS en caso de verdadera necesidad.

Acabo de decir que no había nada estimulante en la exploración lunar, pero, naturalmente, eso no es cierto. Uno no podía nunca cansarse de aquellas increíbles montañas, mucho más abruptas que las suaves colinas de la Tierra.

Cuando doblábamos los cabos y promontorios de aquel desaparecido mar, no sabíamos nunca qué esplendores nos iban a ser revelados. Toda la curva sur del Mare Crisium es un vasto delta donde veinte ríos iban antes al encuentro del océano, alimentados quizá por las torrenciales lluvias que debieron haber batido las montañas en la breve época volcánica cuando la Luna era joven. Cada uno de aquellos valles era una invitación, retándonos a trepar a las desconocidas tierras altas de más allá. Pero aún nos quedaban más de cien kilómetros por recorrer, y no podíamos hacer otra cosa sino contemplar con nostalgia las alturas que otros deberían escalar.

A bordo del tractor seguíamos la hora terrestre, y exactamente a las 22:00 enviábamos el mensaje final por radio, y cerrábamos para el resto del día. Fuera, las rocas ardían todavía bajo el sol casi vertical, pero para nosotros era de noche hasta que nos despertábamos ocho horas más tarde. Entonces uno de nosotros preparaba el desayuno, se oía mucho zumbar de máquinas de afeitar eléctricas, y alguien siempre ponía en marcha la radio de onda corta de la Tierra. En realidad, cuando el olor del tocino frito comenzaba a llenar la cabina, era a veces difícil no creer que estábamos de regreso en nuestro propio mundo, todo era tan normal y casero, excepto por la sensación de poco peso y por la extraña lentitud con que caían los objetos.

Me tocaba a mí preparar el desayuno en el rincón de la cabina principal que servía de cocina. Después de tantos años, recuerdo aún vívidamente aquel instante, pues la radio acababa de tocar una de mis melodías favoritas, el viejo aire galés, «David de la Roca Blanca». Nuestro conductor estaba ya fuera en su traje espacial, inspeccionando nuestras bandas oruga. Mi ayudante, Louis Garnett, estaba de pie delante, haciendo algunas anotaciones en el diario de a bordo del día anterior.

Mientras estaba de pie junto a la sartén, esperando, como cualquier ama de casa terrestre, que las salchichas se dorasen, dejé que mi mirada se pasease distraídamente por las paredes de la montaña que cubría todo el horizonte meridional, extendíéndose hasta perderse de vista hacia el Este y el Oeste, por debajo de la curva de la Luna. Parecían estar a unos dos kilómetros del tractor, pero sabía que la más cercana estaba a treinta kilómetros de distancia. En la Luna, como es natural, no hay pérdida de detalle con la distancia, nada de aquella neblina casi imperceptible que suaviza las cosas distantes de la Tierra.

Aquellas montañas tenían tres mil metros de altura, y se erguían abruptamente desde la llanura, como si en edades pasadas alguna erupción subterránea las hubiese empujado hasta el cielo a través de la fundida corteza. La base de incluso la más cercana, estaba oculta de la vista por la pronunciada curvatura de la superficie del llano, pues la Luna es un mundo muy pequeño, y el horizonte estaba a solamente tres kilómetros del punto en donde me hallaba.

Alcé los ojos hacia los picos que ningún hombre había escalado aún, picos que, antes de llegar la vida a la Tierra, habían contemplado cómo los océanos en retirada se hundían sombríamente en sus tumbas, llevándose con ellos la esperanza y la temprana promesa de un mundo. La luz del sol batía aquellos baluartes con un resplandor que hería los ojos, y sin embargo, muy poco por encima de ellos las estrellas brillaban fijamente en un cielo más negro que el de una noche de invierno en la Tierra.

Apartaba yo la mirada cuando capté un brillo metálico en lo alto de una arista de un gran promontorio que se proyectaba hacia el mar, a unos cincuenta kilómetros hacia el Oeste. Era un punto de luz sin dimensiones, como si una estrella hubiese sido arrancada al cielo por uno de aquellos crueles picos, y me imaginé que alguna superficie lisa de roca recogía el resplandor del sol y lo reflejaba directamente hacia mis ojos Tales cosas no son raras. Cuando la Luna está en el segundo cuadrante, los observadores en la Tierra pueden ver a veces cómo las grandes cordilleras del Oceanus Procellarum arden con una iridiscencia azulblanca, al incidir sobre ellas la luz del sol y saltar de un mundo a otro. Pero tuve la curiosidad de saber qué clase de roca era la que tanto brillaba, y subí a la torrecilla de observación e hice girar hacia el Este nuestro telescopio de díez centímetros.

