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lunes, 12 de diciembre de 2011

DÁVILA, TARIO Y SHUA: TRES ESCRITORES FANTÁSTICOS

Los últimos días han estado repletos de presentaciones, conferencias, homenajes. Destacan las realizadas a tres escritores que constantemente divulgo y recomiendo en este blog:

AMPARO DÁVILA
FRANCISCO TARIO
ANA MARÍA SHUA

El pasado 9 de diciembre, Tario hubiera cumplido 100 años. Por eso, y por la re-edición de algunos de sus libros, ha estado en boca de todos: Homenaje en Bellas Artes, re-escribiendo a Tario y exposición fotográfica en el Centro de creación literaria Villaurrutia, presentación de la novela Aquí abajo en la EME...

En Bellas Artes regalaron un librillo con un poema y dos cuentos que Tario le escribió a sus hijos (Una roca frente al mar, Dos guantes negros y Jacinto Merengue) y escuchamos una grabación de Tario tocando el piano. Las ponencias fueron amenas y disfrutamos de una extraña puesta en escena de La noche del loco.

En el Villaurrutia se montó una excelente exposición fotográfica que muestra al Tario normal: como portero en el Asturias, paseando en la playa con sus hijos... A lo que no le encontré sentido fue al ejercicio de re-escribir algunos textos de Equinoccio (próximo a salir con JUS)...

Ambas actividades fueron muy bien organizadas y moderadas por Alejandro Toledo.

En la Escuela Mexicana de Escritores se presentó la re-edición de la novela Aquí abajo. Los ponentes (Ricardo Bernal, Eduardo Parra y Arturo Sandoval) comentaron algunas características de la obra de Tario y compartieron anécdotas divertidas e interesantes. Fue agradable ver a ex compañeros y profesores.

En el Centro Cultural de España organizaron una conferencia sobre el arte de escribir cuentos. Los invitados fueron los argentinos Ana María Shua, Andrés Neuman y un escritor español tan gris que olvidé su nombre. Los autores compartieron y discutieron, de forma concisa y divertida, su forma de escribir y, para terminar, leyeron fragmentos de su obra. Ana María, genial como siempre, presentó la edición mexicana de Casa de geishas.



También en Bellas Artes, se le rindió homenaje a Amparo Dávila. Fue bastante emotivo poder ver a la gran escritora zacatecana, de 83 años. El grave problema es que hubo demasiados ponentes y cada uno leyó, por más de diez minutos, los ensayos que habían preparado. Textos aburridos, repetitivos, pomposos, soberbios. El único que valió la pena fue el de Alberto Manguel que, al no poder asistir, envió una carta emotiva. Me hubiera gustado escuchar a Alberto Chimal, que sólo estuvo como moderador. Al final, Amparo sólo atinó a agradecer nuestra presencia.





Excelentes días para la literatura fantástica.


martes, 8 de junio de 2010

ORTODONCIA

Ortodoncia, perteneciente a Una violeta de más (1968) de Francisco Tario:


Ortodoncia

Nos bastó con ver entrar a mi padre, para que todos nos diésemos cuenta al instante de que tampoco aquella nueva dentadura que ensayaba hoy era la adecuada. Mi madre y mis tres hermanos menores nos hallábamos a la mesa, y todos, intempestivamente, rompimos a reír a un tiempo. Mi padre cruzó de largo, cubriéndose con disimulo la boca, y se le oyó, un poco más tarde, encerrarse en el cuarto de baño. Allí permaneció un buen rato y a continuación volvió a salir, golpeando con malhumor la puerta. Con una voz que nadie le conocía en la casa, anunció desde su habitación que por esta vez no sentía apetito y que podríamos continuar almorzando sin él. Pero ya nadie conseguiría probar bocado, a causa de aquella maldita risa que nos había acometido a todos. Ni siquiera mi propia madre lograba mantenerse seria. En el fondo era atrozmente burlona y también ella reía a carcajadas, sin dejar de hacer referencia a aquel deplorable armatoste con que mi padre se había presentado ese día.

Mi padre era un hombre apocado, bilioso, y desempeñaba un alto cargo en una modesta empresa, donde era muy estimado por su eficacia. Por qué razones volvió un buen día sin un solo diente en la boca, fue algo que a ninguno de sus cuatro hijos nos fue dado conocer con exactitud. Se nos dijo que aquel trabajo suyo, rutinario y poco higiénico, le había dañado las encías, consumiéndole, de paso, ciertas sustancias básicas, indispensables, para cualquier organismo. Pero el hecho es que, una tarde que me encontraba solo en la casa, le vi venir por el pasillo con tal expresión de confusión y amargura, que no pude menos que salir a su encuentro y preguntarle qué desdicha le había ocurrido. Torció el gesto con desdén y soslayó evasivamente que le dolía un poco la cabeza. Pero ya mostraba desde entonces aquella desoladora expresión, que no le abandonaría en lo sucesivo, y que era como si un boxeador de peso pesado le hubiese incrustado la nariz en la boca.

No éramos económicamente poderosos, de suerte que el asunto de la nueva dentadura no dejó de ocasionar trastornos familiares. En principio, se hizo un recuento apresurado de nuestras reservas bancarias, cuyo resultado no fue muy esperanzador, visto lo cual mi madre procedió a reorganizar la economía doméstica, despidiendo, para empezar, a la sirvienta, y, cuando las cosas fueron agravándose, impidiendo que mis tres hermanos y yo continuásemos nuestros estudios. "La ortodoncia -—afirmaba mi padre por aquella época— ha hecho indudables progresos, pero desgraciadamente no se encuentra todavía al alcance de cualquier bolsillo." No fue la nuestra una situación precaria, pero sí fastidiosa, y que interrumpía un sistema de vida que prometía ser ya definitivo. Tenía yo, por aquel tiempo, doce años y el mayor de mis hermanos catorce, razón de sobra para que, tanto él como yo, aceptásemos un trabajo que ayudara a solventar los compromisos que esta imprevista calamidad trajo consigo. Sin embargo, como el problema no consiguió resolverse en el plazo que se preveía, la situación sí llegó a hacerse embarazosa y originó más de una desavenencia en la casa. Reinaba el malestar a toda hora, y hoy pienso que había motivos bastantes para que así fuera.

Por lo visto, una muy singular condición de las encías de mi padre impedía que los especialistas hallasen una solución más o menos satisfactoria al conflicto. O los dientes que le aplicaban resultaban excesivamente estorbosos, hasta el punto de impedirle cerrar con naturalidad la boca, o pecaban por insuficiencia, en cuyo caso mi desdichado padre tenía que andar a toda hora del día recogiendo del suelo o de la mesa aquel defectuoso armatoste, que a duras penas se conservaba en su sitio. Ya era atándose los zapatos, o pidiendo el desayuno, o contestando simplemente el teléfono, el armatoste comenzaba a oscilar, le dificultaba el uso de la palabra y por fin rodaba por tierra, con un sonido tan peculiar que llegó a hacerse casi indispensable en la casa. Bastaba, en ocasiones, un estornudo o el deseo de que pasásemos buena noche, para que el aparato dental saliera proyectado, ante el asombro de todos. Otros ensayos posteriores tampoco dieron el resultado apetecido, pues hubo incluso algunos que le modificaron la expresión de su rostro, transformándolo en un hombre cruel o vanidoso, o bien en un ser enteramente impersonal que chupara sin cesar un caramelo. La que consideramos por aquel entonces la última prueba, la definitiva, resultó ser, en apariencia, la más satisfactoria, pero, en cambio, tenía la rara particularidad de impedirle pronunciar ciertas palabras, lo que daba origen muy a menudo a que, en el transcurso de una conversación, mi padre quedase de pronto enmudecido y como atrapado en una ratonera. Entonces comenzaba a titubear, perdía el control de sí mismo y lo único que conseguía, con su nerviosidad, era escupir a todo el mundo, captándose la antipatía de sus interlocutores.

Esta vez, mediante un supremo esfuerzo —al que contribuimos todos—, mi padre consultó a una eminencia, de cuya visita regresaba ahora. Pero tampoco el éxito pareció acompañarle, pues, mientras tomábamos el postre, oímos cómo mi padre abría la ventana de su cuarto y la volvía a cerrar con violencia. Mi madre se puso de pie, pálida como una muerta, y prorrumpió con voz tensa:

—¡Creo que se ha suicidado!

Nadie acertó a descifrar si se trataba de una broma de mi madre o su temor era justificado, pero el caso es que la vimos entrar en la habitación contigua y tropezarse con mi padre, que volvía de la ventana. Se entabló entre ambos una discusión muy agria que nos arruinó la comida, pues mi padre, con la boca vacía, intentaba defenderse de los cargos que se le atribuían, utilizando para ello unos términos tan extraños y confusos que nadie supo a ciencia cierta lo que defendía. Mi madre era implacable en tal aspecto y le ordenó de muy mal modo que dejara de tirar el dinero por la ventana. Entonces mi padre se enfureció todavía más y comenzó a dar vueltas por el cuarto, con la expresión de un enajenado. Instintivamente todos volvimos a reír, escondiendo la cara en el plato. Por las noches, desde hacía ya una buena temporada, oíasele ir y venir por los pasillos —muerto de hambre, supongo—, a la caza de más puré. Era cuanto comía, y no sin cierto esfuerzo. Había enflaquecido notablemente y se había vuelto más desconfiado, más inestable y puntilloso. No es que mi padre fuese un ser superficial o frívolo, ni que pretendiese hacer ver lo que no era, pero le agradaba vestir con una discreta elegancia y causar buena impresión a las visitas. Quizá este aspecto suyo de ahora le originase una depresión secreta, o su atención estuviese puesta en otros asuntos más graves, pero el hecho es que se le veía taciturno, inseguro, y que evitaba salir por salir a la calle, intentándolo únicamente en los días lluviosos, cuando creía poder pasar inadvertido bajo el paraguas. De ordinario mantenía la boca muy bien cerrada y, si se le forzaba a hablar, se encogía mañosamente de hombros. Pero no bastaban estos ardides suyos, porque nadie había dejado de notar el gran drama que se desarrollaba en su alma y que ya empezaba a trascender al exterior. Todo su empeño actual, por lo visto, consistía en hacer frente a la situación de un modo digno y llevadero, sin que le resultara fácil, en tal sentido, tomar una resolución definitiva, ni siquiera provisional, pues si, en un caso, por ejemplo, parecía recomendable que se dejara crecer el bigote, en otros, por el contrario, el bigote resultaba improcedente, dando la impresión de que no era sólo el bigote lo que mi padre exhibía, sino también el propió cepillo de dientes, que por una rara omisión hubiese olvidado en la boca.

