jueves, 24 de junio de 2010

MARCIANOS Y FANTASMAS

Dos recomendaciones:

Marciano, vete a casa de Fredric Brown.
La casa infernal de Richard Matheson.

Finalmente la invasión marciana tiene lugar. Millones de hombrecillos verdes (1 por cada 3 habitantes) logran desorganizar la civilización terrestre: pueden ver todo, escuchar todo y, lo peor, dicen siempre todo.
Para Brown (Ven y enloquece, La mosca), los marcianos son:
"Mentalmente, los marcianos eran más parecidos que físicamente, aunque también en ese nivel se observaban pequeñas diferencias.
Pero desde el primero al último eran abusivos, irritantes, molestos, rudos, brutales, parlanchines, discutidores, detestables, descorteses, execrables, malignos, descarados, odiosos, hostiles, de mal genio, insolentes, respondones, burlones, canallescos, aguafiestas. Eran impúdicos, repugnantes, desagradables, mareadores, quisquillosos, perversos, peleones, faltones, sarcásticos, traidores, truculentos, incívicos, pesados, hirientes y obstinados en mostrarse enojosos y en causar dificultades a todos los que se ponían en contacto con ellos."
Es una novela muy divertida, filosa. Pero además te hace reflexionar: esos marcianos que veían, escuchaban y decían todo en los 60´s, en la actualidad podrían ser llamados de otra forma...
Juega con la realidad, con la imaginación. ¿Seremos acaso el personaje de alguna novela?

Fredric Brown
Marciano, vete a casa
Roca
Super Ficción no. 70


A pesar de que es común el tema (tanto en literatura como en cine) de las casas embrujadas, Matheson (Soy leyenda) lo refresca llevándolo a otro nivel. La trama también parece común: Durante más de veinte años, la Casa Belasco ha permanecido vacía. Considerada el Everest de las casas embrujadas, sus sombrías paredes han sido testigo de escenas de horror y depravación inimaginables. Las anteriores expediciones que han tratado de investigar sus secretos acabaron en desastre, siendo sus participantes destruidos por el asesinato, el suicidio o la demencia. Ahora, un excéntrico millonario (al borde de la muerte) ha organizado una nueva expedición para contestar una simple pregunta: ¿existe la vida después de la muerte? El equipo de investigación, integrado por uno de los más famosos expertos en fenómenos psíquicos, una espiritista renombrada y el único sobreviviente de la última expedición, tendrá que responder a esa pregunta en una semana.
El Doctor Barrett tiene una lista para contabilizar los fenómenos psíquicos:
"Adivinación; Adivinación por bola de cristal; Admonición; Apariciones; Aportes; Asportes; Atado de nudos; Automatismo motor; Automatismo sensorial; Autoscopia; Bilocación; Brisas; Catalepsia; Clariaudiencia; Clariconciencia; Clariconciencia floral; Clarividencia; Comunicación; Comunicación onírica; Control; Desmaterialización; Dibujo automático; Dibujo directo; Ectoplasma; Eidolones; Elongación; Emanaciones; Escotografía; Escriptografía; Escritura automática; Escritura dérmica; Escritura directa; Escritura facsímil; Escritura sobre pizarra; Estigmas; Exteriorización de motricidad; Exteriorización de sensación; Extras; Fantasmas; Fantasmogénesis; Fenómenos biológicos; Fenómenos eléctricos; Fenómenos luminosos; Fenómenos magnéticos; Fenómenos poltergeist; Fenómenos químicos; Fotografía psíquica; Glosolalia; Golpes; Habla automática; Hiperestesia; Hipermnesia; Huellas; Ideomorfos; Ideoplasma; Impresiones químicas; Interpenetración de la materia; Levitación; Materia a través de materia; Materialización; Metagrafología; Moldes de parafina; Música trascendental; Obsesión; Olores; Paramnesia; Paraquinesia; Parestesia; Percepción extra-temporal; Percusión; Personificación; Pintura automática; Pintura directa; Posesión; Precognición; Presentimiento; Previsión; Profecías oníricas; Pruebas con libros; Pruebas impresas; Psicometría; Psicoquinesia; Radiestesia; Radiografías; Retrocognición; Salpicaduras de agua; Seudópodos; Sonambulismo; Sonidos psíquicos; Sueños; Teleplasma; Telequinesia; Telestesia; Tiptología; Roces psíquicos; Transfiguración; Transporte; Varas psíquicas; Vientos psíquicos; Visión ciega; Visión telescópica; Voces; Voz directa; Voz independiente; Xenoglosia."
Fácil, ¿no?
Matheson nos lleva de un lado a otro. Nos pone del lado de la ciencia explicando cada fenómeno fantástico para después hacernos dudar y creer que sí existen los fantasmas. Al final no sabemos qué pensar: ambos bandos pueden tener razón.

Richard Matheson
La casa infernal
La factoría de ideas / Puzzle

miércoles, 23 de junio de 2010

LOS CUATRO GRANDES

Para una tarde lluviosa y para pasar el trago amargo del partido de México en el mundial, nada mejor que ver a los cuatro grandes del thrash metal, o sea: anthrax, megadeth, slayer y metallica.

Estos muchachones decidieron hacer una gira por primera vez juntos. Lo malo es, que hasta ahora, sólo incluye algunas ciudades de Europa. Para que no empeñáramos a la abuela, decidieron transmitir a todo el mundo el concierto del 22 de junio en Sofía, Bulgaria. El Auditorio Nacional y Cinépolis se apuntaron luego luego.

A pesar de que tenía mis dudas, no podía perderme este evento.

Los metaleros somos disciplinados: una hora antes de la función (7:00pm) ya había una larga fila para entrar. La costumbre de llegar temprano a los conciertos para apañar buen lugar.

Perisur se llenó de melenudos con playeras negras. Imaginen las caras de los que sólo iban a tomarse un café a Garabatos…

Muchos treintañeros pero también muchos adolescentes llenaron rápidamente la sala. Nadie quería perderse un solo minuto.

Alta definición, pantalla imax.

En lugar de avances y comerciales, una entrevista a Lars Ulrich, Scott Ian , Dave Mustaine y Kerry King.

Anthrax fue el primero en salir al escenario. Prendieron a los búlgaros pero en la sala parecían no conocerlos bien. A pesar de eso, el gran carisma del cantante Joey Belladonna (con él grabaron los discos clásicos) y la prendidez de la banda lograron que más de uno agitara la mata. A Joey el tiempo no lo ha perdonado: al verlo, como bien comentaron unos adolescentes, recordabas a Eddie, la mascota de Iron Maiden: arrugado, delgado y con un peinado muy ochentero. Pero sigue cantando igual (incluso mejor) que en los ochentas. Sin duda, la mejor voz de los cuatro grandes. Los cuarenta y cinco minutos estuvieron repletos de puras rolas clásicas: caught in a mosh, madhouse, indians, metal trashing mad, got the time, antisocial, i am the law… y un pequeño tributo a Ronnie James Dio.

Siguió Megadeth. Ver a Mustaine, ya sea en vivo o en pantalla, es todo un espectáculo. Para los que los vimos en su reciente visita a México, sabíamos lo que vendría: varias rolas del disco Rust in peace (20 aniversario). Aquí la sala se empezó a animar y a perder el miedo de hacer ruido en una sala de cine. El clímax llegó con symphony of destruction, donde se escuchó el ya clásico: megadeth, megadeth, aguante megadeth.

Con Slayer la sala terminó por prenderse. Sus ritmos frenéticos, satánicos nos harán tener dolor de cuello mañana al despertar. El señor Tomás Araya (cantante/bajista) salió orgulloso con su playera de la selección chilena. Hanneman y King (guitarristas) están hechos unas moles. Dave Lombardo (baterista) sigue con su onda alivianada machacando como pocos los tambores. War ensemble, raining blood, south of heaven… ¡Vaya rapidez con la que tocan estos gorilones! Había muchos fanáticos en la sala y se dejaron escuchar.

