miércoles, 17 de abril de 2013

RESURRECCIÓN

En una charla de café, mientras decidíamos cómo conquistar el mundo (de la literatura fantástica, por supuesto), Manuel y yo intercambiamos nombres de autores "raros" que nos gustaría rescatar. Marco, cómplice a larga distancia en nuestra conquista del mundo, nos compartió un nombre a través de un mensaje de texto: Gabriela Rábago Palafox. La googleamos y nos dimos cuenta que nuestra queridísima amiga Gabriela Damián la había incluido en este maravilloso artículo sobre escritoras mexicanas fantásticas.


"Gabriela Rábago Palafox fue una de las pocas mujeres que han ganado el Premio Puebla (Premio de cuento fantástico y Ciencia Ficción), con Pandemia, relato acerca de un mortífero virus, la homosexualidad y el Apocalipsis. Ganó también el premio de literatura infantil Juan de la Cabada, y es que Rábago Palafox se caracterizó por mezclar sin problemas su habilidad con los haikús, la novela negra y la imaginación científica en su obra. Escribió también dos novelas: Todo ángel es terrible (1981) y La muerte alquila un cuarto. Federico Schaffler la incluyó en la célebre antología de ciencia ficción mexicana Más allá de lo imaginado (Tierra Adentro, 1991), junto con otras que merecen ser leídas. Gabriela murió rodeada de morbosas especulaciones en torno a su salud, a los 46 años".

Recordé que yo tenía esa antología de Schaffler, así que me di a la tarea de leer y transcribir el cuento.
Disfrútenlo:

RESURRECCIÓN
Gabriela Rábago Palafox



I
El paquete llegó en el correo de la mañana. Cuando Antonio regresó a casa después de clases, su madre lo recibió con la más radiante sonrisa. “¿Ya?”, preguntó el niño sintiendo que el corazón se le salía del pecho. “Está sobre tu cama”, le indicó ella y Antonio subió la escalera tan velozmente como le fue posible.
            Se detuvo en el umbral de la puerta -con la perilla en la mano- para admirar desde allí el bulto de papel color crema, con brillantes estampillas tachonadas por los sellos de correos. Había valido la pena esperar.
            Por fin se sentó al borde de la cama y deshizo el envoltorio que fuera hecho con gran cuidado. Puso en sus rodillas la flamante caja protegida con papel celofán: leyó la propaganda impresa en la superficie:
            Be a sculptor! The genuine ancient Christian art from XVII and XVIII centuries. Made by yourself. Even a child can do it!
            Y leyó la especificación escrita dentro de un recuadro, un poco más abajo de la leyenda principal:
            Contains one piece: Saint Sebastian sculpture.
            Impaciente, el muchacho rasgó el celofán y abrió la caja. De acuerdo a lo que prometía el folleto de donde había tomado el cupón para hacer el pedido, el paquete incluía una reproducción deshidratada de alguna talla famosa hecha en el barroco para evocar a un miembro del santoral cristiano. En este caso, San Sebastián. Por el momento, la imagen era una masa informe que iría creciendo y se iría delineando a medida que el “escultor” la sumergiera en el agua de la bañera o la rociara abundantemente en el jardín. El material empleado para la realización de la imagen permitía que, una vez tomadas sus proporciones definitivas (las de la escala humana, de acuerdo con la regla áurea), la escultura endureciera al contacto del aire, para tomar a la postre la apariencia de un estucado barroco. Tocaba al “artista” aplicar los afeites necesarios para redondear el aspecto de la imagen. El paquete llevaba de todo: carmín para las mejillas, peluca y pestañas de color castaño, toques luminosos o veladuras para la mirada y, lo más importante, sangre artificial con que intensificar el trazo de las heridas. Cualquier santo cristiano las tiene, sean físicas o espirituales y, de una manera u otra, el imaginero se encarga de plasmarlas en su obra.
            Antonio había trabajado, así, un San Juan Bautista decapitado y una Dolorosa que le habían quedado bastante bien; la Magdalena de Pedro de Mena, que resultó deliciosa, y la cabeza del Cristo yacente de Gregorio Hernández, que era verdaderamente impresionante. Pero la pieza estelar de la colección era el San Sebastián que ahora se proponía realizar.
            La caja enviada desde Estados Unidos de América (con extensión en varios puntos de la Tierra y la Luna), incluía un arco y media docena de flechas para que el “escultor”, al dispararlas contra la imagen del santo, le imprimiera el dramatismo necesario. Como información indispensable, el paquete ofrecía un cuadernillo redactado en los tres idiomas principales del mundo. Antonio leyó en silencio.

“San Sebastián. Según la Enciclopedia de la ONU (entidad que, durante la Época Antigua pretendió, con lamentable ineficiencia, mantener el orden entre los países del planeta): fue un oficial de la guardia pretoriana, nacido en Narbona (¿250?) y muerto en Roma (288). Convertido al cristianismo, llevó el nuevo credo a personajes importantes, por lo que Diocleciano lo hizo asaetear. Su fiesta es celebrada el 20 de enero.