Habían transcurrido seis meses, y ya andaba por la séptima dentadura, cuando mi madre le llevó aparte para decirle:

—Valdría la pena olvidar este asunto, pues vamos camino de la ruina.

Mi padre se ofendió justificadamente, arguyendo que su trabajo le había costado reunir aquel dinero, y que no se hallaba dispuesto a privarse de lo necesario en beneficio de los caprichos ajenos. El necesitaba comer, alimentarse como todo el mundo, cambiar impresiones con sus amigos y, sobre todo, conservar su puesto de trabajo. Tampoco le parecía muy dignificante que nos burlásemos de él a toda hora. Lo había tomado a capricho y se sentía herido en su amor propio. Generalmente, al cruzar frente a nosotros, lo hacía con expresión huraña, tratando de darse importancia o de infundirnos mayor respeto; mas, una y otra vez, sorprendíamosle mirándonos de reojo, un poco encogido el cuerpo, según suelen hacer los perros ante el temor de un desaguisado.

Conservaba en su armario una respetable colección de artefactos que se probaba sin cesar por las noches, cuando suponía que todos dormíamos. Pero teníamos tan avezado el oído, que le sentíamos abrir y cerrar los cajones, encender a hurtadillas las luces y producir aquel ruido inconfundible, como si revolviera nueces, que sacaba de quicio a mi madre. Por las mañanas, amanecía ojeroso y desmejorado, y todo cuanto lográbamos sacar en limpio de lo que hablaba se refería a los infortunios del mundo y a la nociva humedad del invierno. Sus pensamientos debían ser, en general, pesimistas, y cierta vez nos dejó entrever que nadie debería darse por sorprendido si le despedían de su puesto. Con la dentadura en la mano, pronunció, una noche, esta desconsoladora frase:

—¡Se nos viene encima la guerra!

Mi madre, obviamente amargada, no cesaba de zaherirle:

—¡Procura pronunciar bien las ces o no te entenderemos ni una palabra!

Y como él diera en tartamudear, agravando el galimatías, mi madre subía el tono de voz, mirándole fijamente a los ojos:

—¡Que no me hables así! ¡Te lo prohíbo!

Poseía él una rara habilidad para acomodarse la dentadura sin utilizar los dedos. Lo único verdaderamente chocante era aquella sonrisa forzada que se veía obligado a dibujar al hacerlo, y que tan poco tenía que ver con lo que se entiende por una sonrisa. Si, por casualidad, fallaba en su cometido, y la dentadura rodaba sobre la alfombra, mi madre se inclinaba para recogerla, sosteniéndola con las puntas de los dedos.

—¡Toma! —le decía con asco. Y mi padre la aceptaba sumiso, rojo como una amapola.

Ciertamente su sonrisa, en semejantes trances, distaba mucho de ser espontánea y le hacía pasar injustamente por un consumado hipócrita. Mi madre captaba esto al punto y le recriminaba con dureza:

—¡O te la quitas para reír o me temo mucho que llegaré a aborrecerte!

Todo el mundo se preguntaba ahora cómo y dónde pudo él haber tenido un día los dientes, y qué aspecto podría haber ofrecido su rostro por aquel tiempo. La eminencia que lo trataba ahora le había prometido, en desagravio, hacer una mención muy especial de su caso en los próximos congresos. Siguiendo las instrucciones médicas, se oía a mi padre ejercitarse a toda hora, unas veces valiéndose de una esponja o de un trozo de corcho, o practicando cierta complicada gimnasia local, que llevaba a cabo siempre bajo llave. Desde el pasillo sentíasele forcejear y gemir por lo bajo, entrechocar las mandíbulas y lanzar quejas o improperios. Producía ruidos inesperados en la mesa o persistía en su afán de sonreír sin ton ni son, mirándonos después a todos con expresión culpable. Solía morderse a menudo la lengua, y esto lo desesperaba.

—¡Ya, ya te ves mucho mejor! —le decía con sorna mi madre—. ¡Por lo menos, ya vas engordando!

Vista la dentadura al trasluz en el vaso, parecía una soberbia pieza que recordaba a las estrellas de mar. Pero trasladada a su sitio y puesta a trabajar formalmente, su aspecto era ya distinto y hasta resultaba bochornosa. Tal vez la imperfección fuese minúscula, pero sus consecuencias eran catastróficas.

Y un buen día tuvo lugar lo inconcebible, lo que ni el más sagaz especialista podía haber tenido previsto: que a mi padre empezó a apuntarle un nuevo diente. No se trataba, es claro, de una afirmación a rajatabla, sino de una mera suposición, que requería ser confirmada. Llamó con toda urgencia al odontólogo, y a las seis en punto de aquella tarde ya estaba sentado en la clínica. Mi madre se negó a acompañarle, pretextando que tenía un resfriado. Fue una espera larga, llena de toda suerte de incertidumbres. Nos habíamos reunido en la sala y mi madre no dejó de cavilar ni un momento, exigiendo repetidas veces que nadie la interrumpiera. Se oía el reloj al dar las horas o caer la lluvia contra los cristales, sin que ninguno de nosotros osara moverse ni distraer a mi madre en sus reflexiones. Por fin, cuando hacía ya una buena media hora que se había hecho de noche, sentimos cómo mi padre introducía la llave en la cerradura y entreabría, poco a poco, la puerta. Todos nos pusimos de pie, con el alma en un hilo. Tardó un largo rato en entrar, haciéndose, sin duda, el interesante, aunque después escuchamos, atónitos, que el milagro se había realizado. El veredicto del odontólogo no pudo ser más favorable, y un viento saludable y fresco, ya olvidado, volvió a recorrer la casa, como anunciando a sus moradores el comienzo de otra etapa más feliz.

—¡Está aquí, aquí mismo! ¿Le veis? —proclamó él con entusiasmo, todavía sin trasponer la puerta, abriendo exageradamente la boca, a fin de que no nos diésemos por engañados.

Mi madre trajo una lámpara de mano y, llevando al interesado a la luz, todos fuimos comprobando por turno la presencia de aquella diminuta cresta blanca de la que dependían tantas cosas en la casa.

—¡La vida es maravillosa y está llena de misterios! —comentó, al fin, mi padre, cerrando con respeto la boca.

No era propiamente un diente lo que, en realidad, le apuntaba a mi padre, sino una lejana muela, aunque para el caso daba lo mismo. Y como si se tratara de un diamante en bruto, el cuidado de la familia, a partir de la lluviosa tarde, se centró en aquella puntita blanca, con la cual mi padre iba y venía ahora a su trabajo. Los alimentos se seleccionaron escrupulosamente, tanto por lo que atañía a su consistencia como a su temperatura, pues, al decir del odontólogo, ambas cosas eran interesantes y había que vigilarlas con esmero. Antes de irnos a la cama, mi padre nos conducía a la sala, abría con paciencia la boca y nos pedía que lo examináramos sin prisas, exponiendo nuestros puntos de vista. Aquello progresaba. Había que tener fe. Y reinó de nuevo el bienestar en la casa, y más tarde la alegría, cuando el milagro fue haciéndose físico y ya nos resultaba posible introducirle un dedo en la boca para acariciar aquella áspera cima que se iba coronando de nieve. El proceso inflamatorio había desaparecido, y cierta noche fuimos al teatro. Volvimos a sacar en grupo al perro. Y mi madre comenzó a pensar ya seriamente en comprarse nuevos vestidos.

Durante aquellas venturosas semanas en que la muela fue desarrollándose y hasta adquiriendo cierta belleza, mi padre parecía otro hombre, como si hubiese rejuvenecido. Podía ya morder una banana, triturar un gajo de naranja, aventurarse con un huevo cocido. Masticaba aún sin orden ni concierto, inclinando a un lado la cabeza y guiñando nerviosamente un ojo; pero mi madre mostraba ahora una paciencia ejemplar y, entretanto él se hallaba absorto en su penosa tarea, fingía ella mirar por la ventana, con el fin secreto de no cohibirle. Su lenguaje empezaba ya a ser comprensible, y hasta florido, y no cesaba de iniciar conversaciones de toda índole, recreándose con la música de las palabras. Sin que viniese a cuento, hacía llamadas por teléfono o se enfrascaba en interminables pláticas con los vecinos.

—¿Cómo decía yo antes? —insistía en preguntarnos riendo, burlándose de sí mismo, evocando ingratas memorias.