La noche terminó con Metallica. Para estas instancias, el volumen ya estaba a su máximo y, como era de esperarse, utilizaron pantallas gigantes, fuegos artificiales, luces… para complementar su espectáculo. También contaron con mayor tiempo en el escenario (75 min a diferencia de los 45 min que tocaron los demás). Tocaron varias rolas “viejitas” pero también varias del “negro”. Muy parecido a la vez que vinieron al Foro Sol (de hecho, el lugar era casi idéntico al Foro Sol). Ya casi para terminar, invitaron a todos los músicos al escenario y juntos tocaron Am I evil? Y terminaron con la clásica Seek and destroy.

Muy buena experiencia. Nunca será igual a un concierto en vivo, pero es una buena opción para espectáculos que difícilmente llegarán al país.

La imagen estuvo excelente, pero al sonido le faltó mayor poder en los bajos.

martes, 22 de junio de 2010

ESPANTAPÁJAROS 06

11

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.

Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.

¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!

Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.

Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.

Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.

De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.

Aunque parezca mentira –esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.

Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.

¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!



12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.


OLIVERIO GIRONDO
ESPANTAPÁJAROS
LOSADA
pp: 45-48

domingo, 20 de junio de 2010

viernes, 18 de junio de 2010

SE HACE CONSTAR

Un cuento de Francisco Hinojosa que apareció en Letras Libres en Mayo del 2009:

SE HACE CONSTAR

Al realizar labores de excavación superficial en el predio ubicado en la calle 7 número 16 de la colonia Insurgentes de esta ciudad, personal de la empresa constructora Copacabana S. A. informó a las autoridades acerca del misterioso hallazgo de unos huesitos que más tarde, con ayuda del servicio médico forense, se supo pertenecieron a un bebé de sexo femenino de aproximadamente seis semanas de nacido cuya probable muerte haya sido por asfixia o ahorcamiento, sin que hasta ese momento se pudiera relacionar con alguno de los casos de infantes desaparecidos reportados a las altas autoridades en años anteriores, mas los análisis de carbono 64 y las investigaciones llevadas a cabo posteriormente por el detective Ataulfo Brito Brito aportaron nuevos datos que condujeron a sospechar que los restos óseos de la finadita pudieran corresponder a la criatura que, bajo el nombre oculto de Selene Amistad, fue mencionada como posible víctima de su desalmada madre y su pervertido padre hace seis años, un 24 de diciembre, a quienes no pudo comprobárseles entonces homicidio alguno dado que no existió cuerpo del delito que ofrecer como prueba por parte del ministerio público acreditado, de lo que resultó una nueva orden de presentación de los presuntos sospechosos, los cuales habían terminado de purgar en sus respectivos reclusorios las penas a las que habían sido acreedores por otras infracciones a la ley distintas al presunto asesinato de su hija, a saber: robo a mano armada, asociación delictuosa y posesión de armas reservadas al uso del ejército, entre otras una bazuca de fabricación italiana, y a quienes se les asignó como defensor de oficio al licenciado Valerio Valdez Irapuato, abogado bien conocido en los tribunales por su pericia en el manejo de los llamados hoyos negros del derecho penal y procesal, padre de dos adolescentes drogadictos, casado en segundas nupcias con la señora Salamina Puertas, viuda de Antonio de la Llata y ex amante del procurador Encinas Maza, famoso él, el licenciado Valdez Irapuato, por haber ganado el caso de un narcotraficante que exigió el respeto de sus derechos humanos ante tribunales internacionales, célebre por haberse aliado con un senador, colega de profesión, en su litigio contra los bienes de la nación, y popular gracias a su desenvoltura en medios prostibularios, dicho abogado Valdez Irapuato aceptó con gusto y júbilo el caso de los presuntos responsables del asesinato de la bebé Selene Amistad en plena Noche Buena, presuntos a quienes tenía medidos por sus cuentas bancarias y que sabía pagarían los honorarios justos a sus servicios, de manera aparte si los defendía como jurista privado y no como servidor público asignado al poder judicial para representar a quienes no tienen acceso a abogados particulares, y en sus primeras diligencias logró acreditar que en efecto su clienta era la madre biológica y legal de Selene Amistad, pues estuvo encinta, acudió al sanatorio que le correspondía por su zona de residencia, fue atendida por los médicos en turno, parió un producto femenino de dos kilos trescientos diez gramos y cuarenta y ocho centímetros de altura, si a eso se le puede llamar altura, dio el pecho a la bebé a pesar de que la política del hospital se inclinaba por la fórmula lactante, se hizo acompañar de quien dijera ser su amasio y por lo tanto progenitor del fruto humano en cuestión y abandonó el nosocomio no sin antes haber convocado al registro civil asentado en dicha policlínica para llevar a cabo los trámites de ley que otorgan ciudadanía a los nuevos pobladores del país, con sus respectivos derechos y obligaciones, teniendo como testigos a una enfermera de apellido árabe el primero y español el materno y a un transeúnte de oficio joyero que un mes más tarde falleciera en un accidente aéreo, con dicha documentación en la mano el abogado Valdez Irapuato levantó un acta en la que se daba cuenta de la desaparición de la pequeña Selene Amistad, acta que no había sido levantada antes de que los padres fueran sospechosos del infanticidio dada la inexistencia del cadáver, y que luego, en las audiencias, representaría un argumento a su favor en el juicio, y habiendo concluido con dicho procedimiento presentó demanda contra la constructora Copacabana S. A. por haber incurrido en irregularidades internas al denunciar como hallazgo de relevancia ante la autoridad los huesitos de un ser humano de pequeña complexión, cuando el procedimiento interno de la empresa, según consta en el manual de operaciones vigente, indica que quienes hicieron el hallazgo debieron informar primero al órgano de control interno antes que a las autoridades federales, hecho que inculpa a los señores Abundio López Iñárritu, alias el Buitre, y a la señora Martha Isabel Larra Mena, conocida como la Bestia, ambos pertenecientes al grupo de supervisores “b” de la constructora, como infractores de las normas aprobadas por la Secretaría del Trabajo y firmadas por los representantes sindicales en el contrato colectivo de trabajo, luego de lo cual el defensor Valerio Valdez Irapuato solicitó ante la instancia judicial la suspensión acusatoria de sus clientes, que ya para ese momento, desconfiados y temerosos, tomaron las previsiones necesarias y se dieron a la fuga con la mira puesta en una isla del Caribe, pero realizada de manera inoperante, ya que fueron reaprendidos como fugitivos, y no como presuntos filicidas, en el aeropuerto de una ciudad colonial, famosa por sus iglesias del siglo xvii, y llevados en helicóptero de ocho plazas a las oficinas centrales de la Procuraduría para ser interrogados en calidad de contrademandados por el Buitre y la Bestia, que días antes se habían apalabrado con el abogado Valdez Irapuato para que los representara, al tiempo que se desistiera de defender a sus ex-clientes a cambio de una mejor paga y de solventar la amenaza que en su contra tenía respecto del posible secuestro de sus hijos adolescentes, ambos drogadictos, por parte de un grupo delictivo urbano, motivo por el cual el legista cambió de bando, y luego de un careo de oficio inculpó a sus ex representados de haber ahorcado a la pequeña e indefensa Selene Amistad en la Noche Buena como ofrenda solicitada por el párroco de su iglesia para expiar sus culpas pederastas, homicidio confesado en corto por ellos y captado por él con su grabadora de lapicero ese mismo día, aunque desmentido por los presuntos reinculpados, quienes dijeron no conocer párroco alguno ni estar de acuerdo con someterse al polígrafo o al suero de la verdad o a lo que fuere, a sabiendas de que no tomarían en cuenta su petición, puesto en duda por el juez penal asignado al presentarse como prueba de cargo y considerado sospechoso por los medios masivos que cubrían la noticia, previa rueda de prensa, sin saber que los responsables de la prematura muerte de la inocente bebé, padre y madre, habían tenido la noche anterior un encuentro asexuado a través del líquido seminal que viajó un par de horas en estéril recipiente gracias a la intermediación de una persona de sus confianzas, de oficio periodista gráfico, y del que se derivaría un nuevo embarazo de dudoso pronóstico debido a la edad de la progenitora y al desorden mental que padecía, tanto como a la condición de salud física del eyaculador, mermada por el alcohol, el tabaquismo y el estrés, hecho que sin embargo no dio motivo a concluir de manera definitiva las investigaciones tendientes a desentrañar el caso, y que cuatro meses después, un día antes de otra afortunada Noche Buena, permitieron dictar sentencia absolutoria y liberar a los presuntos homicidas y futuros padres, así como dar por terminadas las audiencias: que conste. ~

lunes, 14 de junio de 2010

jueves, 10 de junio de 2010

EL SECRETO DE SUS OJOS

Hace más de dos meses, visitando la Argentina, encontramos en cada esquina, paquetes (novela/película) de El secreto de sus ojos. Todo mundo hablaba de ella; se proyectaba de nueva cuenta en los cines... Ganó el Oscar a mejor película extranjera... Inexplicablemente, no compramos el paquete.