Cristianismo. De acuerdo con la opinión vertida por el profesor Carl M. Schwein, de la Universidad de Alemania Unida: nombre que se da a una serie de prácticas religiosas, eminentemente rituales que, aseguraban sus adeptos del siglo XX, guardaban cierto vínculo con la doctrina de Jesús El Cristo, profeta con cuyo nacimiento se marca el principio de la Época Antigua. Minado por su propia decadencia el llamado cristianismo se extinguió hacia los albores del siglo XXI. Su historia, sin embargo, se asocia a los grandes eventos de la humanidad. Los dirigentes de esa Iglesia fueron, a menudo, quienes gobernaban el destino de los pueblos; esto lo consiguieron gracias a su peculiar habilidad para ejercer control sobre la conciencia de los fieles a través de complejos métodos de persuasión y de extorsión, que involucraban la vida personal de los individuos y de manera destacada, la vida sexual. Un movimiento de reestructuración privó al cristianismo de sus sofisticaciones para acercarlo, no sin ingentes esfuerzos, a la doctrina del profeta Jesús: no se sabe qué fue de estos nuevos cristianos, quienes, con base en el dato proporcionado por José S. Aleksei, se autonombran Auténticos. Uno de los principales grupos cristianos de la Época Antigua, la Iglesia Católica Romana, dio en representar imágenes en tercera dimensión de sus santos predilectos. Merced al archivo de la F.P.I.S.T. (Federación de Países Independientes Sobre la Tierra), cuyo más remoto antecedente fue la ONU hemos podido recobrar, para nuestra colección Be a sculptor!, una buena parte de aquella imaginería. Trozos de piezas genuinas se conservan en el Museo Lincoln que usted puede llevarse a casa si llena el cupón adjunto y envía a la dirección indicada cuarenta dólares terrestres. El servicio Lincoln´s Museum at Home contiene quince diapositivas de proyección voluminosa y una casete audio-olfativa. Escríbanos para obtener informes detallados”.   

La madre de Antonio lo vio pasar de largo rumbo al jardín trasero: llevaba en la mano la bolsa de polietileno transparente con la masa que se convertiría en San Sebastián. A través de la vidriera de la sala, la mujer observó cómo su hijo, mareado de felicidad, arrojaba la masa a la alberca. En cuestión de minutos, la pasta empezó a hincharse: Antonio la hundía en el agua con la vara que comúnmente se emplea para sacar de la piscina ramas y hojas secas. Lo que al principio parecía un embrión humano, al cabo de media hora semejaba un hombre flotando con placidez sobre el suave vaivén del agua.
            Ayudándose con la misma vara, Antonio retiró el modelo de la alberca, lo tendió sobre el césped y emprendió de lleno la tarea de colocarlo en posición lógica del martirio: le ató las muñecas a la espalda, le flexionó una rodilla, levantó la cabeza que, una vez finalizada la escultura aparentaría pedir clemencia al cielo. Todo, según las fotografías que previsoramente aportaba el paquete. Cuando el muchacho creyó que su modelo tenía la postura correcta, lo dejó endurecer en el jardín.

II
Te aseguro que lo he conseguido decía Ernesto el científico mirando la pantalla del videoteléfono, donde la cara de Antonio revelaba cierto escepticismo. No fue fácil. Pero lo logré. Primero experimenté con arácnidos y caracoles. Luego con liebres. Y finalmente con los muñecos de la estación lunar Dio resultado.
            Antonio hizo un gesto que podría significar “quizá”, y Ernesto continuó con mayor énfasis:
            Lo que desconozco todavía es hasta qué punto son duraderos los efectos: estoy por determinarlo. Creo que, si empleo la dosis correcta, el lapso no pasará de una hora. Después, todo vuelve al estado anterior. ¿Me entiendes?
            El muchacho de la pantalla inclinó la cabeza para responder que sí.
            Estoy emocionado prosiguió el otro. Cuando haya afinado la fórmula, pienso llevarla a la Universidad (después de pasar por la Oficina de Patentes, claro), con lo que espero merecer, ahora sí, la admisión a la Academia de Ciencias.
            Ernesto sonrió igual que si fuera a soplar las velas de su pastel de cumpleaños. Antonio le devolvió la sonrisa y dijo:
            Me gustaría poder presenciarlo... pero no con caracoles ni arácnidos, sino con mi colección. ¿Crees que podrías...?
            No hay razón para suponer lo contrario contestó Ernesto alzando una ceja. La clave estaría en aumentar el líquido de la inyección.
            ¿Lo harías? preguntó Antonio con creciente entusiasmo.
            Por supuesto.
         Te voy a enseñar cómo va el último. No se lo he mostrado a nadie todavía. Es para que te imagines lo que conseguiríamos si quieres aplicarle la fórmula.
            Antonio desapareció un momento de la pantalla. Regresó tirando el cordel de una plataforma sobre la cual se erigía el San Sebastián casi terminado. Ernesto lazó una exclamación de asombro:
            ¡Es perfecto, perfecto! dijo ajustando los controles del videoteléfono para obtener un acercamiento del rostro atormentado. ¿Llora?
            No, pero es igual. A veces pienso que gemirá cuando yo menos lo espere: mira la contracción de los labios. Ahora, si hacemos el trato, te invito a que dispares conmigo las saetas y a que apliquemos la “sangre”. Luego, ¿la fórmula?
            De acuerdo aceptó el científico sin dejar de mirar los ojos del mártir.