Y todos replicábamos a un tiempo, regocijándonos también:

—¡Pues decías oa! ¡Oa! ¡Eso era lo que decías cuando querías sopa!

O nos narraba historias de su niñez, entristeciéndose o alegrándose con ellas, según fuese oportuno. Volvió a prestar atención a su trabajo y nos tenía muy al corriente de las triquiñuelas de su clientela. Fue mi madre quien, en cierta ocasión, le impidió arrojar por la ventana toda su colección de dentaduras, en su súbito acceso de euforia.

—¡Uno nunca puede saber! —le previno ella, arrebatándoselas de la mano—. ¡Imagina que el día menos pensado se interesara el museo por ellas!

Ya estaba, pues, allí la muela en toda su plenitud. Era una sola pieza, sólida, grande y cuadrada, de color gris acero, como un perdigón gigante. La cepillaba amorosamente con agua muy bien hervida y exigía que para tal ceremonia reinara un completo silencio en la casa. Había aprendido a hacer mil maravillas con ella, e incluso llegó a masticar con soltura ciertos alimentos que parecían resistírsele, siempre y cuando lograra dar bien en el blanco. A cada nuevo bocado, todos dejábamos de comer y le observábamos, anhelantes, en espera del resultado. Entonces él masticaba con calma, mirando atentamente el muro, como escuchando algún ruido, y cuando ya parecía estar seguro de su éxito, echaba el cuerpo hacia atrás, se llevaba la servilleta a los labios y bebía uno o dos sorbos de vino. Adoptando una naturalidad del todo falsa, argumentaba:

—Parece que se va descomponiendo el tiempo.

O:

—¿Quieres pasarme la sal?

Llegó puntualmente su cumpleaños, y él mostró desde temprana hora un verdadero empeño en festejarlo a lo grande. Habíamos terminado de cenar ese día y ya estaba la champaña sobre la mesa. Reinaba un regular barullo en la casa, sin que nadie dejara de reír y hablar y de encontrar divertido hasta aquello que distaba mucho de serlo. Tal vez se nos hubiese subido el vino a todos o diésemos ya por sentado que la felicidad más completa había hecho acto de presencia entre nosotros. ¡Cuan lejos estaba de ser así! Porque, de pronto, mi padre echó mano a uno de sus bolsillos y extrajo un misterioso paquete, que todos contemplamos con susto. Después volteó con osadía el paquete, y el susto de todo el mundo fue en aumento, porque una porción de avellanas tostadas fue rodando sobre el mantel, hasta quedar, por fin, inmóviles entre los platos, como aves de mal agüero. Hubo un instante de zozobra, según acontece cuando estalla un relámpago y las casas se quedan a oscuras. Mi padre, llevado por su entusiasmo, había tenido la atroz ocurrencia de festejar su cumpleaños comiendo una avellana —una sola, decía— en presencia de sus familiares. Mi madre intentó proferir algo, pero no lo conseguiría nunca, porque mi padre había elegido ya la avellana y la sostenía entre sus dedos, mirándola desafiadoramente. A poco, se la introdujo en la boca, la hizo girar con la lengua y, sin dejar de observarnos, la ubicó cuidadosamente. Notamos cómo cerraba la boca, afinaba la puntería, entornaba los ojos y dejaba caer la mandíbula. Hubo un inquietante silencio y después un espantoso chasquido. Mi madre dejó escapar un grito de angustia y la cáscara saltó en mil pedazos. Tras otro nuevo silencio, se oyó un murmullo de asombro y los primeros aplausos. Fue muy emocionante, sin duda, y para mí una experiencia inolvidable. Mi madre dejó escapar una lágrima y expresó con voz entrecortada algo así como que podíamos considerarnos salvados y que deberíamos dar gracias al cielo. Puesta de pie, besó a mi padre en la frente, quien traía y llevaba la avellana en la boca, como quien pasea airosamente un trofeo. Después la fue humedeciendo golosamente, haciéndola rodar otro poco, jugando traviesamente con ella, hasta irla tragando sin prisas, saboreándola a su gusto. Se bebió champaña por segunda vez y, quién más quién menos, se sintió enardecido con ello. Se contaron chascarrillos ya conocidos, se revivieron tiernas historias, se hicieron proyectos a breve plazo y se tocaron temas de actualidad. Jamás nadie recordaba a mi padre tan brillante como esa noche, tan espectacular y jovial. Aquella estúpida fuga de dinero, que tanto nos acongojara a todos, parecía haber sido superada a la postre. Llegó la medianoche y aún continuábamos bebiendo y festejando al homenajeado, quien pedía ahora un mondadientes. Después nos fuimos a la cama y la casa quedó a oscuras y en silencio, como todas aquellas casas donde no ha ocurrido nada de particular. ¡Pero quién se habría atrevido a vaticinar a tales horas lo que nos tenía reservado el nuevo día! Porque, muy entrada la mañana, cuando todos, salvo mi padre, continuábamos durmiendo a pierna suelta, una infausta voz nos anunció por teléfono que mi padre había sido arrollado y muerto por un tranvía.

—¡El miserable! —lo acusó, medio dormida, mi madre.

Aunque rectificó, sentándose:

—¡Que Dios lo haya perdonado!

Su cama, como es corriente en estos casos, se hallaba, en efecto, vacía, y, perdida entre las sábanas, a manera de piadosa reliquia, aparecía la ingrata muela, fría, fea, de color gris acero, todavía con sus buenos residuos de avellana. Esto último fue, de todo, lo más conmovedor y dramático, y lo que hace que todavía hoy se me salten de rabia las lágrimas cada vez que amanece un día nublado o que sorprendo a mi madre, sentada en un rincón de la sala, suspirando y comiendo avellanas e inquiriendo de todo el mundo en la casa, en un tono que no deja de ser burlón:

—¡Adivina! ¡Adivina qué me recuerda esto!


FRANCISCO TARIO
Una violeta de más
Joaquín Mortiz
p.p: 157-167

miércoles, 23 de septiembre de 2009

FRANCISCO TARIO 06

Retomo el trabajo de Tario.
Fragmentos de La puerta en el muro.

Tario tiene el don de poder ponerle palabras a esos momentos y sentimientos que hemos vivido alguna vez, de aquellas situaciones que no sabíamos cómo explicar o describir.

"...Ah, sí me senté, y es conveniente saber que me encontraba por aquel tiempo en un periodo extremadamente difícil de mi existencia.
No era, que se diga, ninguna tragedia especial mi vida, sino que me hallaba … relativamente enfermo. Convaleciente, sería más justo. Rara vez visitaba el mar y esta vez lo hacia huyendo de ciertos excesos que el doctor dio en llamar prohibitivos. Me explicaré. Había quebrantado mis nervios en una tensión endiablada, y, los nervios, tan resistentes en mí a cualquier esfuerzo de toda índole, habían cedido como los maderos de una construcción defectuosa. Eran prolongadas e inquebrantables mis jornadas ante la mesa e innumerables y borrascosos mis excesos amorosos. Fue una época sórdida y grave, angustiosa y sombría, que pudo llevarme a la muerte —de no haber buscado el remedio a tiempo—. Como resultado de todo esto, bebía mucho, fumaba y consumía el café por litros. Recuerdo algunas madrugadas —las que me anunciaron el colapso— sentado impávidamente en la cama, obnubilado y confuso, como en un pasmo de epilepsia. Recuerdo las noches dilatadas, catastróficas, sentado ante mi mesa, repitiendo sin cesar una misma palabra a la que no hallaba modo ni manera de que sucediera otra. Y recuerdo, tiempo adelante, aquellas crisis poco aparatosas, más terribles, ciertas ondas de locura, durante las cuales con el rostro de un muerto asomábame a la claridad helada del espejo sin encontrar la razón, el sentido y la memoria, perdido —me imaginaba— en un pozo de oscuras cenizas o en un aceitoso mar de olas amarillentas donde mi propio cuerpo se diluía. Recuerdo mis turbulencias afectivas, el desorden brutal de mi espíritu, la trepidación de mis arterias, los gritos desgarradores y trágicos de mi conciencia que agonizaba. Diríase que el mundo actuaba con una vertiginosidad y resonancia desusadas, incomprensibles para mi, y que me producía el estupor de quien a cada objeto que toca se le adhiere reciamente a las manos. Y los objetos eran blandos, serosos, y no había puerta lo suficientemente sólida que permitiera ser abierta. No seguía adecuadamente el curso de los acontecimientos y, en cambio, comprendíame perseguido atrozmente por ellos; ni seguía el ritmo del hambre que vive, sino de aquél cuyos pies abandonaron la tierra y cuyos nervios autónomos a fuerza de prolongarse y desgarrar la piel han echado raíces en el vacío, captando lo que en él se desarrolla y que resulta para los demás inasible. Por olvidar, había olvidado de reírme —que es el más cruel anuncio de todo colapso. "