Ayer, decidimos celebrar nuestro primer aniversario yendo al cine (previa cena). La cartela comercial daba pena, pero casi perdida entre tantas funciones de El príncipe de Persia y Sex and the city 2, encontramos esa película de la que todos los argentinos hablaban.

Creía que esta película sería histórica y que trataría, de nuevo, el tema de la dictadura... Me sorprendió totalmente. (Otra ventaja de no leer las sinopsis)

La historia (basada en la novela homónima de Eduardo Sacheri) fluctúa entre el año 1974 y el 2009. Benjamín Esposito (Ricardo Darín) es un abogado del Juzgado Penal que acaba de jubilarse y decide escribir una novela basada en el caso más difícil que enfrentó (y que le cambió dramáticamente la vida).

Con base en sus recuerdos nos vamos enterando de la historia: una hermosa joven, Liliana Coloto (Carla Quevedo) fue brutalmente violada y asesinada. Esposito quedó totalmente afectado, sobre todo, por el gran amor que le profesaba su esposo, Ricardo Morales (Pablo Rago) y llegará hasta las últimas consecuencias, al lado de su inseparable amigo Pablo Sandoval (Guillermo Francella), para dar con el asesino.

Después de 25 años aún quedan cabos sueltos. Esposito se vuelve a poner en contacto con su antigua jefa del Juzgado, Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil): una bella abogada que desde que llegó al Juzgado 25 años atrás, cautivó su corazón; nunca se lo confesó.

Poco a poco, ayudado por sus recuerdos, Esposito irá hilando los cabos sueltos hasta llegar a una aterradora conclusión.

De primera instancia, parecería un buen capítulo de CSI, Criminal minds o Cold case, pero su verdadero secreto es la forma en la que nos cuenta la historia:

Tomas cercanas, íntimas, que transmiten el verdadero sentir de los personajes.

La ambientación (en la parte de 1974) es impecable.

La transformación de los personajes (maquillaje) después de 25 años es totalmente creíble.

Excelente casting: cada uno de los personajes es brillantemente interpretado, pero el que sobresale llevándose la película es Guillermo Francella, sí, ese cómico que nos hacía reír con Poné a Francella y que recientemente lo vimos interpretar a Batuta: el promotor deportivo en Rudo y Cursi. Pablo Sandoval es un personaje muy humano: puedes sentirlo. Sus virtudes y defectos lo hacen cercano, bien pudiera ser tu tío, tu papá o tú mismo dentro de algunos años. Audaz, divertido, pero a la vez deprimente. Pieza clave en la historia.

Diálogos filosos, audaces, divertidos: totalmente argentinos.

Como mencioné, las tomas son cercanas de ritmo pausado, pero al llegar el clímax da un giro sorprendente: de una sola toma, nos pasea por encima de un estadio de fútbol (Huracán) para luego meternos a la barra (porra) donde están Esposito y Sandoval buscando al probable asesino, Isidoro Gómez (Javier Godino). Justo cuando lo encuentran, el Racing anota un gol y la barra festeja; la cámara se sacude y brinca haciéndonos sentir parte de la barra. Después seguimos a Isidoro en su huida. ¡Todo de una sola toma! Sin duda, una de mis secuencias favoritas de todos los tiempos.

Esta historia de crimen es aderezada con temas como: la (in)justicia en los países latinoamericanos, la corrupción y, sutilmente, de la dictadura.

Saldrás preguntándote si realmente cumple su cometido nuestro sistema de justicia.

Todo cuadra, no se le va nada al director (Juan José Campanella).

Emotiva, o como diría The fool: quita-risas.

Más que merecido su premio a mejor película extranjera y, en lo personal, mil veces mejor que Zona de miedo (The hurt locker).

Tienen que verla.

miércoles, 9 de junio de 2010

QUINTAESENCIA

Para Ana. Celebrando un año de una fantástica relación.

QUINTAESENCIA

Tu aroma transgrede mis ollares.
Su breve paso por la nariz me hace soltar más de un suspiro.
Con un simple roce, hace estallar las fosas lacrimales.
Profana las retinas incrementando el astigmatismo.
Se implanta en el cerebro.
Allí, se divierte en los toboganes de mis pensamientos
para luego salir al pronunciar tu nombre.

martes, 8 de junio de 2010

ORTODONCIA

Ortodoncia, perteneciente a Una violeta de más (1968) de Francisco Tario:


Ortodoncia

Nos bastó con ver entrar a mi padre, para que todos nos diésemos cuenta al instante de que tampoco aquella nueva dentadura que ensayaba hoy era la adecuada. Mi madre y mis tres hermanos menores nos hallábamos a la mesa, y todos, intempestivamente, rompimos a reír a un tiempo. Mi padre cruzó de largo, cubriéndose con disimulo la boca, y se le oyó, un poco más tarde, encerrarse en el cuarto de baño. Allí permaneció un buen rato y a continuación volvió a salir, golpeando con malhumor la puerta. Con una voz que nadie le conocía en la casa, anunció desde su habitación que por esta vez no sentía apetito y que podríamos continuar almorzando sin él. Pero ya nadie conseguiría probar bocado, a causa de aquella maldita risa que nos había acometido a todos. Ni siquiera mi propia madre lograba mantenerse seria. En el fondo era atrozmente burlona y también ella reía a carcajadas, sin dejar de hacer referencia a aquel deplorable armatoste con que mi padre se había presentado ese día.

Mi padre era un hombre apocado, bilioso, y desempeñaba un alto cargo en una modesta empresa, donde era muy estimado por su eficacia. Por qué razones volvió un buen día sin un solo diente en la boca, fue algo que a ninguno de sus cuatro hijos nos fue dado conocer con exactitud. Se nos dijo que aquel trabajo suyo, rutinario y poco higiénico, le había dañado las encías, consumiéndole, de paso, ciertas sustancias básicas, indispensables, para cualquier organismo. Pero el hecho es que, una tarde que me encontraba solo en la casa, le vi venir por el pasillo con tal expresión de confusión y amargura, que no pude menos que salir a su encuentro y preguntarle qué desdicha le había ocurrido. Torció el gesto con desdén y soslayó evasivamente que le dolía un poco la cabeza. Pero ya mostraba desde entonces aquella desoladora expresión, que no le abandonaría en lo sucesivo, y que era como si un boxeador de peso pesado le hubiese incrustado la nariz en la boca.