Pude ver lo suficiente para ser tentado. Claros y bien definidos en el campo visual, los picos de las montañas parecían estar a solamente un kilómetro, pero lo que fuera que captaba la luz del sol era aún demasiado pequeño para ser resuelto. Y sin embargo, parecía tener una elusiva simetría, y la cumbre sobre la que se elevaba era extrañamente plana. Contemplé largo rato aquel resplandeciente enigma, forzando mis ojos hacia el espacio, hasta que un olor de quemado procedente de la cocina me indicó que las salchichas de nuestro desayuno habían hecho en vano su viaje de más de un millón de kilómetros.

Toda aquella mañana discutimos durante nuestra marcha a través del Mare Crisium, mientras las montañas occidentales se iban elevando hacia el cielo. Incluso cuando estábamos buscando minerales en nuestros trajes espaciales, continuamos la discusión por la radio. Mis compañeros mantenían que era absolutamente cierto que no había habido nunca ninguna forma de vida inteligente en la Luna. Los únicos seres vivientes que habían jamás existido allí, eran unas cuantas plantas primitivas y sus antepasados algo menos degenerados. Lo sabía tan bien como cualquier otro, pero hay ocasiones en que un científico no debe temer hacer el ridículo.

-Escuchadme -dije al fin, -voy a subir allá aunque solamente sea para tranquilidad de conciencia. Aquella montaña tiene menos de cuatro mil metros de altura- es decir, solamente setecientos para la gravedad de la Tierra- y puedo hacer el recorrido en veinte horas a lo sumo. En todo caso, siempre he tenido ganas de subir a aquellas cumbres, y esto me proporciona una excelente excusa.

-Si no te rompes la cabeza -dijo Garnett, -serás el hazmerreír de la expedición cuando volvamos a la Base. Desde ahora en adelante aquella montaña probablemente se llamará «La Locura de Wilson».

-No me romperé la cabeza -dije firmemente. -¿Quién fue el primero en ascender a Pico y a Helicón?

-¿Pero no eras bastante más joven en aquellos tiempos? -preguntó suavemente Louis.

-Eso -dije con gran dignidad -es otra razón más para ir.

Aquella noche nos acostamos temprano, después de conducir el tractor hasta un kilómetro del promontorio: Garnett iba a venir conmigo a la mañana siguiente; era un buen alpinista, y me había acompañado con frecuencia en tales hazañas. Nuestro conductor estaba más que satisfecho con quedarse a cargo de la máquina.

A primera vista, aquellos acantilados parecían completamente inaccesibles, pero para cualquiera que tenga la cabeza firme, es fácil trepar en un mundo en donde todos los pesos son solamente el sexto de su valor normal. El verdadero peligro del alpinismo lunar estriba en un exceso de confianza; una caída de cien metros en la Luna puede, matar con tanta seguridad como una veinte en la Tierra.

Hicimos nuestra primera parada sobre una repisa a unos mil metros sobre el llano. La ascensión no había sido muy difícil, pero mis miembros estaban algo rígidos por el desacostumbrado esfuerzo, y me alegré del descanso. Podíamos todavía ver al tractor como si fuese un pequeño insecto metálico allá a lo lejos, al pie del acantilado, e informamos al conductor sobre la marcha de nuestra ascensión antes de partir de nuevo.

De hora en hora nuestro horizonte se fue ensanchando, y una porción cada vez mayor de la llanura se fue haciendo visible. Podíamos ahora ver hasta ochenta kilómetros a través del Mare, incluso los picos de las montañas de la costa opuesta, a más de ciento sesenta kilómetros. Pocas llanuras lunares son tan planas como el Mare Crísium, y hasta podíamos imaginarnos que había un mar de agua y no de roca a tres kilómetros por debajo de nosotros. Solamente un grupo de agujeros de cráteres hacia el final del horizonte estropeaba la ilusión.