"—Siento que alguna vez, por alguna causa imprevista, la vida de alguien sobre la tierra no se extinguirá nunca; que sus pasos serán cada día más firmes y que su voz se escuchará siempre con la continuidad y vigor de los ríos. Siento que hay una música que no concluirá jamás en el tiempo y que un mismo soplo de aire agitará hasta la eternidad el mismo árbol. Antójaseme, por no sé qué razones, que en el momento menos pensado se abrirá la tierra por todas partes como una misteriosa granada madura y que germinarán hasta en los riscos menos propicios, flores y frutos desconocidos, aromas que nadie ha aspirado y formas nuevas en qué deleitarse. Para estupor del que sobreviva estallarán los viejos astros y surgirán otros nuevos y, a cada alumbramiento de éstos, el mar rebasará sus limites, arrullará las ciudades y el perfume de sus algas será tan intenso que se marchitarán los retoños en sus tiestos, aunque la juventud infinita les será otorgada a los hombres. Nadie hablará más de la hiedra en el muro, ni de la puerta en el muro, sino de la nueva montaña; nadie cultivará la hiedra, ni el enebro, ni las madreselvas, porque la tierra producirá unas flores azules de cristal que, trepando por la corteza de los árboles, derramarán su contenido sobre el que camina…
—Sigue, sigue…
—El amor, entonces, será muy distinto a lo que ha sido. Y también los placeres.
—Sigue, te escucho.
—No habrá cuatro estaciones, sino una sola; ni habrá años y meses sino un solo día; y habrá un solo viento, un céfiro nómada y perpetuo, tan blando que no turbará la llama, pero suficiente para que con él se estremezcan las nuevas ramas y caigan sin violencia los frutos.
—Será la primavera…
—Si quieres que así sea, que sea, pues, la primavera. Y tú estarás sentada bajo uno de los nuevos árboles, y tu vestido será amarillo, y las escamas del árbol doradas. y sus frescas ramas azules, y sus frutos de un color que aún no existe. Tú estarás sentada, te digo, y te preguntaré qué extraña luz ilumina tus ojos. Y tú me responderás con un ademán de la mano, señalándome la montaña de frente. Yo miraré la montara, arriba el río, y descubriré que es transparente y marina como un cuarzo, luminosa como un faro, resbaladiza como el hielo y tan bienhechora como una gota de agua. Te preguntaré más tarde de qué proviene el sombrío color de tus pómulos y me señalarás algo muy lejos. Miraré donde tú me indicas y descubriré el sol más extraordinario que jamás nadie haya visto: el sol será violáceo y áspero, orlado de crisantemos, y sus rayos serán ondulantes como las ondas del océano. Te revelaré secretamente que tu voz me suena extraña, que tu voz me asombra porque el lugar es abierto y debiera sonar de otro modo, y me explicarás que no es tu voz lo que oigo, sino el errante rumor del río, el hálito de tu pensamiento y el latido del corazón de las fieras. Tendré reparos en apresar tu cuerpo y, tú, tomando una hoja entre los dedos, la dejarás caer al abismo para que yo vea que ni las piedras más aguzadas pueden inmolarla. Tu humedad será ardiente, olorosa y sagrada. Será estéril. ¡Mira! Y goteará miel de las altas copas y la miel te arroyará por el cuello. Y yo beberé esa miel cristalina y los labios me arderán como fuego. Me arderá la garganta y el pecho. Y tú, esparciendo tus cabellos rosados, tan húmedos como la hierba, me dirás: "Descansa un poco, cierra los ojos y verás qué frescos".
—O te diré: Sólo a ti amo.
—También dirás eso.
—Y algo más: Tómame, aunque me muera. "

lunes, 8 de junio de 2009

FRANCISCO TARIO 05

¡Este blog cumple un mes!
Muchas gracias a todos los que lo han visitado y dejado sus comentarios.
Es el turno de otro gran cuento de Tario.
Para Anita.