No éramos económicamente poderosos, de suerte que el asunto de la nueva dentadura no dejó de ocasionar trastornos familiares. En principio, se hizo un recuento apresurado de nuestras reservas bancarias, cuyo resultado no fue muy esperanzador, visto lo cual mi madre procedió a reorganizar la economía doméstica, despidiendo, para empezar, a la sirvienta, y, cuando las cosas fueron agravándose, impidiendo que mis tres hermanos y yo continuásemos nuestros estudios. "La ortodoncia -—afirmaba mi padre por aquella época— ha hecho indudables progresos, pero desgraciadamente no se encuentra todavía al alcance de cualquier bolsillo." No fue la nuestra una situación precaria, pero sí fastidiosa, y que interrumpía un sistema de vida que prometía ser ya definitivo. Tenía yo, por aquel tiempo, doce años y el mayor de mis hermanos catorce, razón de sobra para que, tanto él como yo, aceptásemos un trabajo que ayudara a solventar los compromisos que esta imprevista calamidad trajo consigo. Sin embargo, como el problema no consiguió resolverse en el plazo que se preveía, la situación sí llegó a hacerse embarazosa y originó más de una desavenencia en la casa. Reinaba el malestar a toda hora, y hoy pienso que había motivos bastantes para que así fuera.

Por lo visto, una muy singular condición de las encías de mi padre impedía que los especialistas hallasen una solución más o menos satisfactoria al conflicto. O los dientes que le aplicaban resultaban excesivamente estorbosos, hasta el punto de impedirle cerrar con naturalidad la boca, o pecaban por insuficiencia, en cuyo caso mi desdichado padre tenía que andar a toda hora del día recogiendo del suelo o de la mesa aquel defectuoso armatoste, que a duras penas se conservaba en su sitio. Ya era atándose los zapatos, o pidiendo el desayuno, o contestando simplemente el teléfono, el armatoste comenzaba a oscilar, le dificultaba el uso de la palabra y por fin rodaba por tierra, con un sonido tan peculiar que llegó a hacerse casi indispensable en la casa. Bastaba, en ocasiones, un estornudo o el deseo de que pasásemos buena noche, para que el aparato dental saliera proyectado, ante el asombro de todos. Otros ensayos posteriores tampoco dieron el resultado apetecido, pues hubo incluso algunos que le modificaron la expresión de su rostro, transformándolo en un hombre cruel o vanidoso, o bien en un ser enteramente impersonal que chupara sin cesar un caramelo. La que consideramos por aquel entonces la última prueba, la definitiva, resultó ser, en apariencia, la más satisfactoria, pero, en cambio, tenía la rara particularidad de impedirle pronunciar ciertas palabras, lo que daba origen muy a menudo a que, en el transcurso de una conversación, mi padre quedase de pronto enmudecido y como atrapado en una ratonera. Entonces comenzaba a titubear, perdía el control de sí mismo y lo único que conseguía, con su nerviosidad, era escupir a todo el mundo, captándose la antipatía de sus interlocutores.

Esta vez, mediante un supremo esfuerzo —al que contribuimos todos—, mi padre consultó a una eminencia, de cuya visita regresaba ahora. Pero tampoco el éxito pareció acompañarle, pues, mientras tomábamos el postre, oímos cómo mi padre abría la ventana de su cuarto y la volvía a cerrar con violencia. Mi madre se puso de pie, pálida como una muerta, y prorrumpió con voz tensa:

—¡Creo que se ha suicidado!

Nadie acertó a descifrar si se trataba de una broma de mi madre o su temor era justificado, pero el caso es que la vimos entrar en la habitación contigua y tropezarse con mi padre, que volvía de la ventana. Se entabló entre ambos una discusión muy agria que nos arruinó la comida, pues mi padre, con la boca vacía, intentaba defenderse de los cargos que se le atribuían, utilizando para ello unos términos tan extraños y confusos que nadie supo a ciencia cierta lo que defendía. Mi madre era implacable en tal aspecto y le ordenó de muy mal modo que dejara de tirar el dinero por la ventana. Entonces mi padre se enfureció todavía más y comenzó a dar vueltas por el cuarto, con la expresión de un enajenado. Instintivamente todos volvimos a reír, escondiendo la cara en el plato. Por las noches, desde hacía ya una buena temporada, oíasele ir y venir por los pasillos —muerto de hambre, supongo—, a la caza de más puré. Era cuanto comía, y no sin cierto esfuerzo. Había enflaquecido notablemente y se había vuelto más desconfiado, más inestable y puntilloso. No es que mi padre fuese un ser superficial o frívolo, ni que pretendiese hacer ver lo que no era, pero le agradaba vestir con una discreta elegancia y causar buena impresión a las visitas. Quizá este aspecto suyo de ahora le originase una depresión secreta, o su atención estuviese puesta en otros asuntos más graves, pero el hecho es que se le veía taciturno, inseguro, y que evitaba salir por salir a la calle, intentándolo únicamente en los días lluviosos, cuando creía poder pasar inadvertido bajo el paraguas. De ordinario mantenía la boca muy bien cerrada y, si se le forzaba a hablar, se encogía mañosamente de hombros. Pero no bastaban estos ardides suyos, porque nadie había dejado de notar el gran drama que se desarrollaba en su alma y que ya empezaba a trascender al exterior. Todo su empeño actual, por lo visto, consistía en hacer frente a la situación de un modo digno y llevadero, sin que le resultara fácil, en tal sentido, tomar una resolución definitiva, ni siquiera provisional, pues si, en un caso, por ejemplo, parecía recomendable que se dejara crecer el bigote, en otros, por el contrario, el bigote resultaba improcedente, dando la impresión de que no era sólo el bigote lo que mi padre exhibía, sino también el propió cepillo de dientes, que por una rara omisión hubiese olvidado en la boca.

Habían transcurrido seis meses, y ya andaba por la séptima dentadura, cuando mi madre le llevó aparte para decirle:

—Valdría la pena olvidar este asunto, pues vamos camino de la ruina.

Mi padre se ofendió justificadamente, arguyendo que su trabajo le había costado reunir aquel dinero, y que no se hallaba dispuesto a privarse de lo necesario en beneficio de los caprichos ajenos. El necesitaba comer, alimentarse como todo el mundo, cambiar impresiones con sus amigos y, sobre todo, conservar su puesto de trabajo. Tampoco le parecía muy dignificante que nos burlásemos de él a toda hora. Lo había tomado a capricho y se sentía herido en su amor propio. Generalmente, al cruzar frente a nosotros, lo hacía con expresión huraña, tratando de darse importancia o de infundirnos mayor respeto; mas, una y otra vez, sorprendíamosle mirándonos de reojo, un poco encogido el cuerpo, según suelen hacer los perros ante el temor de un desaguisado.

Conservaba en su armario una respetable colección de artefactos que se probaba sin cesar por las noches, cuando suponía que todos dormíamos. Pero teníamos tan avezado el oído, que le sentíamos abrir y cerrar los cajones, encender a hurtadillas las luces y producir aquel ruido inconfundible, como si revolviera nueces, que sacaba de quicio a mi madre. Por las mañanas, amanecía ojeroso y desmejorado, y todo cuanto lográbamos sacar en limpio de lo que hablaba se refería a los infortunios del mundo y a la nociva humedad del invierno. Sus pensamientos debían ser, en general, pesimistas, y cierta vez nos dejó entrever que nadie debería darse por sorprendido si le despedían de su puesto. Con la dentadura en la mano, pronunció, una noche, esta desconsoladora frase:

—¡Se nos viene encima la guerra!

Mi madre, obviamente amargada, no cesaba de zaherirle:

—¡Procura pronunciar bien las ces o no te entenderemos ni una palabra!

Y como él diera en tartamudear, agravando el galimatías, mi madre subía el tono de voz, mirándole fijamente a los ojos:

—¡Que no me hables así! ¡Te lo prohíbo!

Poseía él una rara habilidad para acomodarse la dentadura sin utilizar los dedos. Lo único verdaderamente chocante era aquella sonrisa forzada que se veía obligado a dibujar al hacerlo, y que tan poco tenía que ver con lo que se entiende por una sonrisa. Si, por casualidad, fallaba en su cometido, y la dentadura rodaba sobre la alfombra, mi madre se inclinaba para recogerla, sosteniéndola con las puntas de los dedos.

—¡Toma! —le decía con asco. Y mi padre la aceptaba sumiso, rojo como una amapola.