Nuestro objetivo seguía invisible sobre la arista de la montaña, y nos orientábamos por medio de mapas empleando la Tierra como guía. Casi exactamente al Este de nosotros, aquel gran creciente de plata pendía bajo sobre la llanura, ya muy en su primer cuadrante. El sol y las estrellas seguirían su lenta marcha a través del cielo y acabarían por desaparecer de la vista, pero la Tierra siempre estaría allí, sin moverse nunca de su lugar fijo, creciendo y menguando a medida que iban pasando los años y las estaciones. Dentro de diez días seria un disco cegador que bañaría aquellas rocas con su resplandor de medianoche, cincuenta veces mas brillante que la luna llena. Pero teníamos que salir de las montañas mucho antes de la noche, o nos quedaríamos en ellas para siempre.

En el interior de nuestros trajes estábamos confortablemente frescos, pues las unidades de refrigeración combatían al feroz sol y extraían el calor corporal de nuestros esfuerzos. Rara vez nos hablábamos, salvo para comunicarnos instrucciones de escalada, y para discutir nuestro mejor plan de ascensión. No sé lo que pensaba Garnett, probablemente que aquella era la aventura más descabellada en que se había metido en su vida. Yo casi estaba de acuerdo con él, pero el gozo de la ascensión, el saber que ningún hombre había pasado antes por allí y le sensación vivificadora ante el paisaje que se ensanchaba, me proporcionaba toda la recompensa que necesitaba.

No creo haberme sentido especialmente agitado cuando vi frente a nosotros la pared de roca que había antes inspeccionado a través del telescopio desde una distancia de cincuenta kilómetros. Se hacía llana a unos veinte metros sobre nuestras cabezas, y allí, sobre la meseta, estaba lo que me había atraído a través de todos aquellos desolados yermos. Casi con seguridad no seria sino una roca astillada hacía siglos por un meteoro en su caída, con sus planos de escisión nuevos y brillantes en aquel incorruptible e inalterable silencio.

No había en la roca dónde asirse con las manos, y tuvimos que emplear un pitón. Mis cansados brazos parecieron recobrar nuevas fuerzas cuando hice girar sobre mi cabeza el ancla metálica de tres dientes y la lancé en dirección a las estrellas.

La primera vez no agarró, y volvió cayendo lentamente cuando tiramos de la cuerda. Al tercer intento los tres dientes se fijaron fuertemente, y no pudimos arrancarlos aunando nuestros esfuerzos.

Garnett me miró ansiosamente. Comprendí que quería ir primero, pero le sonreí desde detrás del vidrio de mi casco, y denegué con la cabeza. Lentamente, sin apresurarme, comencé la ascensión final.

Incluso contando mi traje espacial, aquí solamente pesaba unos veinte kilos, de modo que me icé con las manos, sin preocuparme de utilizar los pies. Al llegar al borde me detuve y saludé a mi compañero, luego acabé de subir y me alcé, mirando enfrente de mí.

Debéis comprender que hasta aquel momento había estado casi convencido de que no podía encontrar allí nada extraño ni desacostumbrado. Casi, pero no del todo; había sido precisamente aquella duda llena de misterio la que me había impulsado hacia adelante. Pues bien, no era ya una duda, pero el misterio apenas había comenzado.

Me encontraba ahora sobre una meseta que tendría quizá unos treinta metros de ancho. Había sido lisa en un tiempo - demasiado lisa para ser natural - pero los meteoros en su caída habían marcado y perforado su superficie en el transcurso de incontables inmensidades de tiempo. Había sido aplanada para soportar una estructura aproximadamente piramidal, de una altura doble de la de un hombre, engastada en la roca.

Probablemente ninguna emoción llenó mi mente durante aquellos primeros segundos. Luego sentí una inmensa euforia, y una alegría extraña e inexplicable. Pues yo amaba a la Luna, y ahora sabía que el musgo rastrero de Aristarco y Eratóstenes no era la única vida que había soportado en su juventud. El viejo y desacreditado sueño de los primeros exploradores era cierto. Al fin y al cabo, había habido una civilización lunar, y yo era el primero en encontrarla. El hecho de que había llegado quizá cien millones de años demasiado tarde, no me perturbaba; era suficiente haber llegado.

Mi mente comenzaba a funcionar normalmente, a analizar y a formular preguntas. ¿Era eso un edificio, un santuario o algo para lo cual mi lenguaje carecía de palabra? Si un edificio, ¿entonces por qué había sido erigido en lugar tan inaccesible? Me preguntaba si podría haber sido un templo, y me imaginaba a los adeptos de algún extraño sacerdocio clamando a sus dioses que les salvasen, mientras la vida de la Luna refluía con los agonizantes océanos: ¡clamando en vano!