La noche del loco

—Señorita: ¿quiere usted cenar conmigo?
—Señorita: ¿quiere usted cenar conmigo?
Más de cien veces durante la última semana he estado repitiendo esta misma pregunta al oído de distintas mujeres, quienes rotundamente se han negado a acompañarme. Y entonces yo me he dado media vuelta, me he despedido con la galantería más profunda —según corresponde a mi jerarquía de hombre elegante—, me he colocado el sombrero graciosamente y he echado a andar sin rumbo fijo.
Hice esta invitación en clubes, batallas de flores, museos, templos y lavaderos públicos. Siempre con el mismo resultado. Se lo he propuesto a mujeres maduras, emancipadas y revoltosas; a mujeres casadas, hastiadas y bellas; a jóvenes de cualquier tamaño, desconfiadas, ávidas y deliciosas; a adolescentes ingenuas que volvían de la escuela con sus cuellitos blancos y unos deseos locos de divertirse. Incluso, se lo he propuesto a esas nodrizas robustas que van a flirtear con los soldados a los parques, tirando de un cochecito con toldo, en cuyo interior se vomita un bebé. ¡Nadie, nadie ha atendido mi ruego!
No obstante, empleo medios de lo más correcto, puesto que soy hombre rico y maduro, harto experimentado en asuntos de mujeres. Y así es. He viajado por los cinco continentes y he abrazado frenéticamente a mujeres de todos colores y temperamentos: pelirrojas altivas, con los vientres llenos de pecas; rubias linfáticas, con las pupilas sumergidas en una especie de pus; morenas tormentosas, hidrófobas, que me arrancaban a puñados las cejas mientras yo les sorbía los labios; negras del Congo, con los pechos de tal suerte enhiestos, que para estrecharlas y no herirme tenía que interponer entre nuestros cuerpos una almohadilla o una sábana doblada cuidadosamente. .. Unas y otras se me sometieron con facilidad, a menudo sin que mediara otra cosa que la curiosidad, el morbo o el placer. Mas a pesar de todo esto, he aquí que, de manos a boca, no hay una sola hembra en la ciudad que acepte compartir conmigo un trago de Chablís y un beefsteak con patatas y merengues.
He pensado detenidamente —y pienso— acerca de tales acontecimientos. Busco, y no hallo la causa. Mi aspecto, por descontado, debe ser aproximadamente el de costumbre: alto, un poco seco, con el cabello gris y los ojos también grises. Camino y visto con elegancia, siempre de negro —mi camisa inmaculada, los zapatos irreprochables, una gardenia en el ojal—. Bajo el brazo porto casi siempre un libro, pues es conveniente hacer saber que leo mucho, mucho: ocho o diez horas diarias. Pero siempre el mismo libro. Cada día una página. Cuando el tiempo es favorable uso bastón; cuando amenaza lluvia, paraguas. Durante el verano me aligero de ropa, conservando ¡claro está! su color. Aun a mí mismo me sorprende un tanto esta obsesión estúpida de andar siempre enlutado. Sin embargo, no me preocupo lo más mínimo por esclarecerla. También mis antepasados vestían así. De ahí que, en otra época, mi familia fuese conocida en todas partes con un nombre extraordinariamente poético: "La Nube Negra".
Pues como decía antes. No hay en la ciudad una sola hembra que acepte cenar conmigo. Todas se vuelven ardides, remilgos, y escapan. Pero yo no desespero. Soy como la araña que teje su malla o la hormiga que transporta sus provisiones. Cada día me atildo más; cada día me escabullo con mayor pavor del sol, a fin de conservar mi rostro suave y limpio; me baño en aguas con sales; me mudo de ropa interior seis u ocho veces diarias; me hago limpiar constantemente los zapatos...
Hoy llevaré a cabo una nueva experiencia: me colocaré unas gafas negras y me calzaré unos guantes blancos. He observado que la longitud de mis manos asusta un poco a las hembras, cual si temieran que pudiera estrangularlas con ellas; también cuando levantan el rostro y me miran a los ojos parecen demudarse, exactamente igual que si asomaran sus hociquitos a un antro prohibido. Así pues, es probable que de hoy en adelante pueda vérseme de tal guisa: con unos guantes blancos de cabritilla y unas gafas obscuras, tan enormes, que escasamente logre soportar sobre mis orejas.
Voy a lo largo de un parque. Es una especie de selva sintética, embotellada, con calzadas muy anchas, en cuyas márgenes crecen los árboles, envueltos en la niebla de la noche. Sobre las bancas solitarias saltan los pájaros ateridos como hembras traviesas y vanas. Ignoro hacia qué lugar me dirijo, pero mi paso es firme, según debe serlo, sin excepción, el del hombre sobre la tierra...
Dejo atrás calles, calles iluminadas absurdamente, repletas de hembras muy lindas que mueven sus cuerpecitos alegremente.
—¡Si quisieran cenar todas conmigo!
Y estoy a punto de ser arrollado por un ómnibus cuando me embriaga el ensueño: "Una mesa descomunal, como no han visto los siglos, cubierta por kilómetros de tela blanca y situada sobre distintas naciones; una especie de línea férrea, a la cabecera de la cual estaría yo sentado en una silla, con mis gafas negras sobre las cejas grises y mis guantes blancos puestos a secar sobre un árbol".
Las mujeres van y vienen dulcemente por la calle. Son como mariposas inquietas; y yo quisiera ser flor. Son como flores selváticas; y yo quisiera ser mariposa. Quisiera ser lo que ellas no son, para hacerlas venir a mi lado. Quisiera ser esa muselina ligera que ciñe sus cinturitas tan débiles; esos collares extraños que aprisionan sus gargantas; esos zapatitos tan voluptuosos que me hacen desfallecer de pasión, y sobre los cuales caminan tan nerviosamente. Unas me miran al pasar. Otras, no. Y esto último me entristece de tal forma, que me entran deseos de irme a bañar una vez más, de limpiarme los zapatos. En fin, que es muy duro mi destino.
Mas he aquí que, de súbito, una horripilante idea cruza mi mente:
"Todas las mujeres tienen su hombre. ¡Todas, todas! He nacido demasiado tarde y ya no hay un corazón disponible."
Comienzo a temblar, palidezco de estupor y necesito sentarme en el filo de la acera. Un sudor helado y grasoso me arroya por las sienes.
"¡Todas, todas tienen su hombre!"
Y acuden a mi cerebro visiones cada vez más dolorosas. Veo restaurantes de doscientos pisos, en cuyas mesitas cuadradas cena alegremente la humanidad por parejas... Extensiones inconmensurables de terreno yermo donde millones de mujeres encinta van a visitar al ginecólogo... Infantes que lloran en sus cunas blandas, exhibiendo sus organitos viriles...
—¡No quedará una mujer en el mundo! —grito de pronto, asomándome a las cunas.
Y un caballero, también de negro, me ayuda a incorporarme.
—¿Se siente usted enfermo? —prorrumpe con el sombrero en la mano.
—No —replico—. Me siento perfectamente. Gracias.
Saluda y se marcha. Pero en aquel instante, una ocurrencia me acomete:
"¿Y si lo matara? ¡Su mujer quedaría libre entonces!"
Me lanzo tras de él entre la multitud, como un loco. Le doy alcance, tocándole sin brusquedad en un hombro.
—Perdone —inquiero un poco jadeante—, ¿es usted casado?
El desconocido me examina de arriba abajo y contesta:
—Soy viudo.
Me entristezco y le digo:
—Le acompaño a usted en el sentimiento.
—Gracias... —musita entre dientes, tratando de desasirse de mí, que lo he aprisionado por un brazo.
Otra idea —la máxima— me asalta.
—Disculpe la impertinencia: ¿iba usted a tomar el metro?
—Precisamente —confiesa—. ¡Y es tan tarde!
Comprendo que es un etnógrafo que se halla a merced mía.
—¿Qué rumbo lleva? —insisto.
No percibo su respuesta, mas exclamo, embriagado de gozo:
—Casualmente el mío. ¡Oh, la vida está llena de estas minúsculas peculiaridades! ¿Le incomoda que vayamos juntos?
—Es que...
Lo empujo hacia adelante y penetramos en la estación. Descendemos a toda prisa en un ascensor muy incómodo. En los andenes las mujercitas siguen moviendo sus tiernos cuerpos; pero yo las contemplo ahora con indiferencia. Incluso, me arranco las gafas y sepulto en un bolsillo los guantes. Aspiro el aroma de la flor que llevo en la solapa y pienso:
"Parezco un jardín."
La desprendo con rabia, pisoteándola cual si se tratara de una chinche. No obstante, es una gardenia: una gardenia singularmente fragante, como deben serlo los ombliguitos de todas esas lindas empleadas que escriben a máquina en los Bancos.
Durante el trayecto hablo con mi acompañante, poseído de disculpable calor. El, por el contrario, cada momento más incierto y preocupado. No osa moverse, sonríe ambiguamente, cambia a menudo de postura; pero responde a cuanto le pregunto. Hablábamos de su mujer.
"Debe ser un excelente padre de familia" —pienso involuntariamente.
Y esta insensata idea, unida al color bestial de sus calcetines a cuadros, me hace sollozar.
—¡Oh, por favor, por favor! ¡Se lo suplico! —implora tímidamente.
Algunas personas me observan con desconfianza, y yo me desconcierto de pronto. Para ahuyentar la pesadumbre indago:
—¿Usted nunca se ha retratado?
—Sí —me responde, agitando la cabeza.
—Yo no —admito—. Pero me retrataré hoy mismo.
Y entreveo mi fotografía, ya no al lado de un millón de mujeres bonitas, sino sentado sobre las piernas de una complaciente empleadita, como aquella que va leyendo el diario. "Tengo mi brazo alrededor de su cuello y ella me mira franca, apasionadamente a los ojos, a pesar de que no llevo gafas. Ahora visto de gris, con una corbata amarilla."
—Bueno... ¡hasta la vista! —exclama mi compañero, de un modo atropellado, ofreciéndome su mano sudorosa.
—¡Cómo! ¿Se marcha usted? —lamento—. ¡Tanto gusto en conocerle!
Se va y yo me apeo en la estación siguiente. Salto dentro de un taxi y menciono un nombre muy extraño que tengo que repetir varias veces. Primero cruzamos una plaza, en cuyo centro hay una fuente; otra plaza sin fuente; calles, calles, todas gemelas, huecas, como el sistema de una tubería. Aparecen los árboles, las chimeneas de las fábricas, los lavaderos. Estamos en los suburbios. Diviso la luna —¡y es hermosa!—.Proseguimos: el campo. La llanura plana, quieta, igual que el pecho de un tísico. Así media hora, una, dos; hasta que el vehículo se detiene en seco.
—¿Es aquí? —pregunto.
—Aquí mismo —responde el chofer.
Liquido la cuenta, abro la portezuela y suplico:
—Tenga la bondad de aguardarme. Tardaré a lo más veinticinco minutos.
—¡Correcto! —asiente—.Y se tumba a dormir con los bigotes sobre el volante.
Yo me lanzo entre las sombras rumbo a un puñado de casitas grises en cuyas ventanas hay luces. Escucho el reloj de la parroquia: las once. A un tiempo, distingo la cabeza enorme de un hombre que se aproxima cantando con voz de campesino. Le detengo, adoptando el continente más sereno de que soy capaz.
"Podría tomarme por un demente" —pienso estremeciéndome.
E inquiero:
—Disculpe, ¿podría usted indicarme dónde se halla el cementerio?
Gira sobre sus talones sucios, yergue un brazo hercúleo y señala una mancha próxima, oscilante.
—Detrás de esos árboles —me informa.
Doy las gracias, encaminándome hacia la mancha. El sendero es largo, no tan fácil como me suponía y lleno de barro. Con frecuencia doy un traspié y resbalo, rodando hecho un guiñapo. Pero es tal la alegría que salta en mi pecho, tal mi avidez, que rompo a cantar y a reír, hundido el rostro en el estiércol de las vacas.
"¡Ahora voy a tener mujercita y esto es espléndido! —cavilo—. ¡No moverá mucho su cuerpecito porque está muerta, pero al menos podremos retratarnos! Si está demasiado rígida, la aceitaremos. Si su ropa se halla deteriorada, la vestiremos adecuadamente. Si está muy pálida, muy pálida, le untaremos de carmín las mejillas...Y yo me sentaré en sus rodillitas desnudas y le pasaré un brazo por su hombro, y ella me mirará con sus pobrecitos ojos quietos a mis ojos grises y sin gafas."
Un silencio inusitado me rodea. La obscuridad me envuelve, cual si me hallara en el interior de una cámara fotográfica. Llego, por fin, al cementerio. Me descubro, y nadie sale a recibirme. Llamo febrilmente a la puerta: ni una triste alma responde.
"Debe ser aún temprano" —calculo.
Y sentándome sobre una piedra, me dispongo a esperar con toda calma.
Transcurrido el tiempo de fumarme un cigarrillo, me levanto. Miro a un lado y otro, y, con la agilidad de un gorila, salto la tapia. Requiero a gritos al camarero, al maítre, al manager. Inútil. Mi grito repercute en las tinieblas, choca contra una montaña y me vuelve a la boca. Me lo trago y sigo adelante por entre las sepulturas. Una voluptuosidad inaudita me invade. Hierve la sangre en mis venas, y visiones realmente lascivas desfilan ante mis ojos. Parece que entro a un cabaret.
"¿Dónde andará mi mujercita?"—digo para mis adentros.
Procuro seguir las indicaciones del viudo tímido. Busco sobre las cruces el epitafio. No lo encuentro, y lo que es bastante peor: me restan apenas cinco fósforos.
—¡Vaya un restaurante desanimado! —prorrumpo deteniéndome. Y continúo más y más impaciente, más y más angustiado, derribando tiestos con flores, copas y vasos, tronchando rosales, pisoteando a los parroquianos, partiendo las cruces, atropellando a los camareros que duermen...
Llego, en suma, a mi destino: a la casita blanca. Veo el nombre de la muerta. Me inclino sobre la lápida y leo el menú. Hecho un loco, un abominable loco, comienzo a trabajar. El trabajo es arduo, me extenúa, haciendo tronar mis huesos; pero mi ansiedad va en aumento. Como un perro escarbo la tierra, destruyo las raíces malignas, hiriéndome las uñas; lanzo pedruscos al aire, algunos de los cuales me caen en la cabeza.
"¿Quién estará riñendo?"—me pregunto asustado, mirando a todas partes.
Sangro y me ato el pañuelo a la frente.
—¡Después ajustaremos esa cuenta! —amenazo, señalando un árbol.
Súbitamente topo con algo sólido, al parecer infranqueable. ¡Ah, me aguarda en el reservado! Me vuelvo tímido, infantil, casi femenino. Golpeo con el puño delicadamente.
—¿Se puede? —inquiero.
Nadie contesta. Llamo más fuerte.
—¿Se puede?
"¡Oh, las delicias del adulterio!"—suspiro.
Pero grito:
—¡Abre o echo abajo la puerta!
Suenan dentro risitas muy débiles, como de alguien a quien le hicieran cosquillas con una pluma. Percibo, también, unos taconcitos femeninos que golpean, golpean el suelo.
—¡La echo! —aúllo.
Y cumplo mi palabra.
Salta el féretro en pedazos, salpicándome la lengua de una substancia ácida y muy fría. Adivino, más que distingo, una figura femenina, vestida de baile, inmóvil sobre un canapé. Me inclino hacia ella dulcemente, seductoramente, igual que los galanes en el teatro. Musito:
—Señorita: ¿quiere usted cenar conmigo?
Me halaga su voz somnolienta.
-¡Sí!
Le echo mano. Pesa poco, y su cuerpecito tintinea como un bolsón de cascabeles. ¡Debe estar tan ilusionada!
Con mi presa a cuestas me encamino hacia la tapia, advirtiendo que algo se enreda entre los árboles. Cuando pienso que sea su cabellera espesa me trastorno aún más. ¡Besaré así, así, su maraña negra, hundiendo en ella mi cabeza hasta el cuello! La deposito en el muro, salto, y la recojo de nuevo.
—¡Perdone usted! —balbuceo, dejándola caer sobre el lodo—. Me olvidé el sombrero.
Entro, y vuelvo a salir con el bombín un poco ladeado. Me la echo otra vez sobre las espaldas, y así avanzamos en la obscuridad impenetrable. Pronto el cansancio me rinde, flaquean sensiblemente mis rodillas y las fuerzas me abandonan. Bajo las ramas de un corpulento chopo me siento y siento a mi mujercita.
—Señorita: ¿le gustaría a usted retratarse conmigo?
Y evoco la imagen sugestiva: yo sobre sus rodillas, y colgando de un árbol mi traje.
Procedo al punto a desnudarme; a desnudarla a ella, lo cual no es tarea fácil, pues se resiste. Cuelgo, en efecto, mis ropas, y voy presuroso a instalarme. Lo hago con cautela, tierna, ceremoniosamente. Le paso a continuación un brazo por el hombro helado. Cruzo las piernas. Sonrío. Alzo la vista, mirando con desdén a todas las mujeres del universo.
—No te muevas —le ordeno.
—¿Listo? —pregunta el fotógrafo.
Yo digo:
—Espere usted un momento. Voy a estornudar...
Estornudo una vez, dos, hasta cinco.
—Mírame —suplico a mi mujercita.
Y nos retratamos. Nos retratamos cerca de quince veces, siempre en la misma postura, como si fuéramos dos estatuas. Yo así: sin gafas, sin guantes, sin gardenia. Igual que en aquel tiempo, cuando compartía el lecho con las negras del Congo.
Y como entonces, también, hube más tarde de colocar entre nuestros ardientes cuerpos mis ropas negras muy bien dobladas, porque los pechos enhiestos de ella penetraban en mi carne igual que dos afilados cuchillos.