Ciertamente su sonrisa, en semejantes trances, distaba mucho de ser espontánea y le hacía pasar injustamente por un consumado hipócrita. Mi madre captaba esto al punto y le recriminaba con dureza:

—¡O te la quitas para reír o me temo mucho que llegaré a aborrecerte!

Todo el mundo se preguntaba ahora cómo y dónde pudo él haber tenido un día los dientes, y qué aspecto podría haber ofrecido su rostro por aquel tiempo. La eminencia que lo trataba ahora le había prometido, en desagravio, hacer una mención muy especial de su caso en los próximos congresos. Siguiendo las instrucciones médicas, se oía a mi padre ejercitarse a toda hora, unas veces valiéndose de una esponja o de un trozo de corcho, o practicando cierta complicada gimnasia local, que llevaba a cabo siempre bajo llave. Desde el pasillo sentíasele forcejear y gemir por lo bajo, entrechocar las mandíbulas y lanzar quejas o improperios. Producía ruidos inesperados en la mesa o persistía en su afán de sonreír sin ton ni son, mirándonos después a todos con expresión culpable. Solía morderse a menudo la lengua, y esto lo desesperaba.

—¡Ya, ya te ves mucho mejor! —le decía con sorna mi madre—. ¡Por lo menos, ya vas engordando!

Vista la dentadura al trasluz en el vaso, parecía una soberbia pieza que recordaba a las estrellas de mar. Pero trasladada a su sitio y puesta a trabajar formalmente, su aspecto era ya distinto y hasta resultaba bochornosa. Tal vez la imperfección fuese minúscula, pero sus consecuencias eran catastróficas.

Y un buen día tuvo lugar lo inconcebible, lo que ni el más sagaz especialista podía haber tenido previsto: que a mi padre empezó a apuntarle un nuevo diente. No se trataba, es claro, de una afirmación a rajatabla, sino de una mera suposición, que requería ser confirmada. Llamó con toda urgencia al odontólogo, y a las seis en punto de aquella tarde ya estaba sentado en la clínica. Mi madre se negó a acompañarle, pretextando que tenía un resfriado. Fue una espera larga, llena de toda suerte de incertidumbres. Nos habíamos reunido en la sala y mi madre no dejó de cavilar ni un momento, exigiendo repetidas veces que nadie la interrumpiera. Se oía el reloj al dar las horas o caer la lluvia contra los cristales, sin que ninguno de nosotros osara moverse ni distraer a mi madre en sus reflexiones. Por fin, cuando hacía ya una buena media hora que se había hecho de noche, sentimos cómo mi padre introducía la llave en la cerradura y entreabría, poco a poco, la puerta. Todos nos pusimos de pie, con el alma en un hilo. Tardó un largo rato en entrar, haciéndose, sin duda, el interesante, aunque después escuchamos, atónitos, que el milagro se había realizado. El veredicto del odontólogo no pudo ser más favorable, y un viento saludable y fresco, ya olvidado, volvió a recorrer la casa, como anunciando a sus moradores el comienzo de otra etapa más feliz.

—¡Está aquí, aquí mismo! ¿Le veis? —proclamó él con entusiasmo, todavía sin trasponer la puerta, abriendo exageradamente la boca, a fin de que no nos diésemos por engañados.

Mi madre trajo una lámpara de mano y, llevando al interesado a la luz, todos fuimos comprobando por turno la presencia de aquella diminuta cresta blanca de la que dependían tantas cosas en la casa.

—¡La vida es maravillosa y está llena de misterios! —comentó, al fin, mi padre, cerrando con respeto la boca.

No era propiamente un diente lo que, en realidad, le apuntaba a mi padre, sino una lejana muela, aunque para el caso daba lo mismo. Y como si se tratara de un diamante en bruto, el cuidado de la familia, a partir de la lluviosa tarde, se centró en aquella puntita blanca, con la cual mi padre iba y venía ahora a su trabajo. Los alimentos se seleccionaron escrupulosamente, tanto por lo que atañía a su consistencia como a su temperatura, pues, al decir del odontólogo, ambas cosas eran interesantes y había que vigilarlas con esmero. Antes de irnos a la cama, mi padre nos conducía a la sala, abría con paciencia la boca y nos pedía que lo examináramos sin prisas, exponiendo nuestros puntos de vista. Aquello progresaba. Había que tener fe. Y reinó de nuevo el bienestar en la casa, y más tarde la alegría, cuando el milagro fue haciéndose físico y ya nos resultaba posible introducirle un dedo en la boca para acariciar aquella áspera cima que se iba coronando de nieve. El proceso inflamatorio había desaparecido, y cierta noche fuimos al teatro. Volvimos a sacar en grupo al perro. Y mi madre comenzó a pensar ya seriamente en comprarse nuevos vestidos.

Durante aquellas venturosas semanas en que la muela fue desarrollándose y hasta adquiriendo cierta belleza, mi padre parecía otro hombre, como si hubiese rejuvenecido. Podía ya morder una banana, triturar un gajo de naranja, aventurarse con un huevo cocido. Masticaba aún sin orden ni concierto, inclinando a un lado la cabeza y guiñando nerviosamente un ojo; pero mi madre mostraba ahora una paciencia ejemplar y, entretanto él se hallaba absorto en su penosa tarea, fingía ella mirar por la ventana, con el fin secreto de no cohibirle. Su lenguaje empezaba ya a ser comprensible, y hasta florido, y no cesaba de iniciar conversaciones de toda índole, recreándose con la música de las palabras. Sin que viniese a cuento, hacía llamadas por teléfono o se enfrascaba en interminables pláticas con los vecinos.

—¿Cómo decía yo antes? —insistía en preguntarnos riendo, burlándose de sí mismo, evocando ingratas memorias.

Y todos replicábamos a un tiempo, regocijándonos también:

—¡Pues decías oa! ¡Oa! ¡Eso era lo que decías cuando querías sopa!

O nos narraba historias de su niñez, entristeciéndose o alegrándose con ellas, según fuese oportuno. Volvió a prestar atención a su trabajo y nos tenía muy al corriente de las triquiñuelas de su clientela. Fue mi madre quien, en cierta ocasión, le impidió arrojar por la ventana toda su colección de dentaduras, en su súbito acceso de euforia.

—¡Uno nunca puede saber! —le previno ella, arrebatándoselas de la mano—. ¡Imagina que el día menos pensado se interesara el museo por ellas!

Ya estaba, pues, allí la muela en toda su plenitud. Era una sola pieza, sólida, grande y cuadrada, de color gris acero, como un perdigón gigante. La cepillaba amorosamente con agua muy bien hervida y exigía que para tal ceremonia reinara un completo silencio en la casa. Había aprendido a hacer mil maravillas con ella, e incluso llegó a masticar con soltura ciertos alimentos que parecían resistírsele, siempre y cuando lograra dar bien en el blanco. A cada nuevo bocado, todos dejábamos de comer y le observábamos, anhelantes, en espera del resultado. Entonces él masticaba con calma, mirando atentamente el muro, como escuchando algún ruido, y cuando ya parecía estar seguro de su éxito, echaba el cuerpo hacia atrás, se llevaba la servilleta a los labios y bebía uno o dos sorbos de vino. Adoptando una naturalidad del todo falsa, argumentaba:

—Parece que se va descomponiendo el tiempo.

O:

—¿Quieres pasarme la sal?