III
Con las manos pringadas de líquido rojo oscuro, Antonio trató de pensar lo que habrían sido los templos cristianos en donde, durante la Época Antigua, se habían congregado los originales de aquellas esculturas. Reinventó la humedad, la luz difusa que se abría paso en la vasta atmósfera de los edificios; ideó flores de cera o de plástico, ahumadas por las veladoras que ardían bajo las figuras temidas, reverenciadas por milagrosas. Los investigadores del Lincoln´s Museum hablaban de polvo siempre presente: polvo que agrisaba el oro de los retablos y penetraba inexorable el terciopelo de cortinas y reclinatorios. Barruntó que debió ser sobrecogedor entrar a esos templos y encontrase con cuerpos ensangrentados, miradas dolientes, bocas torcidas por el sufrimiento, hacia dondequiera que se volviese la vista. Extendió sobre su escritorio de madera oscura la serie de postales adquiridas en la promoción Be a sculptor! Y las contempló con arrobamiento. A poco, Ernesto se acercó para disfrutarlas también, por encima del hombro de su amigo:
            Inyecté al San Sebastián y al Bautista. Esperaremos a que se enfríen los químicos que acabo de mezclar, para inyectar a los demás. Ojalá tengamos suerte.
            Antonio se dejó cautivar por los brillos del retablo: mar dorado en el que esporádicamente surgían cuerpos de color de rosa tocados con alas o aureolas. Santas calvas y barbas. Santísimas virginidades. Gloriosos martirios. Infancias benditas. Muertes bienaventuradas. “Así era”, comentó en un susurro, y Ernesto emitió un largo silbido.

IV
Los números luminosos del reloj aparecieron unos segundos en el silencio de la noche que se adueñaba de la habitación de Antonio. “Las tres de la madrugada”, informó la voz impersonal del reloj. Y el muchacho, insomne, se apoyó en un codo y encendió la lamparita: súbitamente se hizo visible la postal de la madona con rostro oriental y cabellera negrísima, que había dejado en la mesita de noche. Supuso que estaría abrumada por el peso del manto rebordado de estrellas con diez puntas, por el peso de la corona erizada de puñales y lenguas de fuego. Encontró que las manos, pequeñas y pálidas, se crispaban en actitud desesperada. Leyó el pie de la ilustración: Virgin of Expectancy. From the National Vice regal Museum at tle old Jesuit Seminary in Tepotzotlán, México. Destroyed during the Third World War of the Ancient Age. Suspiró. Cerró los ojos y recobró la imagen de su San Sebastián admirablemente animado por la fórmula de Ernesto. Revivió el momento en que la escultura, ardorosos de sufrimiento los ojos vítreos, se retorció como para librarse de las flechas que se encarnaban a lo largo de todo su cuerpo. El corazón de Antonio le golpeó con fuerza el pecho, las sienes. Pero la magia había durado sólo unos minutos. A fin de cuentas, Ernesto tenía lo fórmula en periodo experimental y, si en muñecos y animales pequeños la animación se prolongaba hasta una hora, en las esculturas de gran talla no se podía esperar otro tanto. Estaba un poco decepcionado. Ernesto, en cambio, como todo científico que recoge el fruto de sus desvelos (no importa que el fruto parezca insignificante) se había marchado a casa con una amplia sonrisa de suficiencia.
            Lo más conmovedor fue la manera en que parpadeaba el Bautista decapitado: se reprodujo en instante en que la cabeza, todavía con vida, rueda desprendida del cuello murmuró el niño. Creí que Ernesto se iba a desmayar de feli...
            Lo interrumpió el timbre del videoteléfono: Ernesto, con piyama y las gafas puestas, alargaba la mano en cuya palma tenía un caracol que se movía trabajosamente.
            ¡Mira! Es uno de los que daba por perdidos exclamó el científico con voz gozosa. Ni siquiera consideré la posibilidad de que, tras un aparente regreso a la inacción, hubiera una especie de renacimiento, quizá con mayor ímpetu que el primero. Voy a abrir una hoja de evolución para anotar los pormenores del caso. Las arañas también comienzan a despertar.
            Antonio no pudo responderle. El sonido de la puerta al abrirse lo obligó a volver la cabeza; en el umbral de su cuarto, gimiente en la tortura, estaba San Sebastián. Quiso decir algo y un chorro de sangre escapó de su boca. “Así era”, se repitió aún el muchacho mientras el asaeteado, seguido de la Dolorosa y el Bautista (lo que restaba del Bautista), avanzaba hacia él.



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