lunes, 1 de junio de 2009

FRANCISCO TARIO 04

Uno más de Tario:


La noche del buque náufrago

Peregrino de todos los mares; marinero de todos los puertos; noctámbulo de todas las noches... decidí sucumbir para siempre.
Nada sobre la Tierra permanecía oculto para mí: la inmensidad azul o negra de los océanos; la bienvenida alegre de las ciudades, blancas; la línea recta y excitante de las costas tropicales; los acantilados con sus cavernas de monstruos; las bahías aceitosas y grises de los mares africanos; las cordilleras más altas —peladas unas, otras azules de misterio—; los amaneceres radiantes; los crepúsculos lánguidos; las tempestades, la inercia, el estruendo; la piedad y la gula, la lujuria y las auroras boreales.
De día, como un meteoro, he surcado los mares, arrullando a los hombres. De noche, como un palacio iluminado, he velado su sueño. He transportado de extremo a extremo del planeta las mercancías más exóticas: del trópico, vainilla, azúcar y piedras preciosas; de los climas templados, aceite, nueces y vinos; de las crestas heladas, maderas sólidas y pieles. Conozco el uranio, la seda, la morfina y la dinamita; el champagne, el plomo y el éter. He tenido entre mis brazos a hombres de todas las razas; he escuchado lenguas de todas las latitudes. He sido testigo de los ritos más paganos, de los más obscuros raptos. Innúmeras veces llevé conmigo al amor, a la muerte y a la esperanza.
Ancianos de barba plateada se apoyaban junto a mi borda, mirando al mar con ojos ahítos; niños de mejillas frescas y triunfales animaban mi ruta; músicas de genios ausentes retumbaban en mis entrañas; visionarios de mil ideales ocultos se tendían sobre mi proa, pretendiendo descifrar cada cual su enigma; amantes, de carnes febriles o yertas, consumaban el acto genésico; científicos, aventureros, cortesanas ricas y toxicómanos envilecidos recorrieron sin cesar mis cubiertas; caballos de pura sangre, reptiles, y bacilos destinados al laboratorio compartieron mis inquietudes. Transporté una locomotora y un ramo de orquídeas; un niño recién nacido y un moribundo; un banquero y un poeta; una reina y un prófugo. Conozco todos los vicios del hombre; las brumas de la justicia; el orden de los astros. Lo conozco todo, y decidí sucumbir.
Fue una noche clara, muy tibia.
Ha tiempo me asediaba el terror, la congoja, todos esos sentimientos pestilentes que agitan al hombre en cuanto la vejez se acerca. Una sensación inexplicable —mezcla de tedio y nostalgia por la juventud extinguida— me oprimía, rumbo a las playas de Asia. Navegaba yo, pues, ausente, extraño a mí mismo, como un carricoche cualquiera que rueda a merced del caballito que tira de él. No ansié nunca ser inmortal, porque ello presupone el hastío. Tampoco temí jamás a la muerte.
En cambio, me llenó siempre de cruel espanto la vejez. La decrepitud de un barco es el espectáculo más monstruoso que pueda darse. La decrepitud de un ser triunfante de la Naturaleza sólo tiene un paralelo: el río, que, al secarse, muestra sin pudor alguno su ridícula osamenta. En un tiempo, sus aguas profundas y verdes contenían el secreto de toda belleza; hoy, sobre sus piedras ardientes cantan los grillos feos, los sapos, y millones de moscas ventrudas olfatean y engullen el excremento de los asnos.
Mi terror, por consiguiente, era justificado.
No deseaba yo —viajero de lunas y soles— verme arrumbado en un muelle de fuego, bajo una luz extenuante, retorcidos mis músculos en siniestras contorsiones, como un epiléptico en el desierto inútil. No deseaba ser ruina, guarida de aves y teatro de experimentos marinos. Pronto el metal de mis herrajes se cubriría de moho; mis mástiles se inclinarían como árboles sin savia; se crisparían mis maderas finas; y mis tres chimeneas paralelas serían igual que tres cruces gigantes sobre la tumba de un millonario. Deshabitado, absurdo, no tendría más valor que una reminiscencia. Imitaría, imperfectamente, sobre el fondo olivo del mar, uno de esos esqueletos antediluvianos que despiertan en los museos la ansiedad de las criaturas. Pertenecería a lo que fue. Y un día no muy lejano, una de esas tempestades colosales y frenéticas, que tanto he admirado, rompería mis amarras, golpearía mi casco contra las paredes del muelle, y, lentamente, tristemente, sin ningún espasmo, me iría sumergiendo allí, allí mismo, junto a las barquichuelas de los pescadores, entre el griterío de la multitud enardecida, cerca de los comercios, de los bártulos, de los retretes de los hombres. Ningún prodigioso abismo me acogería: sólo diez, quince metros de agua turbia, pesada, multicolor por la abundancia de desperdicios.
Así, pues, deseé fenecer en la inmensidad de la noche, del mar abierto, bajo las estrellas chispeantes y la luna roja.
Ocurrió bien simplemente.
Sonaba la orquesta adentro. Se bebía champagne, cerveza helada y kirsch. Se comía caviar, cerezas en compota y galletas sodas. Bailaban los pasajeros, uno que otro tripulante y el capitán. Los marineros cantaban sobre la popa, acompañados de un acordeón. Un hombre solitario, junto a una grúa, limpiaba nerviosamente sus gafas. Otro, más viejo que éste, miraba pensativamente a la obscuridad. En la cabina de un multimillonario yanqui se redactaba este telegrama:

"Happy NewYear"

Dos jovencitos núbiles, con las mejillas encendidas de deseo, tejían un sueño imposible de azahares, virginidad e incienso.
No sentí la menor inquietud o temor, el más leve remordimiento. ¡Era tan pueril todo aquello! ¡Es tan pueril realmente la vida de los hombres!
Miré por última vez al cielo alto, negro; a la luna mórbida, sangrante; a la espuma inquieta; a la concavidad profunda del horizonte. Una sed abrasadora —sed de agua salada— me quemó la garganta, cual si un fuego repentino hubiera estallado en mi pecho y se propagara a través de mis arterias. Abrí la boca y bebí. El agua penetró a borbotones, se precipitó en mi vientre, inundándome las entrañas. Cesó la orquesta. Se apagaron las luces. Tronó la sirena barriendo la llanura...
Y me hundí. Me hundí cruelmente con un mundo a cuestas; con el hombre que limpiaba sus gafas; con la compota de cerezas; con el acordeón de los marineros; con el uniforme del capitán; con las gemas y los metales de las señoras; con mil botellas de champagne sin descorchar...
Y otro mundo más noble, infinitamente más bello, salió a mi encuentro. Un mundo húmedo, susurrante y pleno. Un mundo de fosforescencias extrañas, de monstruos casi divinos, de sombras gráciles que se deslizan sin ningún ruido, de mujeres azules y hombres con escamas rojas, de copas cargadas de sal. Un mundo de floraciones perpetuas; de miradas inalterables; de paz y regocijo continuos.
Cuando caí al fondo escuché el canto triunfal de todos los buques muertos. Y me eché a dormir así, un poco fatigado, otro poco orgulloso, pensando con angustia en esos muelles infames donde los barcos decrépitos se retuercen vencidos, cobardes, enfermos...

lunes, 25 de mayo de 2009

FRANCISCO TARIO 03

Otro maravilloso cuento incluído en La noche.