Llegó puntualmente su cumpleaños, y él mostró desde temprana hora un verdadero empeño en festejarlo a lo grande. Habíamos terminado de cenar ese día y ya estaba la champaña sobre la mesa. Reinaba un regular barullo en la casa, sin que nadie dejara de reír y hablar y de encontrar divertido hasta aquello que distaba mucho de serlo. Tal vez se nos hubiese subido el vino a todos o diésemos ya por sentado que la felicidad más completa había hecho acto de presencia entre nosotros. ¡Cuan lejos estaba de ser así! Porque, de pronto, mi padre echó mano a uno de sus bolsillos y extrajo un misterioso paquete, que todos contemplamos con susto. Después volteó con osadía el paquete, y el susto de todo el mundo fue en aumento, porque una porción de avellanas tostadas fue rodando sobre el mantel, hasta quedar, por fin, inmóviles entre los platos, como aves de mal agüero. Hubo un instante de zozobra, según acontece cuando estalla un relámpago y las casas se quedan a oscuras. Mi padre, llevado por su entusiasmo, había tenido la atroz ocurrencia de festejar su cumpleaños comiendo una avellana —una sola, decía— en presencia de sus familiares. Mi madre intentó proferir algo, pero no lo conseguiría nunca, porque mi padre había elegido ya la avellana y la sostenía entre sus dedos, mirándola desafiadoramente. A poco, se la introdujo en la boca, la hizo girar con la lengua y, sin dejar de observarnos, la ubicó cuidadosamente. Notamos cómo cerraba la boca, afinaba la puntería, entornaba los ojos y dejaba caer la mandíbula. Hubo un inquietante silencio y después un espantoso chasquido. Mi madre dejó escapar un grito de angustia y la cáscara saltó en mil pedazos. Tras otro nuevo silencio, se oyó un murmullo de asombro y los primeros aplausos. Fue muy emocionante, sin duda, y para mí una experiencia inolvidable. Mi madre dejó escapar una lágrima y expresó con voz entrecortada algo así como que podíamos considerarnos salvados y que deberíamos dar gracias al cielo. Puesta de pie, besó a mi padre en la frente, quien traía y llevaba la avellana en la boca, como quien pasea airosamente un trofeo. Después la fue humedeciendo golosamente, haciéndola rodar otro poco, jugando traviesamente con ella, hasta irla tragando sin prisas, saboreándola a su gusto. Se bebió champaña por segunda vez y, quién más quién menos, se sintió enardecido con ello. Se contaron chascarrillos ya conocidos, se revivieron tiernas historias, se hicieron proyectos a breve plazo y se tocaron temas de actualidad. Jamás nadie recordaba a mi padre tan brillante como esa noche, tan espectacular y jovial. Aquella estúpida fuga de dinero, que tanto nos acongojara a todos, parecía haber sido superada a la postre. Llegó la medianoche y aún continuábamos bebiendo y festejando al homenajeado, quien pedía ahora un mondadientes. Después nos fuimos a la cama y la casa quedó a oscuras y en silencio, como todas aquellas casas donde no ha ocurrido nada de particular. ¡Pero quién se habría atrevido a vaticinar a tales horas lo que nos tenía reservado el nuevo día! Porque, muy entrada la mañana, cuando todos, salvo mi padre, continuábamos durmiendo a pierna suelta, una infausta voz nos anunció por teléfono que mi padre había sido arrollado y muerto por un tranvía.

—¡El miserable! —lo acusó, medio dormida, mi madre.

Aunque rectificó, sentándose:

—¡Que Dios lo haya perdonado!

Su cama, como es corriente en estos casos, se hallaba, en efecto, vacía, y, perdida entre las sábanas, a manera de piadosa reliquia, aparecía la ingrata muela, fría, fea, de color gris acero, todavía con sus buenos residuos de avellana. Esto último fue, de todo, lo más conmovedor y dramático, y lo que hace que todavía hoy se me salten de rabia las lágrimas cada vez que amanece un día nublado o que sorprendo a mi madre, sentada en un rincón de la sala, suspirando y comiendo avellanas e inquiriendo de todo el mundo en la casa, en un tono que no deja de ser burlón:

—¡Adivina! ¡Adivina qué me recuerda esto!


FRANCISCO TARIO
Una violeta de más
Joaquín Mortiz
p.p: 157-167

jueves, 3 de junio de 2010

ESPANTAPÁJAROS 05

9

¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?

Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.

Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.

¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina; al atravesar una multitud? ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?

La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.

Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes.

Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto al otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.


10

¿Resultará más práctico dotarse de una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo cariado?

Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un tranvía me susurró al pasar: “En la vida hay que sublimarlo todo… ¡no hay que dejar nada sin sublimar!”

Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador… de rematador sublime, se sobreentiende.

Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime. Lo que hasta ese momento me producía hastío o repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros postales, del adulterio al escorbuto.

¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial -¡muchísimos más genial que ciudadano!- con ideas embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los vehículos existentes, desde la intuición a los zancos! ¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encienta una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...

¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y afrodisíacas!...

Que otros practiquen –si les divierte- idiosincrasias de felpudo. Que otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de charol.

Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por experiencia propia, que en la vida no hay más solución que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto de vista de la sublimidad.

OLIVERIO GIRONDO
ESPANTAPÁJAROS
LOSADA
pp: 39-43

miércoles, 2 de junio de 2010

XANTO: NOVELUCHA LIBRE

Xanto: novelucha libre de José Luis Zárate es una de esas novelas que se tiene que leer si uno pretende conocer a fondo la literatura fantástica.

Novela de culto que desde el prólogo te abduce:

La ciudad ardía. Las llamas giraban sobre sí mismas, crepitando, hablando su idioma de fuego. El cielo estaba a punto de ser incendiado por el calor. Los automóviles habían decidido que era el momento de contribuir al caos general y estallaban elevándose como si algo gigantesco les hubiera dado una patada en la cajuela.
Los supervivientes no deseaban tener nada que ver con un incendio tan espléndido, y huyeron despavoridos sin detenerse a admirar los cuartos en llamas. En ellos parecía que se efectuaba un congreso de poltergeists flamígeros que destruían aquello que tocaban, y estaban dispuestos a tocarlo todo, saltando por las ventanas, bailando con el fuego y llamando a todas las puertas. Era un grupo con mucha iniciativa. Y aun así no se atrevían a entrometerse en territorios del Visitante, el ser de los mil ojos, devorador de mundos. El humo se desviaba para no tocar a ese ser, el calor prefería dejarle sitio al frío. El ojo del huracán de llamas, un sitio oscuro en donde reinaba su terrible morador.
Quienes huyeron no tenían, en ese instante, el don de la perspectiva. Según su punto de vista, el mundo se acababa en ese instante, pero, después de todo, viéndolo fríamente (que, por cierto, era la única forma en que podía verlo el Visitante: fría, calculadora, pragmáticamente) todo ese alboroto no era más que una ciudad arrasada. Unos pocos kilómetros en un mundo terriblemente ancho. Un buen inicio que no sería excelente hasta que el planeta entero estuviera envuelto en ese fuego purificador. De saber cómo hacerlo habría sonreído, feliz. Pero el Visitante estaba anatómicamente imposibilitado para ello.
La devastación era su territorio, y el desastre, su trono.
Pero algo, alguien, caminaba a su encuentro, una figura extraña aún en ese entorno. El calor infernal tal vez justificara que el hombre que se aventuraba en la tormenta de llamas tuviera el pecho descubierto, y la máscara podía ser un buen sistema para filtrar el aire sobrecalentado, y las botas plateadas daban el aspecto de estar hechas del incombustible amianto, pero… ¿qué decir de la magnífica capa que ondeaba detrás de él? Una capa que flameaba con suavidad, enmarcándolo heroicamente. Un hombre, sólo eso, sin armas, pero avanzando como si con él fuera más que suficiente para enfrentarse a algo cuyo poder era casi infinito.
¿Y por qué no?
El hombre entre el fuego, dirigiéndose hacia la oscuridad donde moraba el Visitante no era otro que Xanto, El Luchador de Las Multitudes.

Sus 172 páginas están llenas de acción, de imágenes alucinantes, delirantes y de un humor negro, inteligente, filoso.
Personajes y situaciones totalmente empáticos.

Para contar una buena historia fantástica, se tiene que colocar un barandal para que el lector se agarre y no se pierda. Zárate lo hace magistralmente: sustento científico, mitos y folclor propios de nuestra cultura, diálogos y sentimientos reales.