Adelanté una docena de pasos para examinar más de cerca aquello, pero un cierto instinto de precaución me impidió acercarme demasiado. Sabia algo de arqueología, e intenté adivinar el nivel cultural de la civilización que había alisado aquella montaña, y levantado aquellas brillantes superficies especulares que deslumbraban aún mis ojos.

Los egipcios pudieron haberlo hecho, pensé, si sus trabajadores hubiesen poseído los extraños materiales que esos arquitectos, mucho más antiguos, habían empleado. Debido al pequeño tamaño de aquel objeto no se me ocurrió pensar que quizá estaba contemplando la obra de una raza mas adelantada que la mía.

La idea de que la Luna había poseído alguna inteligencia era aun demasiado inusitada para ser asimilada, y mi orgullo no me permitía dar el último y humillante salto.

Y entonces observé algo que me produjo un escalofrío por el cuero cabelludo y la espina dorsal, algo tan trivial e inocente que muchos ni siquiera lo hubiesen notado. Ya he dicho que la meseta presentaba cicatrices de meteoros: estaba también cubierta por algunos centímetros del polvo cósmico que está siempre filtrándose sobre la superficie de todos los mundos donde no hay vientos que lo perturben. Y sin embargo, el polvo y las marcas de los meteoros terminaban abruptamente en un círculo que incluía a la pequeña pirámide, como si una barrera invisible la protegiese de los estragos del tiempo y del lento pero incesante bombardeo del espacio.

Algo gritaba en mis auriculares, y me di cuenta de que Garnett me había estado llamando desde hacia algún tiempo. Me dirigí vacilante hasta el borde del acantilado, y le señalé para que viniese a unirse conmigo pues no osaba hablar.

Luego volví al círculo señalado sobre el polvo. Cogí un fragmento de roca y lo arrojé suavemente hacia el brillante enigma. No me hubiese sorprendido Si el guijarro hubiese desaparecido en aquella barrera invisible, pero parecía tocar una superficie lisa, hemisférica, y resbalar suavemente hasta el suelo.

Supe entonces que estaba contemplando algo que no tenía equivalente en la antigüedad de mi propia raza. Aquello no era un edificio, sino una máquina, que se protegía con fuerzas que habían desafiado a la eternidad. Aquellas fuerzas, cualesquiera que fuesen, operaban aún, y quizá me había acercado ya demasiado. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había capturado y dominado durante el pasado siglo. Podía muy bien ser que estuviese ya tan irrevocablemente condenado como si hubiese entrado en el aura silenciosa y mortífera de una pila atómica sin protección.

Recuerdo que entonces me volví hacia Garrett, quien se me había reunido y estaba de pie e inmóvil a mi lado. Parecía haberse olvidado de mi, de modo que no le perturbé, sino que me dirigí hacia el borde del acantilado, esforzándome por ordenar mis pensamientos. Allá abajo estaba el Mare Crisium, extraño y misterioso para la mayoría de los hombres, pero tranquilizadoramente familiar para mí.

Levanté los ojos hacia la media Tierra, yacente en su cuna de estrellas, y me pregunté qué habrían cubierto sus nubes cuando esos desconocidos constructores habían terminado su trabajo. ¿Era la jungla llena de vapores del Carbonífero, la desolada costa sobre la cual debían trepar los primeros anfibios para conquistar la Tierra, o, antes aún, la larga soledad precursora de la llegada de la vida?

No me preguntéis por qué no adiviné antes la verdad, la verdad que ahora parece tan obvia. En la primera exaltación de mi descubrimiento había asumido sin titubear que aquella aparición cristalina había sido construida por alguna raza perteneciente al remoto pasado de la Luna, pero de repente y con avasalladora fuerza, se hizo en mí la certeza de que era tan extranjera a la Luna como yo mismo.

En veinte años no habíamos encontrado otros vestigios de vida sino unas cuantas plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, cualquiera que hubiese sido su fin, podía haber dejado no más que un solo testimonio de su existencia.

Miré nuevamente a la brillante pirámide, y me pareció aún más remota que todo lo que se relacionaba con la Luna. Y de repente sentí que me estremecía con una risa alocada e histérica, ocasionada por la exaltación y el exceso de fatiga; pues me había imaginado que la pequeña pirámide me hablaba diciéndome: «Lo siento, pero yo tampoco soy de aquí. »

Hemos tardado veinte años en quebrantar aquella invisible coraza y en llegar a la máquina del interior de aquellas paredes de cristal. Lo que no podíamos comprender, lo rompimos al fin con la salvaje fuerza de la energía atómica, y ahora he visto los fragmentos de aquella hermosa y resplandeciente cosa que encontré en la montaña.