La noche de la gallina

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.
—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!
Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.
Hoy no. Hoy pienso de otro modo.
Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?
Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.
Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.
"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."
Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.
"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."
Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.
Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.
"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.
Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:
—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!
También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.
—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.
—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!
Y el rorro objetará entonces, gesticulando:
—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?
¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!
Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:
—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?
Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:
—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!
Yo he gritado entonces:
—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!
Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:
—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!
Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:
—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!
¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?
Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:
"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."
Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:
—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!
Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:
—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.
Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!
Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:
—¡Escápate ahora, maldita...!
Aún solté una carcajada que atronó la casa.
Desde el retrete preguntó la dueña:
—Cirilo: ¿qué ocurre?
—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!
—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.
—O lo que sea. ¡Esta gallina!
Una vez más ratifiqué mi amenaza:
—¡La pagaréis bien cara!
Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.



Francisco Tario: Cuentos completos Tomo I; Lectorum; 2003

lunes, 18 de mayo de 2009

FRANCISCO TARIO 02

Otro cuento incluído en La Noche del gran Francisco Tario:

La noche del perro

Mi amo se está muriendo. Se está muriendo solo, sobre su catre duro, en esta helada buhardilla, adonde penetra la nieve.
Mi amo es un poeta enfermo, joven, muy triste, y tan pálido como un cirio.
Se muere así, como vivió desde que lo conozco: silenciosamente, dulcemente, sin un grito ni una protesta, temblando de frío entre las sábanas rotas. Y lo veo morir y no puedo impedirlo porque soy un perro. Si fuera un hombre, me lanzaría ahora mismo al arroyo, asaltaría al primer transeúnte que pasara, le robaría la cartera e iría corriendo a buscar a un médico. Pero soy perro, y, aunque nuestra alma es infinita, no puedo sino arrimarme al amo, mover la cola o las orejas, y mirarlo con mis ojos estúpidos, repletos de lágrimas.
Quisiera al menos hablarle, consolarle, pues sé que aunque es muy desgraciado, ama la vida, las cosas bellas y claras, el agua, los árboles...
Está tísico y morirá irremediablemente. Yo también lo estoy, pero ello importa poco. Él es un poeta, y yo un perro de la calle. Un perro —como hay tantos— a quien el poeta mantiene y cuida a costa de tremendos sacrificios; un perro que, una cruda noche de invierno, lo asaltó a la puerta de un tugurio, medio muerto de hambre y de fiebre. Me tomó entonces consigo, me condujo a su casa, encendió la estufa y se asomó a mis ojos intranquilamente. Adiviné al punto sus propósitos. Me dijo:
—¿Quieres ser mi amigo?
Aquella noche —y otras muchas— me cedió su leche, su pan duro, sus mantas viejas. Sin embargo, no logré conciliar el sueño, agobiado por la melancolía más terrible.
"¿Qué podría yo hacer para ayudar a este hombre?" —me preguntaba continuamente.
Y esta alma buena que llevamos todos los perros dentro me aconsejó al instante:
"Seguirlo siempre a donde vaya."
Así lo he hecho. No me he apartado de él un segundo. Conozco, pues, todas sus penurias, sus íntimas alegrías, sus versos; conozco su enfermedad, sus pensamientos, sus dudas y todas sus zozobras. Mientras escribe, me acurruco entre sus pies y no oso respirar; mientras duerme, yo duermo; cuando no come, no como yo tampoco; cuando sale a pasear, lo acompaño siempre; vamos muy juntos —él delante, yo detrás— a la orilla del río solitario, durante los atardeceres del estío. Cuando entra a alguna taberna lo aguardo en la puerta y, si sale borracho, lo guío, lo guío a través de los callejones obscuros, tortuosos.
Desdichadamente, el alcohol produce en su organismo desastrosos efectos. En vez de tumbarse a dormir, según acostumbran a hacer otros hombres que conozco, se exaspera, se enfurece. Escribe y rasga luego los papeles; golpea los muebles con sus puños; se asoma a la ventana y gime; desgarra las sábanas y lo destroza todo. Yo escapo hacia cualquier refugio, pero él me busca y, al encontrarme, se quita el cinto, lo sacude en el aire y, con las fuerzas de que es capaz, comienza a golpearme bárbaramente, despiadadamente, hasta hacerme sangrar por la boca.
—¡Bestia! ¡Bestia! —me grita.
Y yo callo sin moverme, soportando los golpes. Veo chorrear mi sangre y me bebo las lágrimas. No protesto. Ni un gruñido impertinente, ni una sola actitud de rebeldía. Pienso en su rostro tan pálido, en sus pulmones enfermos, en su mirada tan honda, y me digo:
"Amalo, ámalo aunque te duelan los golpes."
Y lo amo. ¡Cómo no he de amarlo! Lo amo como a mi propia vida.
Más tarde, sofocado, febril, castañeteando los dientes, se deja caer sobre el catre. Yo salto a su lado y, él, acogiéndome entre sus brazos frágiles, rompe a llorar desesperadamente. —Mi Teddy, mi pobre Teddy... —me dice. Entonces moja en agua su pañuelo sucio y me va limpiando, una a una, las heridas. A continuación, quita las mantas del lecho, cubriéndome con ellas.
—¡Duerme! —prorrumpe sollozando—. No soy sino un malvado borracho. ¿Me perdonas?
Por complacerlo únicamente finjo dormir; pero escucho, escucho los poemas que él me ha escrito y que repite a gritos por la buhardilla, secándose las lágrimas con la manga.
Mi amo se está muriendo, y, como soy un perro, no acierto a impedirlo. No puedo secar el sudor de su frente; no puedo espantar la fiebre que lo consume; no puedo aliviar su respiración ahogada; no puedo ofrecerle ni un vaso de agua. ¡Qué silencio más horrendo el de esta noche de diciembre! ¡Qué quietud y qué nieve más espantosas! ¡Qué infamia la vida! Y yo, un perro, un triste ser inútil, incapaz de algo importante.
Si supiera hablar, le diría:
"Perdóname por haber nacido perro. Perdóname por no poder hacer otra cosa que verte morir. Perdóname. Pero te amo, te amo con un amor como no hay otro sobre la Tierra; como es incapaz de comprender el hombre... el hombre, salvo tú, mi amo. ¡Si supieras las lágrimas que he derramado, viendo el pan duro y la leche agria que almuerzas! ¡Si supieras qué noches de insomnio he pasado bajo tu catre oyéndote toser, toser implacablemente, con esa tos seca y breve que me duele más que todos los golpes sufridos! ¡Si supieras —cuando escapaba de tu lado— cuántas calles he recorrido en busca de un mendrugo, con la esperanza de no quitarte a ti una sola migaja de tu alimento! ¡Si supieras qué enfermo me siento y qué triste! Yo también estoy tísico. Yo también moriré pronto; y si tú mueres, me alegro de hacerlo juntos... ¡Ay! Si tuvieras hijos, mi amo, ellos serían jóvenes y tendrían, a pesar de tu muerte, regocijos mayores que su pesadumbre. Si tuvieras mujer, te olvidaría pronto por otro hombre. Si tuvieras padres, pensarían en sus otros hijos. Si tuvieras amigos, tendrían ellos otros amigos...Tu perro, en cambio, no tiene a nadie sino a ti. Ningunos ojos lo miran, que los tuyos; nadie le sonríe, sino tú; sólo tu calor le alivia; a nadie sigue, sino a ti. Morirás, y él no comerá más, no dormirá más; se entregará a su dolor. ¡Si supieras cómo te amo, te amo!"
Pero no sé hablar. Sólo sé menear la cola y llorar con mis lágrimas estériles. ¿Me permites acariciarte?
Como de costumbre, mi dueño me comprende. Y con esa sensibilidad prodigiosa de poeta y tísico, penetra hasta mis más tenues reflexiones. Me pide ahora, con una voz que escasamente distingo:
—Súbete, Teddy.
Salto y me enrosco junto a él, a sabiendas de que no le inspiro ningún asco. Me espantan, en cambio, sus ojos.
"Es la muerte" —adivino.
Y lo es.
¡Los perros nunca erramos a este respecto! Nuestra mirada ahonda más allá que la de los hombres. Nuestro olfato es más sutil. Tenemos, por otra parte, un don espléndido: la adivinación. Y así es que descubrimos a la muerte, por mucho que ella se esconda: la presentimos en las tinieblas, encaramada sobre las cercas, bajo los puentes, durante las ferias, en la niebla...
Él me dice:
—Tengo frío, Teddy.
Me contraigo aún más y, disimuladamente, esforzándome por no preocuparlo demasiado, le suministro calor con mi aliento. Noto sus manos heladas, flácidas, inmóviles, y evoco esos jardines tan risueños que existen al pie de los palacios y en cuyos macizos crecen altos y frescos los lirios. ¡Pobres manos de poeta! ¡Pobres flores! Pronto, pronto, se cerrarán para siempre.
—Me estoy muriendo —gimes
Respira, con el rostro en alto, y agrega:
—Te quedarás, pues, tan sólito...
Señala con gran trabajo la ventana negra. Me oprime el lomo.
—¿Nos volveremos a ver en algún sitio?
Callamos. Cae sobre el tejado la nieve, silba el viento doloridamente, y yo pienso con angustia en todos los perros del universo: en mis camaradas buenos, la mayoría tan melancólicos, abrumados por esta alma nuestra que nos han dado, demasiado grande por cierto para unos miserables seres que no hablan ni escriben.
—Tengo frío —repite el amo—. Es un frío terrible, créeme.
Y luego:
—Cuenta, mi pobre amigo, qué vas a hacer cuando yo esté en el pozo. Dime con quién te irás, en quién piensas ir dejando esa bondad admirable que no te cabe dentro del pecho... Dime a quién vas a mirar con tus ojos verdes, vivos. Dime quién va a ser tu compañero entonces...
Yo lloro, sin reprimirme.
—¿Te irás, quizá, con algún borracho de esos que maltratan a los animales?
—Callo.
—¿Te irás, di, y me olvidarás? ¿Te olvidarás de este pobre poeta muerto?
Se endereza y vuelve a caer. Tose, tose y solloza, con sus negros ojos extáticos, perdidos en la última noche. Me aprisiona contra él. Hunde sus uñas en mí. Me hiere. Ya no sabe acariciarme. Ya no comprende el placer, la ternura, el dolor. No comprende nada de lo que comprendía tan bien antes. Va olvidándolo todo, trastornándolo todo, todo menos mi nombre.
—Teddy... Teddy... Teddy...
Y se muere.
Nadie podrá creerme, pero es tan inmensa mi soledad y mi horror en estos momentos ¡que para qué mentir ya!
Yo le cerré los ojos cuidadosamente, sin arañarlo, como si tocara una hostia. Yo le cerré la boca y lo cubrí todo entero con las sábanas. Después, tomando entre mis dientes un haz de flores secas y de versos, se los regué encima así, esparcidos por el catre, igual que una bendita nevada. Hecho esto, huí hacia el rincón más cercano —donde duermo a veces— y rompí a aullar, a aullar con el cuello tieso y el alma hecha pedazos, consumiendo las últimas fuerzas de que dispongo.
Cuando los perros aullan, sé que los hombres se asustan: no, no hay nada qué temer. Los perros aullamos del mismo modo que los hombres lloran y hacen otras cosas. Es un hecho sin importancia, enteramente natural, y que a nadie atañe, sino a nosotros mismos. Por ejemplo, yo aúllo ahora porque me encuentro solo, porque siento frío aquí dentro y porque me voy a morir muy pronto. En cuanto lleve a mi amo al camposanto.
Nadie, sino yo, asistió al entierro. Nadie, sino yo, lo vio bajar al pozo, desaparecer bajo la tierra suelta...Y lo he dejado allí, metido en un cajón negro, solo, sin una luz ni una manta. Solo, como no debiera dejarse ni a un perro.
"¡Qué ignominia es la vida! —pienso mientras camino. Y el cementerio queda atrás, coronado por la niebla—. ¡Qué cosa más frágil y cruel! ¡Qué soledad tan pavorosa la de los que se mueren! ¡Qué soledad y negrura las de mi amo! ¡Y cómo amaba la luz, el río, las hojas verdes y luminosas! ¡Cómo temía a la muerte!"
Cierta vez me dijo:
—Quisiera morir en mitad del mar, ahogado de luz y agua.
Como estaba tísico, le horrorizaba esa cosa apretada y dura que es la fosa.
—¿Quién podrá respirar allí, mi buen Teddy?
Pues allí está. Allí, donde lo han echado ahora. Donde la humedad penetra y el sol no. Y sus blancas manos de poeta —sus manos llenas de lágrimas y versos— pronto serán unas impuras raíces, retorcidas como dos culebras. Igual, igual que si jamás hubieran vivido. ¡Qué abandono el mío también! ¡Qué oprobio!
Súbitamente, cuando más abstraído caminaba bajo las hojas que caían, pierdo la noción de las cosas y ruedo largo trecho sobre las piedras. No acierto a descifrar nada, ni escucho otra cosa que el batir anhelante de mi corazón contra el pecho: es sólo por esto último que comprendo que no he muerto. Pero, ¿y esa gente? ¿Y esta lluvia que me duele tanto?
Voy abriendo poco a poco los ojos, notando que sólo uno de ellos me sirve; con el otro distingo apenas un manchón rojo y difuso que palpita o gira, formando círculos luminosos... Siento el vientre como una inmensa boca abierta. Veo pies de hombres, de mujeres, de niños descalzos. Una chimenea alta y negra que humea sobre el cielo gris de la tarde. Un carruaje... otro...
Percibo, demasiado remoto:
—Iba por ahí y lo mató aquel carro.
Descubro al asesino, saltando sobre las charcos. Oigo claxons, claxons, claxons. Y, de pronto, un policía que llega, bestial como un gigante, aparta al grupo de curiosos.
—¿Qué ocurre? —indaga muy fríamente.
—Un perro —contesta alguien.
Y el policía, con su bota de tachuelas, me arroja de tres puntapiés a la cuneta.
Como estoy tísico, muero de frío al amanecer.