Tributo ejemplar al “demiurgo de Providence”, Howard Phillips Lovecraft. Toma su universo malsano y lo extrapola a nuestra sociedad. Lo actualiza y lo integra perfectamente a nuestro folclor.

¿Qué es la realidad? ¿Qué es un héroe?
Preguntas que se responderán en esta gran novela de José Luis Zárate.

Afortunadamente, Zárate dio una plática en el Diplomado de literatura fantástica y ciencia ficción donde me hice de esta gran obra que, increíblemente, es difícil de conseguir (como toda obra de culto). Tendrán que rascar en librerías de viejo o contactarlo directamente aquí.

JOSÉ LUIS ZÁRATE
XANTO: NOVELUCHA LIBRE
PLANETA

"Es un libro en que la cordura y el delirio se dan de la mano. José Luis Zárate hace con el Xanto y el mexicanísimo género de las luchas, lo que Miguel de Cervates Saavedra hizo con su Quijote y la novela de caballerías: sin abandonar los mitos y el folclor de la lucha libre, el autor nos entrega una obra llena de gozosa ironía y crítica social, la cual entretiene mientras asesta duros golpes a la corrupción y muchos otros males que nos aquejan cotidianamente."

martes, 1 de junio de 2010

lunes, 31 de mayo de 2010

BERNAL 04

Tres cuentos donde aparece Dios de Ricardo Bernal:


NAUFRAGIO

Hasta donde alcanza la vista, el océano está cubierto de cajas oblongas, baúles, cofres herrumbrosos; todos cerrados con llave o con cadenas y candados de bronce. Las olas los mueven en una alucinante danza, y la luna, amarilla y menguante, vierte una líquida telaraña de luz sobre la escena. Nosotros permanecemos en la isla, hablamos poco, nunca nos miramos: sabemos que ningún barco vendrá a recogernos. La única salida: caminar de baúl en baúl, brincar de caja en caja con el miedo revoloteando alrededor de nuestras cabezas y el hambre como un cangrejo destrozándonos las tripas. Entonces la mano de Dios, brutal, incandescente, surge de entre las nubes y nos arroja un racimo de llaves.



RELOJERÍA

En la parte superior del reloj de arena: ciudades milenarias rodeadas por desiertos de lumbre sólida, soles agudos que calcinan huesos de estegosaurios, caravanas de camellos sedientos y esclavas vendidas mil veces. En el centro: un hoyo de arenas movedizas que arrastra hacia el infierno a todo aquel que osa acercarse demasiado…

En medio del reloj de arena: granos que caen, cada grano una vida, un planeta, una galaxia que muere para reencarnar en otro plano.

En la parte inferior del reloj de arena: océanos sin islas ni continentes, monstruos marinos devorando monstruos marinos, un esquizoide barco fantasma bailando al compás de mareas abstractas. Dentro del barco: un camarote, dentro del camarote: una mesa, encima de la mesa: un mapa carcomido y la única foto de Dios: sonriente, barbado, sudoroso y enrojecido, mirando de frente a la cámara y saludando desde la entrada de la relojería.



CUERDAS

Todos los gurús, hierofantes y monjes están de acuerdo, para alcanzar el Reino de los Cielos hay que trepar por las cuerdas que cuelgan desde lo alto: millones de cuerdas plateadas, eternas, resplandecientes como chorros de luz. Sin embargo, desde hace varias semanas numerosos monstruos bajan por las cuerdas e invaden los bosques, las islas, las ciudades. Se alimentan de carne humana, beben sangre fresca directamente de las venas, nunca duermen. En la desesperación, hombres temerarios encuentran algunas cuerdas libres, pero al trepar pronto descubren, a veces a varios kilómetros del suelo, que un nuevo monstruo baja, hambriento, vertiginoso, apocalíptico. Nadie hubiera imaginado este final… la luz del sol es más tenue cada día; la enorme luna madre pare nuevas lunas cada noche: por cada ser humano hay ahora veinte monstruos.

Arriba, en las praderas del Cielo, Dios también corre de un lado a otro buscando una cuerda libre.


Imagen: The ancient of days; William Blake

jueves, 27 de mayo de 2010

ESPANTAPÁJAROS 04

7

¡Todo era amor… amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.

Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.

Amor de cartón piedra, amor con leche… lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.

Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas…

Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso…

Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.

Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.

Amor impostergable y amor impuesto. Amor incandescente y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amoramor que es, simplemente, amor. Amor y amor… ¡y nada más que amor!



8

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W.C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo –me pregunto- todas esas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me haría reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.


OLIVERIO GIRONDO
Espantapájaros
Losada
pp: 23-37

lunes, 24 de mayo de 2010

FIC 03

Todo aquél que gusta del rock, sabe de las leyendas de los músicos de blues del sur de los Estados Unidos: pactos con el diablo para poder tocar la guitarra como nadie más. LOS VIAJES DEL VIENTO, de Ciro Guerra nos muestra algo parecido. En Colombia el acordeón es el instrumento nacional, y sobre éste giran muchas leyendas parecidas a las anteriormente mencionadas. Después de una vida de excesos, el juglar Ignacio Carillo decide recorrer gran parte de la geografía colombiana para regresar un acordeón a su antiguo maestro que, según cuenta la leyenda, se lo ganó al mismísimo diablo en un duelo musical y en venganza, el diablo maldijo al acordeón. Dicho acordeón es impresionante: negro con vivos rojos y un par de cuernos. En su viaje lo acompañará un adolescente. Un hermoso viaje visual por los rincones de Colombia. Folklore, raíces, espíritu. Un viaje lleno de obstáculos, de duelos musicales y de descubrimientos donde el adolescente se hará hombre y donde Ignacio podrá tener la paz que tanto anhelaba.

A pesar de poseer probablemente el mejor título del Foro, malos comentarios me hicieron ver esta película lleno de dudas. CEFALÓPODO de Rubén Imaz me sorprendió. No es tan mala como me comentaron. Al contrario, por momentos alcanza niveles muy altos, catárticos. El grave problema es que tiene momentos muy malos, sobre todo al inicio. Unax Ugalde nos brinda una excelente actuación interpretando a Sebastián: un artista vasco que viaja a México. Vemos y sentimos su sufrimiento. Luego nos enteraremos de la razón. La actuación de Unax es tan buena, tan comprometida con el personaje que resulta irritante verlo interactuar con los actorcillos fresas que completaron el reparto. Totalmente intrascendentes, prescindibles. Cada que Sebastián se ve involucrado con estos personajes, la película cae, y mucho. La historia de Sebastián era tan buena (un viaje íntimo para exorcizar los propios demonios y cerrar círculos) que no era necesario agregarle más. La música, a cargo de Pascual Reyes (líder de San Pascualito Rey) es excelente. Lo único malo, a pesar de que me gusta mucho, es que abusan de la rola Beso de muerto; primero siendo tocada por un grupo norteño en el desierto de los leones y después tocada en una fiesta. Hubiera sido excelente para finalizar la película. Los dibujos (de cefalópodos) son increíbles; sobre todo el que dibuja en el patio de la casa.

Nunca me han gustado las películas de guerrilleros. Me parecen poco objetivas. Siempre pintan a los líderes como tipos cool, inteligentes, carismáticos y bien fashion. HAMBRE de Steve McQueen hizo que me retractara. La historia nos cuenta la vida de un activista de la IRA, Bobby Sands (Michael Fassbender). El director no quiso basarse solamente en Bobby, también nos retrata la vida en las cárceles, sobre todo de un guardia que, a pesar de tener que recurrir a la violencia, fuera del trabajo es una persona normal. En la fotografía y la estética de la película nos damos cuenta del gran talento de McQueen como artista. Fassbender nos regala una actuación impecable que me hizo recordar a Christian Bale en El maquinista. Aunque no sepamos mucho de política, en especial de la situación del IRA, breves explicaciones y la propia voz de Margaret Thatcher nos ponen al corriente. Estos presos políticos, encabezados por Bobby, meten presión al gobierno mediante acciones realizadas desde la cárcel. Algunas asquerosas como no utilizar “cubetas” para sus desechos, otras descabelladas como andar desnudos y, la más inhumana de todas, una huelga de hambre. El diálogo entre Bobby y el cura es uno de los mejores que he visto en pantalla: rápido, filoso, inteligente, sarcástico… además de romper con el estereotipo del cura católico.