Carecen de sentido. Los mecanismos -si es que en realidad son mecanismos- de la pirámide, pertenecen a una tecnología que se encuentra mucho más allá de nuestro horizonte, quizá a la tecnología de las fuerzas parafísicas.

El misterio nos obsesiona tanto más ahora que los otros planetas han sido alcanzados, y que sabemos que solamente la Tierra ha sido el hogar de la vida inteligente. Ni tampoco ninguna civilización perdida de nuestro propio mundo pudo nunca haber construido aquella máquina, pues el espesor del polvo meteórico sobre la meseta nos ha permitido calcular su edad. Estaba ya allí, sobre su montaña, antes de que la vida hubiese emergido de los mares de la Tierra.

Cuando nuestro mundo tenía la mitad de su presente edad, algo procedente de las estrellas pasó a través del Sistema Solar, dejó aquella señal de su paso, y prosiguió su camino. Hasta que la destruimos, aquella máquina seguía cumpliendo la misión de sus constructores; y en cuanto a esa misión, he aquí lo que yo presumo:

Hay cerca de cien mil millones de estrellas en el circulo de la Vía Láctea, y hace mucho tiempo que otras razas en los mundos de otros soles deben haber alcanzado y superado las alturas que nosotros hemos alcanzado. Pensad en tales civilizaciones, lejanas en el tiempo, en el resplandor mortecino que siguió a la Creación, dueñas de un Universo tan joven que la vida había llegado solamente a un puñado de mundos. De ellas hubiese sido una soledad que no podemos imaginarnos, la soledad de dioses que buscan a través del infinito, y que no encuentran a nadie con quien compartir sus pensamientos.

Debieron de haber estado buscando por los racimes de estrellas del modo que nosotros rebuscamos por entre los planetas. Debía de haber mundos por todas partes, pero debían de estar vacíos, o poblados de cosas rastreras y sin mente.

Tal era nuestra propia Tierra, con el humo de sus grandes volcanes que manchaba aún su cielo, cuando aquella primera nave de los pueblos de la aurora llegó desde los abismos de más allá de Plutón. Pasó los helados mundos externos, sabiendo que la vida no podría desempeñar parte alguna en sus destinos. Se detuvo entre los planetas interiores, calentándose al calor del Sol y esperando que comenzasen sus historias.

Aquellos vagabundos debieron de haber contemplado la Tierra, que giraba en la estrecha zona entre el hielo y el fuego, y debieron de adivinar que era el favorito entre los hijos del Sol. Aquí habría inteligencia; pero tenían incontables estrellas delante de sí, y quizá nunca más volviesen por aquí.

Y así fue que dejaron un centinela, uno de los millones que han dispersado por todo el universo, para que vigilen los mundos con promesa de vida. Era un faro que a través de las edades ha venido señalando pacientemente el hecho de que nadie lo había descubierto.

Quizá comprenderéis por qué colocada aquella pirámide de cristal sobre la Luna en lugar de sobre la Tierra. A sus constructores no los interesaban las razas que estaban aún luchando por salir del salvajismo. Solamente les interesaría nuestra civilización si demostramos nuestra aptitud para sobrevivir al espacio y escapándonos así de nuestra cuna, la Tierra. Ese es el reto con que todas las razas inteligentes tienen que enfrentarse, mas tarde o más temprano. Es un reto doble, pues depende a su vez de la conquista de la energía atómica y de la ultima elección entre la vida y la muerte.

Una vez hubiésemos superado aquella crisis sería solamente cuestión de tiempo el que encontrásemos la pirámide y la abriésemos. Ahora habrán cesado sus señales y aquellos cuyo deber sea éste estarán dirigiendo sus mentes hacia la Tierra. Quizá deseen ayudar a nuestra joven civilización. Pero deben de ser muy, muy viejos, y los viejos tienen can frecuencia una envidia loca de los jóvenes.

No puedo nunca mirar la Vía Láctea sin preguntarme de cuál de aquellas compactas nubes de estrellas vendrán los emisarios. Si me perdonáis un símil tan prosaico, diré que hemos roto el cristal de la alarma de bomberos, y no nos queda más que hacer sino esperar.

Y no creo que tengamos que esperar mucho.