Nala

lunes, 11 de mayo de 2009

FRANCISCO TARIO 01

Todos los lunes pondré algún cuento de Francisco Tario.

"Francisco Tario (1911-1977) en su juventud fue portero del equipo Asturias, estaba casado con Carmen Farell, tocaba muy bien el piano, se afeitó la cabeza porque era calvo, jamás palpaba los metales ni el dinero, y era dueño de un cine en Acapulco.

Francisco Peláez Vega (su verdadero nombre) nunca tuvo beca ni recibió premio o reconocimiento alguno y tampoco se le veía en las tertulias literarias. Sin embargo, es uno de los escritores más fascinantes del panorama mexicano.

Si no hubiera nacido en México, hoy lo veríamos incluido en el canon de la literatura hispanoamericana" (Mario González Suárez en : Francisco Tario. Cuentos completos I. Lectorum; 2003)

Conocí su trabajo gracias al diplomado de Literatura Fantástica que estoy tomando en la Universidad del Claustro de Sor Juana y se ha convertido en uno de mis escritores favoritos.


La noche del féretro

Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo:
—Necesito un féretro.
Oí distintamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.
El empleado dijo:
—Pase usted.
Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.
Mi compañero de abajo se enderezó cuanto pudo para explicarme:
—El cliente es rico, conque tú serás el elegido.
La noche era fría, lluviosa, y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho menos aventurarme —Dios sabe con qué rumbo— por esas calles tan húmedas y resbaladizas.
El enlutado seguía tosiendo y examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente, sin aproximarse demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo notar entre otras cosas su sobriedad, duración y comodidad.
De súbito, advertí sobre mi espina un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes, abultados —verdaderos ojos de rana— que repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Escuché de nuevo su voz cavernosa:
—El finado es robusto, ¿sabe?
Fue entonces cuando pensé:
"Me llevará sin duda."
En efecto, prorrumpió:
—Creo que me convenga éste.
Ajustaron el precio —en mi concepto, irrisorio— y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el interior del vehículo, sollozaba ahogadamente, llevándose con frecuencia el pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello del capote subido, hacía girar extrañamente el volante...
Cruzamos calles silenciosas y lóbregas, pobladas de perros chorreantes y prostitutas; avenidas iluminadas y alegres donde la gente paseaba con lentitud, bajo los paraguas negros; una plazoleta muy triste en la cual tocaba una banda y los militares lucían sus uniformes nuevos; edificios de ladrillo, tenebrosos, en cuyos interiores adivinaba yo parejas de hombres y mujeres estrujándose frenéticamente...
En tanto, mi cerebro trabajaba sin descanso:
"¿Hacia qué lugar me conducirán? ¿Qué clase de destino me aguarda?"
Es preciso que los hombres sepan que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante todo, tenemos nombre: unos, masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de acuerdo con nuestro sexo.
Mientras permanecemos en el almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del cónyuge que nos deparará la suerte.
Buena prueba de esto último es que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se despidió de mí de esta forma:
—Que el destino te conceda buena hembra y buena casa...
Yo, que soy hombre, le respondí tristemente:
—Sobre todo, eso, amigo: buena casa para pasar el invierno.
¡Ah, esas tumbas de tierra, enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por nuestras espaldas y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas, encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un abismo!
Cuando el automóvil se detuvo, observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces humanas de:
—¡El féretro! ¡El féretro!
Alcé los ojos y vi un edificio cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato, no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar indecibles esfuerzos para contener la risa. Allí estaba yo, tendido sobre no sé qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una especie de monstruo, culpable de la muerte de los hombres.
Una muchacha fresca y esbelta, que despedía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda el alma, prorrumpió al verme:
—¡Es tan terrible y tan negro!
Distinguí su pecho duro y alto, que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela infame.
Otra mujer, rubicunda y fea, cuchicheó una frase indulgente:
—¡Y las manijas son de plata!
Pero he aquí que, de pronto, un chiquillo se me acerca y pregunta:
—¿Es para enterrar a papá?
Sentí que el corazón me dejaba de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.
"¿Cómo, para papá? —me dije—. ¿No soy acaso un hombre?"
Quise gritar, protestando. Quise incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí. Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío, salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de flores...
No pudiendo soportar más el oprobio de que era víctima, hice un sobrehumano esfuerzo y derribé al cadáver. Cayó éste con gran aparato, partiendo por la mitad un cirio que se apagó instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso.
Yo grité y no me oyó nadie:
—¡No quiero! ¡No quiero!
Todos se apresuraron a levantar al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las manos sobre el descote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis instintos.
—"¡Lograr poseerla!" —pensé con angustia.
Pero de nuevo cayó a plomo sobre mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga.
Me encogí de hombros y opté por dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.
Así lo hice. Y soñé. Soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel... con ricos sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres... Soñé, y las imágenes sibaríticas me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres después de una óptima noche de continuos placeres.


"Se dice que en México existe una secta secreta -existen muchas- de gente que regala libros de Francisco Tario. Los miembros ignoran que pertenecen a la secta, y en el momento en el que lo descubren, son expulsados de ella" (Mario González Suárez en: Francisco Tario. Cuentos completos II. Lectorum; 2003)