Otra película con un tema político como su eje central. TE EXTRAÑO de Fabián Hofman intenta contarnos la vida de una familia burguesa durante la dictadura militar en Argentina. El director se esmeró en lograr la estética setentera, pero descuidó lo más importante: la historia. Si no sabemos nada esa dictadura, nos quedaremos igual porque no nos dan muchas explicaciones. Sólo que desaparecen al hermano mayor de Javier y tienen que mandarlo a México. Fermín Volcoff logra una interpretación de Javier bastante decente: el hijo adolescente menor, con sus propios problemas y con la incertidumbre de lo que le pasó a su hermano. Lo más probable es que el director nunca ha visitado México y todo lo que sabe de nuestro país es lo que ha visto en películas, postales o lo que encontró en la página de la Secretaría de Turismo: el centro, Xochimilco, la UNAM, Teotihuacán… Obviamente, las distancias y tiempos no cuadran. Escenas innecesarias, personajes intrascendentes… y al final todo el peso emotivo recae en la abuela. Vaya desperdicio.

jueves, 20 de mayo de 2010

PESADILLA EN LA CALLE ELM

Siempre me he quejado de los ridículos títulos en español que les ponen a las películas. En este caso, a pesar de que se trata de la traducción literal, suena raro. Pesadilla en la calle del infierno era un gran título; decía mucho más que su título original: Pesadilla en la calle Elm.

De esta nueva pesadilla me habían contado y había leído malas cosas. Sin embargo, al ser Freddy Krueger uno de los mejores personajes en la historia del cine de terror, tenía que verla.
Antes de iniciar, tengo que reconocer que de las siete películas de la saga, sólo valen la pena la 1 y la 3 (casualmente donde interviene Wes Craven: en la 1 la escribe y la dirige y en la 3 se encarga del libreto), las demás son muy malas. Pero esas dos películas son una joya. Las considero clásicas del cine de terror; de culto. Y no escribo lleno de nostalgia. Antes de ver esta nueva versión, repasé toda la saga. La 1 y la 3 no han envejecido. Se sienten frescas; sólo notas la época por la ropa. Aún los efectos se ven muy bien.

Empecemos propiamente con la reseña. Generalmente no acostumbro contar la historia para no arruinarles la película. En esta ocasión sí lo haré.

El reparto parece salido de la saga de Crepúsculo. De hecho, el protagonista parece el hermano menor del vampiro metrosexual Edward. Además, en ningún momento les crees que están en la preparatoria. Todos se ven mayores de 20 años. Este defecto también lo cometieron en la saga original, donde nos querían hacer creer que los personajes tenían 15 años. Pero de la 1 salió Johnny Depp y de la 3 Patricia Arquette. Estos nuevos chavitos no tienen personalidad y sus habilidades actorales dejan mucho que desear.

La historia trata de unos chavos que empiezan a soñar con un hombre quemado, de suéter a rayas, sombrero y guante de cuchillos en una mano, que trata de matarlos mientras duermen, y si mueres mientras duermes, mueres realmente. Obviamente, los chavos sobrevivientes buscarán el por qué les está pasando eso.

En la original, hay todo un trasfondo psicológico de esta situación, y son los psicólogos los que exponen estos puntos durante la película. En la nueva, los propios chavos llegan a esas conclusiones. Ellos mismos investigan en internet, en bibliotecas… y se vuelven expertos en esos temas… ¡por favor!

Además de no contar con Wes Craven ni como de ejecutivo (sólo se menciona en los créditos que se basaron en sus personajes) tampoco lo hacen con el que le dio vida a uno de los mejores personajes de terror, Freddy Krueger, o sea, Robert Englund.

Englund llenó de personalidad al personaje. Siniestro, sarcástico, cómico. ¿Cómo olvidar la sonrisa y la mirada del Freddy original? Ahora recurrieron a Jack Earle Haley, famoso por su interpretación de Rorschach en Watchmen. El problema es que el director, Samuel Bayer (famoso por su carrera video musical), en su afán de dotar de realismo al personaje, nos muestra a un Freddy imposibilitado para sonreír, sin mirada, debido a las quemaduras. O sea, sin personalidad. Para mostrar las quemaduras recurrió al mismo efecto mostrado en Dos Caras (piel hecha jirones por donde se alcanzan a ver los dientes) de El caballero de la noche. Y no entendí el por qué de la voz tan ronca.
Le quitaron todo el humor, el sarcasmo. Lo hicieron un ser rudo, algo así como un slasher del más allá.

En las originales, Freddy por sí mismo no asustaba; lo que causaba pánico eran todas las cosas que podía hacer: llaves de lavabos que cobraban vida, regaderas que te seguían, camas de agua que te atrapaban, televisiones que te invitaban al suicidio… En la nueva se deshicieron de toda esa fantasía siniestra y recurrieron al “buu”. Siguiendo el (mal) ejemplo de los remakes de películas asiáticas, el miedo radica en la sorpresa de ver repentinamente a Freddy.

El director abusa de ahí viene Freddy, ahí viene, te va a encajar su garra… y en ese preciso instante, despiertas del sueño. Esto lo hace más de cuatro veces.

Se piratea (aunque probablemente se defenderá diciendo que era un guiño a las originales) algunas escenas como cuando Freddy a través de una pared se asoma a ver a su víctima… el efecto es malísimo, mil veces mejor la pared de látex de la original; también repite la escena de quedarse dormido en clase; luego una versión patética de la escena original (inmortal) de sangre brotando de la cama; y bueno, la escena final es un clon del final original, pero en lugar de ser por la puerta, es por un espejo.

Muchas situaciones no cuadran: resulta que todos los chavos fueron al mismo kínder, pero ninguno lo recuerda… la protagonista descubre, al arrancarle un trozo de suéter a Freddy, que puedo traerlo a la realidad… ¡En eso se basó toda la tercera parte original! Aquí llegó en un minuto a la misma conclusión… Y una vez que lo trae a la realidad, obviamente ya podrán matarlo, pero aún en la “realidad” Freddy sigue siendo fuerte, situación muy rara: es flaco y chaparro.

Los protagonistas repiten hasta el cansancio que si mueres mientras duermes, hasta ahí llegaste y, tratando de aportarle algo novedoso, meten (muy a fuerza) lo de las “micro siestas”.
¿Y qué pasó con la cancioncita que ponía los pelos de punta? Sólo se escucha una vez como no queriendo.

1, 2, FREDDY´S COMING FOR YOU
3, 4, BETTER LOCK YOUR DOOR
5, 6, GRAB YOUR CRUCIFIX
7, 8, BETTER STAY UP LATE
9, 10, NEVER SLEEP AGAIN.

Nos quieren hacer creer que Freddy es inocente, que no abusó de esos pequeños niños, que eran mentiras… por eso ha regresado para vengarse, ¡pobrecito!... para luego cambiar de rumbo y decirnos que sí lo hizo y que ha regresado porque los chavitos le contaron a sus papás y terminaron por quemarlo vivo.

Un artículo mostraba lo novedoso que sería el guante de garras, que se hicieron varios modelos, que cada cuchilla tendría vida propia, que parecerían extensiones de los dedos (muy a la Wolverine)… pero en pantalla no se nota.

Una verdadera decepción.

Cuando mis primos y conocidos adolescentes la vean, seguramente se preguntarán por qué diablos me gustaba tanto Pesadilla en la calle del infierno… mi respuesta será prestarles la 1 y la 3 original.

Señor Bayer regrese a dirigir vídeos musicales y señor Bay (productor) mejor dedíquese a convencer a Megan Fox de continuar en la saga mega churrera de Transformers.

Lamentablemente esta petición de nada servirá: en el 2012 se tiene programada la segunda parte.